La luna en el martini

LA HORA MÁGICA

Mario Martínez Gomis

 01:40  
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Pedir un Dry Martini en un "pub" puede traer idénticas consecuencias a las de solicitar un vaso de leche en un "saloon" del viejo Oeste. El Dry Martini sólo se sirve, con garantías, en los barras de los bares elegantes, en los hoteles que lucen más estrellas que el firmamento, en la propia casa, o en la de ese amigo, un tanto esnob, dispuesto a jurar sobre la Biblia que no hay nadie en el mundo que prepare el brebaje como él. El Martini es ajeno a los relojes. El lugar que ocupen sus saetas es sólo un pretexto para que el carillón de la alegría ponga a bailar nuestras neuronas.
No obstante estas rotundas afirmaciones, las preferencias para consumirlo y atisbar las claves del universo son dispares. Y a falta de criterios de autoridad definitivos, ratificados por Santo Tomás o Duns Scoto, son los profesionales del vaso mezclador, los expertos bebedores, o el perspicaz erudito que firma estas reseñas, quienes pueden arrojar un poco de luz sobre el asunto.
Ángel San José, barman del Casino de Madrid, opina lo siguiente sobre el particular: "yo, a mediodía, recomiendo más el Dry Martini: por la tarde, mejor un Manhattan; ya que los aperitivos antes de comer han de ser los más secos posible". Don Luís Buñuel, antes de hacerse adicto al trago vespertino, en sus años por los Estados Unidos, se tomaba la "bala de plata" al mediodía, observando la floresta de Central Park: "si pasas por Nueva York -advertía- y quieres saber si estoy allí, ve al bar del Plaza Hotel a eso de las doce". Y son multitud las escenas del cine americano en las que los ejecutivos, antes del almuerzo, han contribuido a convertir ese momento en el de mayor consumo de aceitunas y palillos en la ciudad de los rascacielos.
Personalmente me inclino por el Martini que precede a la caída de la tarde, en ese instante en que los gatos se vuelven locos y no conviene andar desprevenido por las calles. No a las cinco, a la salida del trabajo, cuando, como asegura el novelista Stephen King "los padres de familia americanos toman tres o cuatro Martinis antes de regresar a casa". Me parece un riesgo innecesario, sobre todo si uno vive en Brooklyn y el metro acaba por dejarle a uno en el corazón del Bronx. Allí los gatos sólo tienen dos patas. Tomarse un Martini cuando el sol nos abrasa la cabeza, es condenar el resto del día a la improvisación, arriesgarse a pedirle relaciones a una farola o hacer el indio dándole conversación a la estatua de Gastón Castelló, tras el Mercado.
Vázquez Montalbán lo ha descrito mejor que nadie: "a las once de la mañana beberse un Dry Martini es como pegarle un martillazo al cerebro, lo que puede recetarse a las ocho de la tarde, pero no a una hora en que el cerebro permanece en fase adolescente". Le avalan, en el aserto, tipos distinguidos como el compositor Cole Porter que "se tomaba un Dry Martini doble antes de la cena y, a partir de ahí, no decía una palabra en toda la noche". Una magnifica idea si tenemos en cuenta que sus invitados solían ser Truman Capote, Tennesee Williams y Gore Vidal: tres lenguas como látigos para despellejar colegas. El propio James Bond, con la sabiduría que proporciona el cosmopolitismo, y el espionaje, conocedor de las visitas inoportunas que puede recibir donde quiera que pernocte, aseguraba en "Casino Royal". "yo no tomo más de un Martini antes de la cena; pero me gusta que sea fuerte, frío y abundante". Soy de la misma opinión cuando he tomado el primer Martini al mediodía, pero con respecto a la consistencia, pura y dura, de una buena ducha.

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