09 de enero de 2016
09.01.2016
Real Valladolid

La línea melancólica

El club blanquivioleta alterna resultados buenos y malos, una trayectoria que lo aleja del reto de volver a Primera

09.01.2016 | 13:51
La línea melancólica

Cuando un equipo fútbol no termina de funcionar puede ser por muchos motivos: las verdaderas razones las conocen los protagonistas. Ahora, se pueden percibir detalles que evidencien la crisis de un club. El Real Valladolid lleva dos años queriendo regresar a la cima del balompié español tras el desastre del curso 13/14 (bajo la batuta de Juan Ignacio Martínez). Con Rubi, actual entrenador del Levante, estuvo muy cerca de obtenerlo. Alcanzó el play-off. Con Garitano había ilusión, tras su milagro en Eibar, pero le costó y a finales de octubre fue despedido. En su lugar, el director deportivo Braulio contrató a Miguel Ángel Portugal, experimentado burgalés que viene de estar un tiempo en Bolivia, para reflotar la nave. Darle empaque. En esas funciones también se encuentran Rubén Albés y Javier Baraja. Tres hombres con la misión de subirle el ánimo a una plantilla que no termina de ilusionarse con el objetivo. Hay mucho y buen mimbre. Hasta tres opciones en la portería, cinco arriba. Hay jugadores que están destacando por nivel y regularidad. Ahí están los casos de Kepa (futuro del Athletic), Hermoso (otro canterano brillante del Madrid) y Villar (el mejor fichaje, el goleador). Pero, la maquinaria está defectuosa. ¿Acabarán apareciendo los ex del Elche, Samuel y Del Moral? ¿Volverá a surgir de forma regular la determinación de Óscar, Alfaro, Leao y Tiba? ¿Rodri se centrará? Aunque funcionaran todos, quizá no fuera suficiente para alcanzar a los seis primeros. Porque Alavés, Córdoba, Oviedo, Alcorcón, Osasuna y Nàstic vienen demostrando algo que aún no se ha visto por Zorrilla, el alma de conjunto fuerte y respetable. Harían faltan unos cuantos Álvaros Rubio (el capitán) para conformar un equipo conectado que aspirara a estar en los puestos altos de la tabla. Quizá Portugal enderece el rumbo. Para ello deberá ilusionar a los suyos. Convencerles de que el esfuerzo merece la pena. Convertir la melancolía en alegría.

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