El duro ajuste de las pequeñas empresas

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Andrés Pedreño

Se habla mucho de la dureza de los ajustes macroeconómicos del Gobierno pero quizás hemos tomado escasa conciencia del duro ajuste que está teniendo lugar en las empresas. He defendido con frecuencia y casi con vehemencia el enorme valor de la cohesión social y de las políticas de esta índole y mi postura espero que a estas alturas resulte comprensible y poco sospechosa, ya que me voy a dedicar en esta ocasión a defender a un gran número de pequeñas empresas que están haciendo una encomiable labor en favor de su supervivencia y competitividad. Además, por lo general su reducido margen de beneficios, ajeno a coyunturas en los últimos años derivadas de la especulación urbanística y similares, siempre se han movido en una banda de supervivencia realmente estrecha.
Muchos de los que escribimos sobre economía sabemos muy poco sobre el mundo de la pequeña empresa. Esta situación es extensible en gran medida al ámbito funcionarial, a la clase política e incluso a la cultura de la gran empresa. En nuestro caso, los economistas analizamos datos agregados pero apenas sabemos lo que ocurre tras indicadores tan dramáticos como la pérdida de competitividad de la economía española, el escaso dinamismo de las exportaciones años atrás, nuestro bajos niveles de productividad, la brecha entre la cualificación laboral ofrecida y demandada. Y tampoco somos conscientes de los esfuerzos reales que hay que hacer actualmente para sacar adelante una empresa en un marco de fortísima competencia existente, donde nuestros competidores, los BRIC, nuestros socios europeos, o los vecinos de la esquina son extremadamente beligerantes ofreciendo precios más bajos, singularizando el producto, innovando.
Es un hecho que la clase política no valora suficientemente a la empresa o el empresario debido a su escasa rentabilidad electoral. Incluso para los conservadores más cercanos a estos planteamientos, la empresa es vista más instrumentalmente que en su correcta función social y vertebradora de la economía. Se les llena la boca de un neoconservadurismo interesado o tópico, pero cuando se toca la fibra de los intereses políticos más "corporativos" todo se convierte en agua de borrajas.
La cifra de paro de la economía española pone en evidencia, entre otras cosas, el duro ajuste empresarial que ya se ha llevado a cabo. Y sería desacertado e injusto pensar que sólo ha recaído en el empleo. No es así. Me consta el esfuerzo de los responsables de muchas empresas para mantener su viabilidad y conservar el máximo empleo posible en un escenario de restricción de la demanda y extremas dificultades para acceder al crédito. Incluso muchas en concurso de acreedores han debido afrontar una legislación adversa más pensada para liquidar las empresas que para sacarlas a flote y donde, los nuevos administradores legales vienen a entorpecer la difícil labor en favor de la recuperación de su negocio.
Hay empresarios que han puesto en garantía su riqueza patrimonial para superar este tipo de situaciones adversas. Conozco directivos de pymes que se han reducido considerablemente sus sueldos y han suprimido el menor gasto ineficiente que pudiera haber en la empresa a efectos de garantizar su mayor nivel de competitividad y viabilidad. De esto, los medios de comunicación se han hecho escasamente eco, pero es la realidad.
Las fuerzas sociales de un país tienen que ser muy conscientes de que las empresas son la pieza fundamental de su sistema económico. Y la prioridad de sus políticas tiene que ir dirigida para asegurar su salud y competitividad. Hay que concienciar a la población de que algunos discursos "fáciles" y tópicos están llenos de demagogia. La entidad del empleo público o las políticas sociales, por ejemplo, se financian con los ingresos que genera la actividad económica de las empresas eficientes y competitivas, no subvencionadas.
Si estas últimas empresas deben soportar mayores cargas impositivas diferenciales que sus competidoras potenciales en otros países, si no favorecemos políticas de apoyo en favor de su competitividad (eficiencia del gasto en educación, infraestructuras, I+D+I), estamos haciendo un flaco favor a la supervivencia de las propias políticas sociales o para la generación de un volumen de empleo relevante. Hay una estrecha relación entre ambas cosas.
En algún informe reciente, hemos recomendado que hay que obsesionarse con la competitividad empresarial en nuestro país. Distamos mucho de este planteamiento. Todavía son muchas las prácticas de las Administraciones que en vez de "mimar" a las empresas las convierten sistemáticamente en un indiscriminado oscuro objeto de deseo impositivo, de ansias regulacionistas en exceso o de un recelo permanente. Un país puede hundirse entre discursos demagógicos y oportunistas. Hay poca vida sin empresas. Ojala seamos conscientes de ello.

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