Hace unos pocos años, sumidos todavía en el espejismo del bienestar, uno podía inhibirse, de forma egoísta, de los problemas e injusticias que soplaban por otros pagos; "hacerse el sueco", como se decía en determinados ambientes. En la actualidad, "hacerse el sueco" resulta complicadísimo, a menos que uno escriba una novela policiaca y firme muchos ejemplares en la Feria del Libro de su pueblo. Ni siquiera es posible refugiarse en su "torre de marfil", habida cuenta de cómo están los pisos de protección oficial. No digamos, intentar "dormirse en los laureles" y correr el riesgo de despertar cocido en medio de un estofado.
El ciudadano de principios del siglo XXI, perplejo, abrumado, ante las turbulencias de la Economía, que ha terminado, de una vez por todas, por suplantar a la Política, no tiene más remedio que convertirse en un hombre de acción: coger todas las obras de Smith y Keynes, y llevarlas inmediatamente al Rastro para venderlas y comprarse un bocadillo de calamares o un sombrero tirolés.
Es cierto, que asumir esta valiente posición no está al alcance de cuantos se apresuraron a devolver sus libros a las bibliotecas. Y entiendo, también, que si las cabezas más preclaras del pensamiento financiero, no se han utilizado todavía para rodar en el próximo Campeonato de Fútbol de Sudáfrica, a un pobre hombre de la calle no se le puede pedir que resuelva el problema de por qué el Ibex está siempre por los suelos, van a devaluar el euro y, encima, sus ahorrillos, que estaban en la Caja A, han pasado, por una misteriosa fusión, a las Cajas B y Z, sin pedirle el más mínimo permiso. Comprender tal galimatías, es imposible. Pero de eso, a cruzarse de brazos, hay una enorme diferencia. Sobre todo si pensamos que, extendiendo uno de esos brazos, en una esquina, con una cachiporra, o con la simple mano extendida, se pueden ganar unos eurillos. La acción, señoras y caballeros, dignifica; puede ser rentable, y, si nos pasamos de rosca, incluso nos puede llevar a disfrutar las vacaciones de verano en el único establecimiento donde la pensión completa resulta gratuita: en Fontcalent.
¿Estoy llamando veladamente a la revuelta, a la subversión, a la huelga general? No señor. Si por hacer una simple llamada, a cobro revertido, por supuesto, tuviese la seguridad de que íbamos a salir del lío, no tendría empacho en llamar al mismísimo señor Rajoy. Esta es la única llamada que me atrevería a realizar, porque ¿Y si después de tanta broma y tanta bronca resulta que el señor Rajoy sabe, de verdad, como acabar con el paro, como levantar la industria y el comercio, como volver a impulsar las hipotecas sin subir los impuestos, sin tocar las cuentas de los ricos, el sueldo de los funcionarios, las pensiones de los jubilados, el pan de los hijos, la carabina de AmbrosioÉ? ¿Eh? ¿Qué ocurriría entonces?¿Que dirían mis colegas rojillos?
Solo a través de la acción, abandonando nuestra "torre de marfil", dejando la frivolidad del Dry Martini, y a los suecos con sus novelas, podríamos salir de esta tremenda duda que nos atenaza, sin necesidad de proceder a un traumático cambio de gobierno, o a una jornada con los restaurantes chinos cerrados. Saliendo masiva, y pacíficamente, toda España a la calle, en busca del secreto del señor Rajoy, al grito unánime, y esperanzador de "¡Que lo diga, que lo diga!". Eso sería una Revelación y no la de Fátima.