A expensas de lo que definitivamente salga del diálogo social sobre la reforma del mercado de trabajo, pocas excusas pueden quedar ya para que los empresarios españoles asuman parte de su responsabilidad en esta crisis. Cierto que la coyuntura económica ha golpeado a las empresas y que el crédito no repunta a los niveles que tenía en los periodos anteriores, pero en ningún manual de economía ni de empresa se dice que las crisis no deben existir ni que toda inversión debe ser financiada al 100% con financiación externa.
Cuando se están tratando de hacer los deberes para ajustar a nuestro país a la nueva situación internacional y asimilar de esta forma el empobrecimiento relativo que hemos tenido, nadie puede buscar argumentos para no arrimar el hombro ante la nueva situación.
Y a los empresarios les corresponde un papel relevante en esta nueva fase. Hemos de tener en cuenta que los ajustes del gasto público y una presión fiscal que, por mucho que se diga, no es agobiante, posibilitan nuevos campos para que la iniciativa individual y la empresa puedan tener nuevas oportunidades y contribuir así a la creación de empleo y a la mejora de la situación económica.
Es cierto que una variable que ha cambiado y que difícilmente volverá es la relativa al crédito y al apalancamiento de las empresas. Durante los próximos años va a hacer falta que las mismas se acostumbren a unas aportaciones de capital a sus iniciativas que no se corresponden con la abundancia del crédito en estos años pasados. Pero ¿realmente los empresarios no tienen capital suficiente para emprender o ampliar negocios? ¿o son más bien temerosos de arriesgar, como dicen los manuales, su propio capital? Muchos podemos pensar que si la condición del empresario es el riesgo, difícilmente pueden llamarse empresarios los que son incapaces de arriesgar, aunque sea sólo una parte de su propio capital.
A veces se escucha que dicho capital, o está en paraísos fiscales (esos lugares a los que la Ministra de Economía atemoriza cada vez que se habla de la imposición a los más poderosos), escondido debajo de una loseta o en la caja fuerte.
Como parece que el tema de la amnistía fiscal está fuera de la discusión en estos momentos, para aquellos empresarios que gocen de esta situación, no estaría de más que usaran el capital propio para contribuir a la mejora de la economía poniendo en circulación el capital retirado de los circuitos en estos momentos. Y que no me digan que ésto estaría penado fiscalmente. Por el mismo camino que se ha retirado de la circulación se puede reincorporar de nuevo.
El empresariado en general y el empresario en particular deberían ser conscientes de lo que demanda la sociedad en estos momentos. Posiblemente no es tanto la caridad pública, la beneficencia o donaciones a los más necesitados (para ello ya está el Estado del Bienestar), sino que cumplan con su función social. La tentación a apartarse de la circulación en los momentos de adversidad dice muy poco de aquellas personas que se ponen como ejemplo de la superación y lucha por los negocios que, al mismo tiempo que pueden enriquecerse, generan riqueza para la sociedad.
En unos momentos en los que hace falta que los ciudadanos vean como todos ponemos el hombro ante una situación de vacas flacas, a los empresarios les corresponde determinar cuál es su papel. Si el de rentista ajeno a los avatares de la actividad económica y sólo pendiente de los sobresaltos de la bolsa, o el del tradicional innovador que, con todas las limitaciones que le queramos ver, ha sido uno de los actores fundamentales de sociedades como la alicantina.
Aunque largo es el camino de la recuperación, como en todo, ese camino se atraviesa dando los primeros pasos.