Y los habitantes de Pinoso y sus aldeas pudieron elegir, por primera vez en sus tranquilas existencias, entre soñarse testigos dolorosos del misterio del Gólgota, o sentirse primos lejanos de Búfalo Bill y Juanita Calamidad.
Yo tuve la suerte de compartir ambas experiencias -asistir al Triduo Pascual y respirar la pólvora del "O.K. Corral"- sin necesidad de recurrir a una sobredosis de Dry Martini. Mi amigo Javier Monzó me coló en el casting de una película y viví una antigua "pasión" infantil sin necesidad de pasar por las manos de Poncio Pilatos: convertirme, por un día, en un figurante "con frase", en el filme de Fran Ruvira "Orson West". Una experiencia sugerente del cine dentro del cine. O, dicho de otro modo, una película sobre el rodaje de un "western" en un pequeño pueblo, en el que sus vecinos dejan sus tareas habituales para coger el Winchester y la carreta, y hacen realidad el proyecto de un Orson Welles que, durante sus años por España, intentó, sin mucha suerte, rodar una historia del Oeste por estos abruptos parajes de la provincia.
Debutar a los sesenta y cuatro años en el cine no es como para cambiar el rótulo a la tarjeta y, en lugar de poner "profesor universitario", anunciarse como "estrella del cinematógrafo". Pero a punto estuve de hacerlo, de haber salido las cosas de otro modo. Lo cierto es que, la experiencia, aunque gratificante, no fue como había imaginado. En primer lugar, cuando llegué al "set" -observen el dominio de la terminología- no encontré, por ninguna parte, mi "roulotte", ya que el productor se negó a estampar mi nombre en uno de estos habitáculos donde es normal que el actor se relaje, antes de una escena, tomándose, pongamos por caso, un Dry Martini. Cuando le comenté que renunciaba a este privilegio y a los 60 euros diarios por un porcentaje en la taquilla, tampoco se dignó a escucharme. E igualmente, la ayudante de dirección -que poseía tanto encanto, como mal genio- hizo caso omiso de las sugerencias en torno a mis habilidades para las escenas con beso, porque siendo figurante del "método", me gustaba ensayarlas a conciencia, y no tenía el menor inconveniente de hacerlo con ella. Mi gozo de Hollywood, en un pozo. En un pozo del secano que, ya imaginará el lector, no siendo nada húmedo, es más desalentador.
Así que me limité a rodar durante toda la mañana. Primero, bajo un sol de justicia, cabreándome en francés, por exigencias del guión, con un actor que intentaba venderme unas mulas, y, más tarde, vagando por el caserón de "La Capellanía" delante de una cámara gigantesca que imponía lo suyo. Más impresionante, desde luego, hubiese sido filmar en la "Casa Modernista" de Novelda, o coincidir en una escena con Sonia Almarcha o Monserrat Carulla, actrices experimentadas y de gran talento. Pero comprendo la prudencia del director, y su cautela, a la hora de evitar esa confrontación con un debutante de mis cualidades: un "robaplanos" tan intuitivo como Steve MacQueen, y no menos canalla que Anne Baxter en "Eva al desnudo".
Ahora, mientras la película entra en el laberinto de la postproducción, y las gentes del lugar aguardan con impaciencia el día del estreno, yo aprovecho el paréntesis para firmar autógrafos en el bar y ganarme unos "eurillos" con las fotos dedicadas. Nunca se sabe si una primera película puede ser el trampolín para una nueva versión de "Ben Hur" o convertirse en pasto de las tijeras, relegándote al olvido y las telarañas de una mansión en Sunset Boulervard. Lo bueno, o lo malo, del secano, es, que si en febrero próximo, no desfilo por la alfombra roja en la ceremonia de los Goya, siempre podré hacerlo con la centuría romana en la procesión del Jueves Santo, una mañana radiante de primavera.