ANDRÉS VALDÉS
"Sí, claro que no tenemos permiso. Pero no violamos ninguna norma. Más bien, aprovechamos un vacío legal para montar una free party, una fiesta libre". Vortex es el nombre con el que se identifica uno de los organizadores de la rave que ha cogido el mejor sitio de la Playa del Carabassi, entre los términos de Elche y Santa Pola. Este ilicitano de 27 años es consultor de seguridad en una multinacional, además discjockey y "new raver" cuando no tiene que llevar traje. Dj Reivaj -"Javier al revés", apunta-, su compañero del colectivo de dj's ilicitano Shocker, le interrumpe para preguntarle por un conector. Está montando una mesa de mezclas sobre dos bidones, con un toldo de terraza como toda cubierta. A la luz de la tarde, no es más que una precaria cabina para poner música flanqueada por dos torres de altavoces. Pero al caer la medianoche del 23 de junio se va a convertir en una de las tres capillas que varios fanáticos de la música electrónica han levantado en la playa para cumplir lo mejor posible con los principios de la cultura rave. Las fiestas se montan en absoluta clandestinidad, la asistencia es gratuita y la única regla es respetar la libertad de los demás. Una manifestación cultural, surgida en EE UU hace más de 20 años, tan utópica como arriesgada: algunas raves han sido ya noticia en Alicante por accidentes, venta de drogas y, como ocurrió en la noche que retrata INFORMACIÓN en este reportaje, por la cantidad de basura con la que amaneció la reserva natural del Carabassi.
El litoral empieza a salpicarse de hogueras. La mayoría de los que bajan con botellas y leña por la pasarela que une la arena y el párking saben que esta playa y Noche de San Juan son sinónimos de música electrónica y fiesta gratis. Para ser un evento supuestamente clandestino, no se ha llevado con mucha discreción.
"Por desgracia la gente es muy guarra. Nosotros pedimos que recojan y nos quedamos a limpiar cuando acabamos, pero no siempre hacen caso", lamenta Mario, responsable de una de las raves que alberga la playa al recordar la fiesta del año pasado. Son un colectivo de Alicante de cinco discjockeys amigos que han invertido una semana y cerca de 700 euros en organizar este evento. "Esto lo pagamos nosotros, alquilamos los altavoces, la mesa de sonido, el generador de gasolina...", explica.
Los de Shocker han llegado antes y les han obligado a montar su rave a 150 metros de la duna donde querían levantar la suya. Los otros se han gastado menos, conscientes de que las paredes de arena de la olla natural en la que se han instalado amplifican de sobra los 5.000 vatios de sonido de su equipo. Entre gasolina para el grupo electrógeno y altavoces se han gastado 400 euros en hacerle una fiesta a los miles de chavales que han venido a quemar las ansias de evasión en esta playa. Poco antes de la medianoche, la olla arranca con el primer tema de tech-house de la noche. A pocos metros y sólo diez minutos después, los dj's de Alicante responden con otro. "Somos amigos, nos conocemos, pero cuando estamos pinchando, hay rivalidad", reconoce Javier.
Miguel, conocido como "el Bakala", es uno de los "miembros fundadores" de este evento que ya se ha hecho famoso en la costa alicantina. Hace tres años esta zona de la playa no era más que un valle de arena donde un grupo de cuatro colegas decidió montarse una fiesta a lo grande, trayendo equipos potentes y utilizando el boca oreja y el email -"no había redes sociales"- para convocar a sus amigos y conocidos. Esta vez ha venido sólo para ver como hierve la olla que se inventó "con Mínguez, Miguel Ángel Martínez y Dany Simmon, otros discjockeys de Elche". Parece un ex futbolista contemplando desde la grada cómo juega su antiguo equipo. "Cada vez que levantas la vista hay más gente", dice con una sonrisa mientras invita a recorrer el interior de la duna haciendo un arco con el brazo. Tiene razón. La siluetas parecen multiplicarse en el horizonte.
A las dos de la mañana ya hay 300 personas concentradas entre las dunas de la playa del Carabassi y cerca de 40 frente a la rave vecina. La mayoría son veinteañeros. Hay estudiantes, trabajadores y muchos "ni-nis", como Fabiola Gomes, la santapolera que se hizo famosa en el programa de La Sexta dedicado a la generación que ni estudia ni trabaja, quien lleva apoyando la rave desde primera hora. "Aquí hay muy poca gente que se puedan considerar new ravers, hay muchos críos que simplemente han venido a hacer botellón en la playa", afirma Vortex, dando un trago a su bebida energética. El es un "ni-ni" atípico: ni fuma, ni bebe, ni consume drogas. Es la excepción que confirma la regla.
Dos centellas azules dan la señal de alarma. Una patrulla de la Policía Local de Elche se mueve con velocidad por la pasarela, desde donde se ven perfectamente las luces que recorren el interior de la duna como un faro de colores y se perciben nítidamente los 25.000 vatios que emite la otra rave. Aparcan a cien metros de las fiestas, entre decenas de hogueras que les reciben con abucheos. No van a requisar bebidas ni a apagar fuegos, todo está permitido en la Noche de San Juan. ¿También las fiestas ilegales? "Por supuesto que no, se necesita un permiso para hacer esas fiestas", afirma tajante el policía. "Se hacen con ánimo de lucro, vendiendo alcohol de manera ilegal. Se suelen identificar por esto y por los generadores". Al parecer, las luces y el sonido no son características que identifiquen una fiesta clandestina. De manera que todo en orden. Se van.
