Un día, por ejemplo, se inauguró un restaurante chino, al lado justo de la taberna de siempre, y el dueño se volvió majareta pensando cómo un cerdo podía convertirse en un plato agridulce. Otro, fue un Kebap, quien causó el asombro de los carniceros que miraron con escepticismo su muestrario de morcillas y longanizas. Y el de más allá, mientras se asentaban los "guiris" en los caserones del campo, la inauguración de un establecimiento de "Todo a un euro" puso el alma en vilo al gremio del comercio, y supimos que el futuro, la época de la mistificación cultural y de los ventiladores a pilas "made in Hong Kong" estaba poniendo fin al mundo de los abanicos y los encajes de bolillo.
Yo he sufrido estos cambios con una extraña mezcla de temor y melancolía, pero sin perder nunca la sonrisa, ya que de no haberlos padecido, estaría bajo tierra, criando malvas, y eso es lo último que pretendo hacer. Las transformaciones, la llegada del neoliberalismo secular, con sus grandes superficies comerciales, el paso de una ciudad de resonancias galdosianas a otra marcada por el disparate urbanístico y la crisis del comercio tradicional, la viví, hace años, en Alicante, ciudad muy propicia a todo tipo de experimentos y siempre perpleja, boquiabierta, ante el discurrir implacable de las novedades y con efectos muy retardados para sumirse en el cabreo.
Hace unas semanas, sin ir más lejos, a través de la prensa y los debates en el "seminario permanente" del bar, me empapé de las nuevas expectativas que puede deparar por estos pagos la presencia de Ikea. Economistas, hombres de Estado, miembros de las finanzas y la banca -a la que tanto debo- se pronunciaron a favor de la llegada de esta multinacional al solar alicantino, asegurando que será la levadura del progreso; el motor de los negocios colaterales; una fuente de puestos de trabajo que estimulará, además, los transportes en furgoneta y los cursos de "bricolage" por correspondencia. Ante la alarma de los pequeños comerciantes y las estrechas mentes localistas, se lanzó un mensaje rotundo, esperanzador: Había llegado la hora de inventar, de olvidarse de Unamuno, y de abrazar la causa del ingenio y la imaginación, vetada siempre por un vetusto proteccionismo mercantil propio del siglo XVI. Amanecía la era de la reconversión, de la libérrima competencia, de vender panes afrodisíacos, diseñar zapatos a propulsión y elaborar vinos adelgazantes, al grito de "No podrá el tiburón con la sardina" y "¿Quién dijo miedo en tiempos de tanta bonanza financiera?".
Yo no sé si, en Alicante, esta llamada a subirse al cohete del futuro habrá tenido mucho éxito, pero en el pueblo el efecto ha sido muy similar al que los viejos vimos en "Bienvenido mister Marshall", y ya se están formando colas en las Cajas para presentar patentes y arbitrios, ideas colosales para fomentar las granjas de conejos y caracoles, y evitar que la paella tradicional se haga con productos de Manchuria.
Pero no faltan las mentes agoreras, los pesimistas de siempre que dormitan en la barra. Tipos que se preguntan cómo Ikea puede crear puestos de trabajo cuando es el cliente el que tiene que currar buscando y cargando con la mercancía. Individuos malcarados que dudan de las facilidades crediticias para la invención y han recurrido a campañas de marketing de muy mal gusto: "Compre un sillón y pase todo el día con mi señora. Compre un comedor y se la lleva una semana". Con estas medidas zafias, sainetescas, no vamos a ninguna parte. Ni con la idea de llenar el botijo de Dry Martini y cobrar a un euro el trago, con derecho a un cacahuete como tapa. O aceptamos los riesgos de la globalización, incluidas sus crisis y el pago de las deudas de los griegos, o nos ponemos burros y exigimos participar en los beneficios del banco de Santander y el de California y nos negamos a chutar un penalty desde medio campo, haciendo el gilipollas. Que eso es lo que somos: unos gilipollas, por haber soñado alguna vez en la Utopía y creer que la vida era un paisaje inmóvil y galante, pintado por Watteau, y que Picasso no iba a bautizar con su nombre a un vehículo de cuatro ruedas.