Tras descubrir, con su aguda percepción de lince, que no "palmamos" con la facilidad de antaño, y que todavía podemos salir de la cueva a cazar bisontes y alimentar a los "ninis" -que no a los "nenes"-, han decidido prolongar nuestra existencia laboral y retrasar el tiempo de jugar al dominó con los ancianos de la tribu, mientras aguardamos la magra pensión para compartir unas litronas al calor de la hoguera.
¡Con lo tranquilos que estábamos sumidos en nuestro olvido generacional! Bailando "Los pajaritos" en el Hogar del Pensionista, dándonos de collejas por conseguir un viajecillo a Marbella con el Inserso, fastidiando a los médicos en los Ambulatorios para solicitar la ración mensual de pastillitas de viagra. Pues, no. Ahora resulta que a causa de nuestro saludable aspecto, a las largas esperanzas de vida, debemos volver al tajo para asegurar las pensiones a los españoles venideros, porque al final, la Iglesia va a tener razón, y por culpa de tanto condón y tanta píldora, los actuales no procrean y no tenemos prole laboral que nos reemplace.
Y lo peor es que en este país, donde tanto gusta el lío, salir por la tele y meter miedo al personal, hay debate para rato. Tema para articulistas y tertulianos. Materia para el tostón, por parte de sociólogos, economistas y todo tipo de genios afiliados al sindicato de "Las brillantes soluciones, arbitrios y otras variedades".
Mientras se monta este circo dialéctico, y nos ponen el corazón en un puño, algunos intelectuales ya han saltado a la palestra. Lo hacía, hace unos días, sin atender al Plan de Zapatero, Martin Amis, esa lumbrera británica de la novela descafeinada, con unas sabrosas declaraciones a "The Sunday Times". El tipo, como si estuviese bajo los efectos de una de las habituales cogorzas que atrapaba su señor padre -el también novelista Kingsley Amis- ha salido con estas geniales declaraciones: "Para reducir el riesgo de una invasión de ancianos dementes y apestosos, pululando por todas partes, deberían instalarse cabinas en cada esquina, donde la gente mayor pueda ir a tomarse un martini letal". Fin del problema. Otro lince, este Amis. Y uno no sabe que es peor, si ser viejales aquí, en España, o serlo en Gran Bretaña.
Jon Juaristi, en su columna de ABC, nos dice que no hay que tomarse en serio a Amis; que escribe dentro de la tradición satírica de Jonathan Swift, para denunciar con ironía el problema de la tercera edad y prevenir soluciones desmesuradas. Pero eso es lo que piensa el señor Juaristi. Yo sigo leyendo las declaraciones de Amis, e insiste: "la ciencia médica permite que la mayoría de nosotros tengamos que vivir más allá de la muerte de nuestro talento. Los novelistas se agotan hacia los 70 años, y temo eso". Es una solemne tontería, conozco a novelistas de 30 años que se dejaron el talento colgado en el perchero de la guardería, y no por eso reclaman la eutanasia.
Sea como fuere, aquí o en Inglaterra, el caso es que los vejestorios estamos en el ojo del huracán. Y las vamos a pasar canutas si no reaccionamos, si no hacemos uso de la palabra y proponemos nuestras propias soluciones. Un servidor, antes de agotar su ingenio, propone un remedio: De acuerdo con lo de la cabina del Martini gratuito -mejor, dos- pero sin el veneno; si acaso, con unas gotitas de angostura, como siempre. Y en la cabina, un par de rubias en edad de merecer. Si los jóvenes no están por la labor de incrementar el índice demográfico, aquí está la reserva del ejército de salvación. Ahora, queridos colegas de "mayo del 68", os toca a vosotros decir algo sobre el asunto de la jubilación. A mi, se me acaba de caer el talento por la alcantarilla.