Como aún nos queda en casa algo del jamón que compramos en Navidad, me puse muy contenta el otro día después de oír a la presidenta argentina ensalzar las cualidades del cerdo como afrodisíaco afirmando sin empacho que "es mucho más gratificante comerse un cerdito a la parrilla que tomar viagra". Cristina Fernandez, en una comparecencia pública y ante una audiencia en su mayoría masculina, no tuvo pudor en ilustrar al mundo entero de los resultados "óptimos" que lograron ella y su marido, Néstor Kirchner, un fin de semana reciente después de una comilona de cerdo a la parrilla por lo que, rauda y veloz, y ante la duda de que el jamón serrano tenga las mismas propiedades, me fui al súper e hice acopio de un montón de bandejas de costillas y lomos, además de una mortadela y un kilo de manitas, convencida de que, por ser quien es, la presidenta debe contar con asesores bien informados y especialistas en la materia. La cosa hubiera quedado ahí si no fuera porque a los pocos días, Cristina Fernández, posiblemente enardecida por la repercusión internacional de su fogosa intervención, volvió a salir a la palestra para ensalzar, esta vez, la carne de pollo, alegando que no es afrodisíaco "como los cerditos", pero adelgaza, lo que -siguió la presidenta con su delirante hilo argumental- nos hace más libres y -aún fue más allá- hace volar nuestra imaginación, acabando con un "a lo mejor comer pollo nos hace volar también". ¿...? Claro, oyes esto y se te cae el mundo encima. Estas cabecitas no andan bien... pero, a ver, ¿qué hago yo ahora con el frigorífico lleno de bandejas de cerdo?