Crónica de una muerte anunciada

A Serrano le pasó como a Santiago Nasar, se enteró de su «muerte» minutos antes de caer

20.04.2016 | 15:42

Lo sucedido a Juan Serrano y José Alberola en la reunión del consejo del Elche del lunes fue un capítulo más de la historia negra del Elche CF, que debe sonrojar a todos los ilicitanos que lleven en su corazón la franja verde. Ningunear de esa manera a dos hombres buenos, que sólo han cometido el pecado de defender al club ilicitano, por encima de intereses personales, resulta bochornoso y dice poco de los actuales gestores de la entidad. Sorprendió, aunque en este club todo puede suceder y, de hecho en menos de un año el club ha tenido cuatro presidentes, la decisión maquinada por Ramón Segarra, cerebro de la operación, Juan Contreras, César Nohales, Francisco Sánchez y Jaime Oliver, pero la destitución de Serrano era la crónica de una muerte anunciada.

Gabriel García Márquez cuenta en su novela, bajo el citado título, como en un pequeño pueblo de la costa del Caribe se casan Bayardo San Román, un hombre rico y recién llegado, y Ángela Vicario. Al celebrar su boda, los recién casados se van a su nueva casa, y allí Bayardo descubre que su esposa no es virgen. Cuando lo descubre, devuelve a Ángela Vicario a la casa de sus padres. Ángela culpa a Santiago Nasar, un vecino del pueblo. Los hermanos Vicario –Pedro y Pablo–, obligados a defender el honor familiar, anuncian a la mayoría del pueblo que matarán a Santiago Nasar. Éste no se entera, sino minutos antes de morir. Los hermanos matan a Santiago, después de pensarlo en varias ocasiones, en la puerta de su casa, a la vista de la gente que no hizo o no pudo hacer nada para evitarlo.

A Juan Serrano le ha pasado algo semejante y no se ha enterado de que lo iban a destituir hasta última hora, aunque en los últimos días la «calma chicha que había alrededor del club no me gustaba». Quizá creyó que no iban a ser capaces de hacerlo en un momento de bonanza deportiva para no perjudicar a los pupilos de Baraja, que habían logrado que se hablara de fútbol y no de temas de despacho. Confío en que lo deportivo no se tuerza por el bien de todos, pero poner palos en la rueda del equipo no ayuda, todo lo contrario.

Tras estar en la gestora que cogió el Elche después de la marcha de Juan Anguix, el empresario nacido el Olvera fue nombrado presidente en septiembre, porque, el resto no se atrevía a dar la cara porque tenían relación con un pasado que llevó al Elche a Segunda División en los despachos. Unos, porque eran los amigos de José Sepulcre y los otros, porque representaban intereses de acreedores de la entidad y guardaban su viña. Juan Serrano fue utilizado de escudo, como en su día Juan Perán. Un hombre, siempre abierto al diálogo y sin estridencias, podía liderar un consejo con demasiadas aristas y conflictos de intereses con el beneplácito del aficionado llano. Pero, poco a poco, fue conociendo las verdades del barquero y, con el respaldo de José Alberola, decidió no dar el brazo a torcer si se actuaba en perjuicio de la entidad. Jaime Oliver llegó a pedir su dimisión, Juan Pascual fue nombrado secretario general sin su beneplácito... comidas en el Batiste y Urbanova a sus espaldas...

La gota que colmó el vaso fue la negativa a mandar al juzgado un escrito considerando que la deuda de dos millones euros generada por las obras del estadio se debía considerar como privilegiada de cobro y no ordinaria como piensa el administrador concursal, Carlos Pérez Pomares. Beneficiaba a Los Serranos en vez de al club.

Ahora, la pelota queda en el tejado del IVF que está por la labor de poner a la venta el club al que más y mejor pague y no convertir, como quieren algunos consejeros, la deudas en acciones y quedarse la entidad. Tanto el papel del banco del Consell como la del administrador concursal es clave en este pulso. Los que también deberían dar el paso adelante es la vieja guardia. Este también es su Elche.

El nuevo presidente ha llegado por la puerta de atrás. La aritmética así lo ha permitido. Ayer dijo en su presentación que el Elche era un sentimiento y que para ponerse la insignia de la entidad en la solapa, al lado del corazón, hay que merecerlo. Se la guardó en el bolsillo. Los hechos demostrarán si todo es marketing o amor a un club. De momento, en la afición queda la idea de que son los mismos perros, pero con distintos collares. Suerte.

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