ISABEL VICENTE
El otro día nos juntamos un grupo de amigos y nos dedicamos a contarnos nuestras penas. Eso debe ser cumplir años, entrar en una especie de competición de desgracias. Quien no tiene a un familiar enfermo, se ha quedado en el paro; el que no, se acaba de divorciar o tiene al hijo mayor desmadrado... o todo a la vez. Como es imposible que el azar se ponga borde con semejante cronometración, habrá que concluir que son cosas de la edad, y que entre los cuarenta y los cincuenta la vida es como un campo minado. No es por amargar, pero, claro... Tú empiezas a tener algún achaque; los padres se te hacen mayores... con lo que eso trae; los hijos se te hacen mayores... con lo que eso trae; en el trabajo los jóvenes entran apretando; y para colmo, a esta edad, no hay un marido que no ronque ... Vale, no todo es perfecto, pero ¿por qué esa manía de regodearnos en la miseria?, ¿es que nos gusta? y, lo que es más importante, ¿por qué no hacemos lo mismo cuando estamos bien? ¿Se imaginan a uno diciendo: "yo estoy mejor que nadie", y el otro contestando: "no, qué va, a mí me va mucho mejor"? No, claro. Tengo una prima, la pobre, a la que la familia pone de vuelta y media: "Es que Marianita es muy feliz", dice mi madre. "Sí, sí, es muy alegre", le contesta mi tía con cara de indignación. Sin embargo, el hermano de mi tío político se convirtió en "una bellísima persona" el día que lo atropelló un camión del butano. Va ser culpa del franquismo o de la misa de ocho pero, aunque pase el tiempo, ser desgraciado sigue puntuando. Así que ahí andamos, quejándonos de los reveses sin pudor e incapaces de presumir de felicidad cuando toca. Pues no. Defendamos la vida alegre mientras dure y, si a alguien le suena mal, que se lo haga ver.