Quienes montan estos eventos saben que una rave se convierte en una fiesta privada al uso en cuanto se cobra una entrada. Pero vender alcohol a precios populares no traiciona los principios y permite recuperar lo invertido. Y en ocasiones, hasta ganar 200 o 300 euros. Normalmente se venden latas de cerveza a un euro, cubatas a tres y medio y combinaciones de vino con refrescos. "Vender alcohol es un auténtico marrón, porque si te pillan sí que te hacen parar la música, desmontar y pagar una multa", explica Miguel. Pero parece difícil que la Policía vaya a intervenir. Comprobar si se están revendiendo cuatro latas de supermercado es una misión absurda.
Algo más ha bebido el adolescente que insiste en partirse la cara con otro de los chavales que bailan frente a la cabina. Javier pide perdón y sale corriendo a separarlos. "Esto no había pasado nunca, la gente siempre está súper tranquila", se disculpa. Es la primera autoridad en pista, no sólo porque elige la música, es propietario del generador y es miembro del colectivo organizador. Con 31 años, es probablemente la persona de más edad de todo el recinto. Una pelea ya sí que es un argumento perfecto para que la autoridad esgrima que ha habido una alteración del orden público y pueda disolver la fiesta. Pero lo cierto es que, al margen de este breve incidente, el orden público es tan correcto durante toda la noche como en cualquier discoteca con licencia, equipo de seguridad y dispositivos de emergencia.
Un problema añadido pueden ser las denuncias por ruido e incluso contaminación medioambiental. Por esta razón, los ravers conocen los límites de decibelios que se pueden emitir por la noche y la necesidad de limpiar la zona cuando terminan la fiesta. Pero esta noche les ampara la normativa municipal que permite hacer hogueras en San Juan y la lejanía de la urbanización más cercana, Gran Alacant. Ellos sólo han puesto la música, es la gente la que se ha acercado con sus botellas.
Jesús Amo, un discjockey de veintipocos años de Alicante, se concentra en mantener el nivel de su sesión de tech-house. Lleva toda la noche con el mismo semblante, serio y concentrado. Está trabajando, aunque le haya costado dinero montar la fiesta. "¿Que por qué hacemos esto? Es la única manera de pinchar delante de mucha gente. En Alicante está todo saturado y es muy difícil entrar", apunta, en referencia a la dificultad de ser contratado por pubs y discotecas de la zona. De repente el generador cruje. "Mierda, la gasolina". "¡Dale fuerte, que se jodan, que la sientan en el pecho!", grita un chico aporreando uno de los altavoces con la palma de la mano. Pero su euforia no logrará hacer que los monitores funcionen. Efectivamente, el bajo deja de sonar, las luces se apagan. Se han quedado sin fiesta. El medio centenar de personas que habían conseguido arañarles a los otros silba, algunos se marchan con andar aturdido, como polillas en busca de la luz que vomita la rave de la duna de al lado. Sus amigos se resignan a esperar. La sensación de fracaso se instala entre los organizadores, que miran el móvil en busca de noticias del compañero que se había atascado en Alicante cuando volvía con gasolina. Este San Juan era una gran oportunidad para darse a conocer profesionalmente ante cientos de personas. Internet es pólvora para difundir una buena sesión. Las fotos se reproducen en Tuenti y Facebook, pero el recuerdo quedará abierto a todos en Youtube durante mucho tiempo.
"Métete en nuestro perfil de Facebook. Verás que hay cola por pinchar aquí", asegura Miguel. "Pero nosotros no queremos gente que venga a poner música de tres a cinco de la mañana, con las Ray-Ban puestas en plan estrella. Queremos gente que curre y que además vigile y recoja la basura y el equipo a las diez de la mañana".
Es la hora punta, cerca de las cuatro de la madrugada. La duna sobrepasa el medio millar de personas con solvencia. Vortex les está dando su mejor techno. Las caras de los que están más próximos al neón de la cabina ilustran a la perfección por qué "rave" significa "delirio" en inglés.
Conejito se acaba de comer una seta mexicana. "Estoy bien, sólo me da unas ganas de reír increíbles", comenta este joven de 20 años, bastante serio. El chico, que estudió una FP de fontanería, trapicheó durante algún tiempo vendiendo droga en este tipo de eventos. "Probablemente un 20% de los que hay aquí han tomado algo", sobretodo speed y MDA, dos derivados de la anfetamina que "te hacen sentir eufórico" y tienen un precio "razonable" de entre 20 y 50 euros el gramo. Aunque también se deja sentir el olor de la marihuana y alguna linterna iluminando el trabajo de delineación de rayas de cocaína.
"Claro que hay drogas, pero como las hay en cualquier discoteca o en cualquier oficina. La gente las consume, pero ni las vendemos ni dejamos que las vendan", apunta Vortex, purista de este movimiento de la cultura electrónica. Su sesión ha terminado bruscamente al fundirse los altavoces de agudos. Pero Dj Reivaj continúa pinchando, manteniendo viva la rave con un una caja de graves que suena algo distorsionada y no demasiado fuerte.
La fiesta de Jesús Amo, Mario y los chicos que empezaban la noche sin sitio ni gasolina les está robando adeptos. "¡Ellos han tenido su momento de gloria, ahora llega el nuestro!", grita de alegría uno de los organizadores. Está amaneciendo y la playa parece un campo de batalla lleno de escombros. Sigue atronando minimal house, siguen bailando como si no hubiera un mañana. "Dentro de poco la gente irá a los coches a por las gafitas de sol, lo que les gusta es el mañaneo", apunta Mario, feliz de ver cómo todo el esfuerzo ha merecido la pena. Su rave está siendo un éxito.