P ublicábamos el otro día en el periódico a cuenta de los controles que va a haber en selectividad para evitar que a los alumnos les chiven las respuestas a través de pinganillos, que, según investigaciones de una universidad americana de esas que saben de estas cosas, los que copian o se hacen chuletas de cara a los exámenes tienen mejores perspectivas laborales que el resto. Mentiría si dijera que me sorprende. Toda la vida los más pillos se han llevado el gato al agua. Ya lo decía mi madre: en la vida, más que inteligente, hay que ser listo; entendiendo por listo ser algo granuja y marrullero. Una de mis amigas se quedó ayer muy tranquila cuando se lo conté después de haber pasado un sinvivir con el pequeño, que a sus diez años ya se ha destapado como un pícaro profesional especialista en falsear boletines de notas y en eludir castigos. "Éste por lo menos llega a director general de algo", decía mi amiga mirando al niño liquidar dragones en la play de tres en tres con carita de no haber roto un plato en su vida. Ahora el que nos preocupa es el mediano. "Fíjate que el otro día ni comió del berrinche porque sólo sacó un ocho en filosofía". Éste es estudioso, buenazo y cree que los resultados dependen del esfuerzo. Criaturita. "¿Qué vamos a hacer con él? Es incapaz de copiar ni de mentir. ¿Cómo va a salir adelante en la vida?" se pregunta su madre. Si es que pedimos demasiado. No todos los hijos pueden llegar a ser brokers en la bolsa, ni dedicarse a la alta política, ni hacerse ricos urbanizando paus. Tenemos que conformarnos con lo que hay y aceptar a nuestros hijos como son. Además, mi amiga tiene suerte; el pequeño siempre puede encontrarle un trabajo a su hermano.