POR LLUÍS RUIZ SOLER
En realidad, la historia misma y la cultura toda tienen como hilo conductor a la preocupación por la comida, al placer de comer, al horror de no poder hacerlo, a la dicha de la opulencia, a la golosina como recompensa y a las más negras pesadillas en las que se transubstancian sus contrarios: la posibilidad de ser devorado -de convertirse uno mismo en alimento de seres malignos- o el abominable recurso al canibalismo como punto álgido de las peores perversiones alimentarias. Para bien y para mal, la humanidad lleva milenios pensando, sobre todo, en comer. Y eso se refleja en sus mitos, en sus leyendas y en su expresión más entrañable, que son los cuentos infantiles.
Así lo pone de manifiesto la exposición "Leer imágenes para comerse el mundo" en el Centro Municipal de Recursos Educativos de Alicante. Es una muestra muy visual, participativa y didáctica, basada en ilustraciones de cuentos infantiles con la comida en un lugar destacado y está pensada para niños de 3 a 12 años en visitas familiares o escolares. En sus paneles y montajes aparecen la cabeza del jabalí de Obelix, el pepináspero que le gusta comer al Gigante Bonachón, la chocolatina de Willie Wonka o la boa de El Principito que acaba pareciendo un sombrero después de zamparse a un elefante, además de algunas cosas "ascurosas, repugnantes y cochibundas" junto a "recetas" que provocan la hilaridad o la alerta en los jóvenes visitantes: por ejemplo, la del moco fresco en su salsa o la del souflé de niño maleducado, que se elabora pelando, lavando y pasando por el pasapurés un crío repelente aderezado con ingredientes diversos y sometiéndolo a una calculada cocción en el horno.
Desde un punto de vista estrictamente gourmet, la exposición "Leer imágenes para comerse el mundo" nos lleva a pensar, una vez más, en el poder de lo gastronómico para poner en valor cualquier cosa -para "vender" libros, moda, arte, turismo y todo tipo de "mercancías"- y a sentirnos ufanos por el hecho de que, en esta ocasión, se trate de promover una causa tan noble como la de incitar a los niños a la lectura: la de acercarlos a ella a través, en un primer paso, de las ilustraciones.
Pero ¿qué pensarán los padres que ya no saben qué hacer para que su hijo coma? ¡Con mala carta de presentación se le ofrecen los libros! Una de las claves está en lo dulce: la mayor parte de las ilustraciones alude a golosinas más que a comida propiamente dicha. Otra, en lo lúdico: la idea de presentar un montón de asquerosos gusanos como si fuera un plato de espaguetis les resulta de lo más ocurrente a las personitas en fase escatológica. Los niños -en cuya inocencia, como se sabe, reside la verdad- tienden, alimentariamente hablando, a lo apetitoso y a lo divertido. Entonces, es posible que algún cocinero iluminado no esté del todo en lo cierto.