De una forma, al parecer, lenta pero inexorable, las cajas de ahorro españolas van dando pasos hacia un destino que, aunque son muchos los que vocean, pocos saben cuál es. Cuanto más profundiza uno en los dobles lenguajes de los analistas o en las declaraciones enrevesadas del Banco de España (¡como si un banco pudiera hablar!), más se tiene la sensación de que es mucho más lo que se silencia de lo que se dice. ¿Esto es así?
Durante estos dos últimos años hemos conocido un sinfín de noticias apocalípticas donde muchos analistas financieros, pero también responsables públicos (¿quién no recuerda al inefable conseller de Economía de la Generalitat Valenciana?), no se han cortado un ápice para hacer cábalas acerca de los nuevos escenarios que anuncia la crisis económica internacional y los efectos que la misma tendrá sobre el mundo de las cajas de ahorro españolas. Ciertamente, ante el desaforado crecimiento que la financiación del sector inmobiliario español ha obtenido por intermediación de las mismas (¡y de los bancos, no lo olvidemos!), se ha querido ligar ambos problemas para, de un plumazo, resolver la incómoda situación del sistema bancario español, donde éstas representan la mitad del mismo en detrimento de los bancos, fundamentalmente.
Y ha sido en este aspecto donde el Banco de España, en primer lugar, y el Gobierno español y la oposición, después, no han estado a la altura de las circunstancias. Y ello no se ha debido a la filosofía general que ha estado detrás de los decretos leyes que se han ido aprobando para intentar paliar los problemas de liquidez o solvencia que se han ido presentando, sino porque han mostrado un elevado grado de desconocimiento de las reglas por las que se rigen estas entidades y, por lo tanto, no aportando soluciones sino más confusión a las posibles vías de salida de la situación.
Son muchas las ocasiones en las que las personas que tienen sus pequeños ahorros en las cajas me preguntan acerca de lo que va a ocurrir en las próximas fechas sobre estas entidades. Y yo detecto que su preocupación no viene tanto de la desconfianza sobre lo que ellos perciben acerca de la situación, como de las palabras de grueso calibre que utilizan las personas que, por su condición de responsables públicos, debieran de pensárselo varias veces antes de pronunciarlas. O, directamente: no pronunciarlas.
Todos los sistemas financieros están basados en la confianza y los que tenemos alguna responsabilidad acerca del funcionamiento de los mismos tenemos, en primer lugar, la obligación de conocer y proponer todas las medidas que puedan mejorarlos y, en segundo lugar, no contribuir a difundir pábulos que, no siendo más que especulaciones, ni benefician al sistema ni contribuyen a mejorarlo.
Las cajas de ahorro españolas han experimentado muchos cambios durante los últimos años, que han estado en la base de su éxito, pero, qué duda cabe de que el mismo ha podido hacernos olvidar las raíces que motivaron en su momento su creación y que deben de justificar en el futuro su existencia. Y aquí está la clave de las discusiones en las que nos encontramos actualmente.
Si los cambios que se auguran sobre la reducción de cajas de ahorro -(¿entre 15 y 20 en toda España? ¿una ó dos concentradas en la Caixa y Caja Madrid?)- se producen realmente, habremos perdido todo un mosaico de entidades financieras que, posiblemente, deban adaptarse a las nuevas condiciones de los mercados, pero que si desaparecen, arrastrarían con ellas una buena parte de la cultura del ahorro, aumentarían la exclusión financiera de los menos favorecidos, disminuirían la competencia y anularían la vinculación al territorio que las mismas representan.
Aparte de los bancos (que, por cierto, tienen problemas similares a las cajas, aunque no sé por qué extraña razón han escurrido el bulto en este debate cuando están dando menos crédito que aquéllas) no veo a nadie que pueda considerarse beneficiado por estas alternativas. Como pone en evidencia la comparación internacional, ni el número de cajas de ahorro que existen en España es tan disparatado, ni tampoco la presencia de un número limitado de cajas grandes nos evitarían los riesgos de un colapso financiero. Eso sí, lo que debemos exigir es que aquellas que continúen funcionando cumplan las reglas que permitan a los ciudadanos confiar en las mismas, como hasta ahora. Pero para eso quizás no hubiera hecho falta una reunión en la cumbre de la Moncloa.