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De ex ministro a la presidencia de la mayor caja española

Rato, de la política a la banca

 09:24  
El presidente de Caja Madrid, Rodrigo Rato.
El presidente de Caja Madrid, Rodrigo Rato.  SERGIO BARRANECHEA/EFE

El ex ministro de Economía del Gobierno de Aznar da el salto desde la presidencia de Caja Madrid y constituye el tercer banco del país con una macrofusión de cajas con la que ha conseguido liderar la primera entidad de ahorro española desbancando a La Caixa.

Javier Cuartas Oviedo El desaparecido empresario Ramón Rato aspiró desde los años cuarenta a ser, como su abuelo, ministro de Economía de una monarquía restaurada, y bregó por convertirse en uno de los grandes banqueros del país. No logró el primer propósito y fracasó estrepitosamente en el segundo. Pero ambas aspiraciones las acabó materializando el menor de sus tres hijos.
Rodrigo Rato Figaredo, asturiano y gijonés de sentimiento y devoción, aunque nacido en Madrid en 1949, desciende de dos ramas de la burguesía industrial, minera y financiera de Asturias, que desde mediados del XIX incurrieron en múltiples entrecruzamientos con otras estirpes de la revolución industrial asturiana y establecieron relaciones de interés compartido en las minas, la banca, la siderurgia, los astilleros, los ferrocarriles y las navieras con lo más granado del capitalismo regional. Casi todos sus antecesores por una y otra vías tuvieron implicaciones bancarias compatibilizadas hasta los años 30 con la política.
De ese trinomio de empresa, banca y política dimana Rodrigo Rato, que primero fue consejero de empresas familiares, luego hizo carrera política hasta sentarse en el Consejo de Ministros, más tarde asumió la dirección del Fondo Monetario Internacional y ahora acaba de convertirse, al frente de Caja Madrid y del banco en el que se involucrarán esta entidad, Bancaja, Caja Insular de Canarias, Caja Ávila, Caja Segovia, Caja La Rioja y Caixa Laietana, en el tercer banquero más importante del país y presidente del mayor grupo de cajas de Europa.
Licenciado en Derecho por Madrid y máster en Administración de Empresas por Berkeley, Rato se avezó desde niño a compatibilizar la pasión dual paterna por la política y los negocios con la misma naturalidad con la que logró un peculiar mestizaje entre cierta displicencia de clase alta del barrio madrileño de Salamanca con la ironía fina e inteligente de la que se impregnó en los veraneos gijoneses.
Manuel Fraga, fundador de Alianza Popular (AP), fue el impulsor de su carrera política, en la que tuvo un debut desastroso. Candidato cunero por Ciudad Real (1979) y luego por Cádiz (1982), no obtuvo acta de diputado hasta las segundas elecciones a las que concurrió, las mismas en las que el PSOE arrolló con una aplastante mayoría absoluta. Pero desde que llegó al Hemiciclo su ejecutoria fue ascendente, casi meteórica, aunque no exenta de altibajos, y siempre a la vera de Fraga.
Rato fue uno de aquellos "jóvenes cachorros" de AP que, como Aznar, Trillo y otros, se fueron forjando en el grupo parlamentario con Miguel Herrero de Miñón, que era el jefe de filas. Herrero no fue capaz de llevar a aquel elenco de promesas de la política ni a la Presidencia del Gobierno ni a la del partido: al PSOE le quedaban catorce años en la Moncloa y a Herrero lo ganó, en 1987, para suceder a Fraga, un bisoño Antonio Hernández Mancha. Vivió entonces una suerte de exilio interior en el partido, pero siguió fogueándose en la vida parlamentaria y desarrollando una capacidad innata para aunar el estilete hiriente de la crítica mordaz, la facilidad para la simpatía y el hábil recurso a la socarronería, que apuntala con una mirada chispeante y una sonrisa ligeramente ladeada.
Rato estuvo entre los descontentos que, alarmados por la deriva de AP en manos de Mancha, emprendieron la conspiración en el verano de 1988 que iba a desencadenar la vuelta impetuosa de Fraga a la presidencia del partido para restablecer el orden. Su protagonismo político salió muy reforzado de otra conspiración, cuando Rato fue uno de los peregrinos a la residencia veraniega de Fraga en Perbes para disuadirlo de su intención de investir como sucesora a Isabel Tocino. De allí salió la operación que iba a entronizar a los "jóvenes cachorros" para conducir al PP al centro-derecha bajo la batuta de José María Aznar, entonces presidente de Castilla y León.
Aznar fue proclamado presidente del partido en marzo de 1990 en Sevilla, y ahí empezó para ambos la búsqueda afanosa del poder para la derecha española. Rato pasó a ser el hombre de máxima confianza del nuevo líder y el rostro de la política económica de un futuro Gobierno del PP bajo la presidencia de Aznar. Ambos aceleraron la llegada a la Moncloa con una oposición sin tregua a un Felipe González declinante. Desde entonces, Rato fue coartífice de las campañas electorales del PP y candidato número dos por Madrid, por detrás de Aznar.
La derrota del PP en 1993 fue un batacazo que les costó digerir, y la victoria de 1996, por una estrecha diferencia, un triunfo que en las primeras horas pareció una derrota. El partido tuvo que girar aún más al centro y aún más hacia la periferia, pactando con los nacionalistas para poder auparse al poder. Y de nuevo Rato fue capital. Fue él quien negoció con CiU y quien llegó al entendimiento con Jordi Pujol, para quien los Rato eran conocidos y de fácil trato desde que los negocios de la dinastía se expansionaran por Cataluña varias décadas antes. En la negociación con el PNV, Rato pasó más desapercibido, aunque no para los nacionalistas vascos. Años después, Iñaki Anasagasti identificó en sus memorias a Rato como artífice capital del entendimiento para investir a Aznar presidente.
Rodrigo Rato fue vicepresidente segundo y ministro de Economía. Su gestión al frente de la economía pasó a ser el cartel estelar del PP, pero Aznar, en unas controvertidas declaraciones a la prensa británica, se atribuyó el mérito: "El milagro soy yo". Este pronunciamiento podría haber sido detectado como el síntoma de un posible distanciamiento entre ambos, pero nada de ello se percibió hasta mucho después.
Rato, coincidiendo con una etapa de bonanza sin parangón en la economía europea y occidental, vigorizó el relanzamiento de la economía que había comenzado en 1994 tras la recesión de 1992-1993. Fue una etapa de creación de mucho empleo, fuertes tasas de crecimiento del PIB y saneamiento financiero del Estado, que arrancó con Solbes en la etapa final del felipismo, se acrecentó con Rato durante ocho años y siguió aumentando otra vez con Solbes en los cuatro años siguientes. Pero fue también un período de euforia que se fundamentó en un patrón de crecimiento que estaba llamado a hacerse insostenible, porque se basó en el gran protagonismo de la edificación y el sector inmobiliario.
Rato fue el gran actor de las magnas privatizaciones empresariales, que tímidamente habían emprendido los socialistas tras el fortísimo saneamiento realizado por los gobiernos de González en el sector público, y también fue Rato quien acabó por dirigir la integración de España en el euro en las condiciones pactadas por el Gobierno precedente.
En la privatización se le reprochó que colocara a personas de su confianza, y procedentes de determinados grupos económicos, al frente de las antiguas empresas públicas, y en política energética se le afeó que hubiera impedido fusiones como la de HC y Unión Fenosa alegando una reducción de la competencia, que hubiera frenado a empresas extranjeras por tener titularidad estatal, que hubiera esgrimido como arma defensiva la llamada "acción oro" y que se pusiera en marcha el llamado "déficit de tarifa". España tuvo que renunciar a la "acción oro" por imposición comunitaria, Unión Fenosa acabó siendo absorbida por Gas Natural, dos compañías extranjeras de titularidad estatal dominan hoy HC y Endesa y el "déficit de tarifa" no dejó de crecer desde entonces.
El cómputo global de su gestión acabó por erigirse en el gran escaparate de la política del PP, pero no le sirvió para ser elegido por Aznar como su sucesor. Su separación conyugal, su rechazo a la guerra de Irak, que se postulase como candidato a la sucesión y que, a diferencia de Rajoy, tuviese un sector afín en el seno del PP, jugaron en su contra.
Derrotado Rajoy en las elecciones de 2004 y convertido Rato en mero diputado, el buen crédito del que gozaba el asturiano como gestor, el apoyo del Gobierno de Zapatero ante la UE y el respaldo que le prestó Aznar ante Bush elevaron a Rato a la condición de primer español que ocupaba la dirección del FMI en toda su historia. Fue en mayo de 2004.

