Es la trampa de la liquidez, estúpidos

27.12.2015 | 00:28

Finalmente se ha hecho realidad lo que durante mucho tiempo se había anunciado: la Reserva Federal de EE UU ha subido el tipo de interés. El banco central estadounidense no aumentaba tipos desde mediados de 2006; lo que ahora ha hecho en tan solo un cuartillo, pero el gesto es simbólico, porque se interpreta que es la forma oficial de poner fin a la crisis, después de una larguísima etapa de una política monetaria ultra expansiva, que ha sido clave en la recuperación de la economía, pero que no ha estado «sola», ya que el Presidente Obama, aún siendo muy prudente con el déficit, no ha tenido obsesiones austericidas.

En la zona euro, las cosas han sido y son distintas. En plena crisis recesiva, el señor Trichet, entonces presidente del BCE, incrementó los tipos de interés, colaborando muy activamente a agudizarla. Y hemos tenido que esperar mucho tiempo para que Draghi diera un importante giro, primero reduciendo los tipos hasta prácticamente cero, y después poniendo en marcha un programa de expansión cuantitativa (QE) muy importante: en lo que va de año ha comprado deuda, fundamentalmente pública, por un importe aproximado de 700.000 millones de euros.

Pero, a pesar de ello, el enfermo no presenta síntomas claros de mejoría. Con la nueva política monetaria del BCE, el tipo de cambio del euro se ha depreciado frente a las principales monedas, haciendo más competitivas las exportaciones europeas. No obstante, se constata que la política monetaria no está siendo suficiente, como lo demuestra la ralentización del crecimiento de las economías europeas a partir del segundo trimestre de este año.

Esta política monetaria era necesaria, lo era mucho antes, y sigue siéndolo, pero es insuficiente: la economía europea no es capaz de salir del largo periodo de letargo y la inflación sigue muy por debajo del nivel objetivo del BCE. Son muchos los que temen que en los próximos años el crecimiento continúe siendo muy moderado.

Draghi ha hecho público que está dispuesto a ampliar –en plazo, en importe o en ambas cosas– la QE. Pero seguro que sabe que incluso en ese supuesto, no va a ser capaz de resolver el problema por sí solo. Por eso ha reclamado medidas adicionales de los gobiernos.

La razón es sencilla: las expectativas empresariales no son muy optimistas y la liquidez que está generando el banco central no llega a la economía real. Es lo que Keynes denominó «la trampa de la liquidez», esto es, una situación –como la actual– en la que los tipos de interés se encuentran suficientemente bajos, prácticamente a cero, en la que la preferencia por la liquidez tiende a hacerse absoluta, por lo que las medidas tendentes a aumentar la cantidad de dinero, ampliando, como ahora, el balance del banco central, no tiene efectos para dinamizar la economía.

El propio Keynes mostró el camino para salir de la trampa: poner en marcha ambiciosos programas de inversiones públicas, financiados con deuda, dado que en tales circunstancias los gobiernos pueden obtener préstamos a tipos de interés muy pequeños.

Parece evidente que, con independencia de la necesidad de realizar reformas estructurales, capaces de incrementar a largo plazo el crecimiento potencial de la economía europea, nos encontramos ante un problema de demanda; un problema de corto plazo. Así que la política monetaria muy expansiva ha de reforzarse mediante políticas fiscales. Y ese es el problema real de la zona euro: la política fiscal no está ayudando en absoluto, con niveles muy bajos de inversión pública. El Plan Junker es una buena idea, pero es modesto, incompleto y excesivamente lento.

La inversión privada está mostrando una gran aversión al riesgo, por lo que no alcanza niveles de suficiencia, lo que muestra un nivel apreciable de desconfianza en el futuro. Pero desde los gobiernos europeos no se es capaz de compensar esa carencia para estimular la economía; la inversión pública es, en estos momentos, absolutamente clave para poder recuperar la economía de la eurozona, facilitando el crecimiento e inyectando expectativas más positivas al sector privado para estimular sus inversiones.

Seguro que hay quienes podrían responder que los niveles de endeudamiento siguen siendo muy elevados y que las autoridades públicas no deberían incrementarlo todavía más, sino que, antes al contrario, deberían reducirlo.

Eso es cierto para algunos países de la periferia europea, como por ejemplo España; pero no es menos cierto que hay otros, en especial Alemania, pero no sólo, que tienen margen más que suficiente y, por tanto, podrían aumentar su endeudamiento, a plazos muy largos y casi gratis, por lo que deberían abordar inversiones, que además de jugar el papel dinamizadoras de la economía, podrían coadyuvar a solucionar problemas muy graves que amenazan al mundo, como el cambio climático.

Últimamente estamos acostumbrados al «más vale eso que nada». También después de los decepcionantes resultados de la Cumbre de París. Los científicos más concienciados y las organizaciones no gubernamentales que llevan años luchando contra el calentamiento global, han quedado totalmente defraudadas de «los logros» de dicha cumbre.

Por eso es necesario avanzar en corregir las emisiones de efecto invernadero. Los gobiernos europeos, podrían y deberían invertir en cuestiones como el transporte público limpio, fuentes alternativas de energía y, en general, el desarrollo de una «economía verde».

No es muy difícil de entender que si nos financiamos a tipos cero y la tasa de retorno de las inversiones es superior, será muy fácil que en el futuro podamos atender el servicio de la deuda sin problemas. Sin embargo, quienes se obsesionan con no incrementar el endeudamiento –insisto– parece que no son capaces de ver lo obvio.

Conocida es la máxima conservadora de que los gobiernos no deben endeudarse más, porque esas deudas serán una carga importante para nuestros nietos. Pero son cada vez más aquellos que temen que lo que realmente nos tirarán en cara nuestros nietos sea no haber invertido más para hacer un mundo menos contaminado, más habitable y que, por tanto, sus vidas sean más sanas y confortables, particularmente en unas condiciones financieras tan favorables como las actuales, para poder hacerlo.

Si Keynes levantara la cabeza probablemente diría: «es la trampa de la liquidez, estúpidos».

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