La gestión en Washington
Rato realizó en Washington una gestión con resultados desiguales, alabanzas y críticas. Como los demás, tampoco vio la tormenta que se acercaba pese a que prevenir las crisis y evitarlas es el principal objetivo fundacional del FMI. En noviembre de 2006 alertó de ciertos riesgos, aunque subrayando la fortaleza de la economía mundial. Pero en junio de 2007, ocho días después de que Bear Stearns tuviera que rescatar dos de sus fondos en quiebra por su implicación en el mercado de las "hipotecas basura", Rato anunció, para sorpresa de todos, que en noviembre abandonaría el FMI. Antes de materializar su marcha, en agosto de 2007, aseguró en Brasil que las dificultades eran "manejables" porque persistían los sólidos fundamentos de la economía.
Tras su retorno a España hubo toda suerte de conjeturas sobre su futuro político. Pero Rato, con una pensión vitalicia del FMI de 58.400 euros, y afán de hacer carrera bancaria, fichó simultáneamente por el banco Lazard, Criteria (grupo la Caixa), Santander y Unespa con distintas funciones en cada caso. Sus ingresos superaron de largo los tres millones de euros, amén de sus ingresos por conferencias (a razón de 60.000 euros), en una de las cuales, sorprendió defendiendo la salida de la crisis por una vía keynesiana y socialdemócrata de gasto público y rescates masivos.
Aunque fue tentado durante todo ese tiempo para que diera la batalla en el seno del PP y se llegó a crear una plataforma que reivindicaba su vuelta a la política, Rato redobló su apuesta por el mundo financiero y logró un acercamiento a Rajoy para que éste lo avalara como candidato a la presidencia de Caja Madrid.
Rato llegó a la caja madrileña (entonces la segunda del país y la cuarta entidad financiera nacional) el 28 de enero de este año y en tormentosas circunstancias: con la entidad en pérdidas desde el cuarto trimestre de 2009 y al cabo de una pugna a cara de perro durante dieciocho meses entre dos facciones del PP madrileño por hacerse con el control de la caja.
Su desembarco se produjo, además, en plena crisis económica, y en medio de una vorágine de fusiones de cajas. Parecía que Rato llegaría tarde a esta carrera por la concentración financiera y más cuando había dicho en el primer consejo de administración que su prioridad no era el tamaño sino la rentabilidad. Pero "in extremis", a punto de cerrarse el calendario de esta tanda de fusiones, desencadenó una de las grandes actuaciones del sector: liderar una integración con Bancaja.

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