El pasado día 12 tuvo lugar en Murcia, organizada por Caja Mediterráneo, la presentación de un interesante estudio a cargo del IVIE sobre el Arco Mediterráneo Español (AME). Para mí, fue una oportunidad que me permitió reflexionar sobre el tema tras 18 años que distan desde que el profesor Enrique Fuentes Quintana me encargó la coordinación de un número de Papeles de Economía Española dedicado a este tema. A los muchos especialistas que colaboramos en aquel número (entre ellos dos de los invitados al mencionado acto en Murcia, Alfonso Vegara y Juan Ramón Cuadrado Roura), nos embargaba no poco entusiasmo y optimismo en el momento de llevar a cabo esta investigación. El AME era poco menos que la "columna vertebral" de la economía española. La España que exportaba, crecía diferencialmente, generaba empleo y ofrecía una relevantes expectativas futuras; la España de las potencialidades y las oportunidades... Actualmente, muchas de estas ventajas se han esfumado. Visto desde una perspectiva europea, incluso bastantes sostienen que se han debilitado muchas de las posibilidades de vertebración de un espacio económico sur en Europa que equilibrara su enorme polarización norte-centro.
En mi exposición recordé que uno de los problemas del AME es que carece de una realidad administrativa, incluso de un liderazgo reivindicativo. De aquí su escasa o incluso nula consideración estatal durante estos años. Este puede ser considerado el "nudo gordiano" del AME. Durante estos años, las comunidades autónomas que lo componen han llevado escasísimas políticas de coordinación, incluso de reivindicación global. Más bien, la realidad política y regional española ha generado enfrentamientos (caso del agua) y escasa política de coordinación o colaboración relevante...
El AME obtuvo (por peligro de un estrangulamiento potencial de un corredor turístico de entrada de los visitantes europeos por carretera) la A-7, hoy una de vía de pago que nos sitúa en desventaja con respecto otras zonas del Estado español que poseen este tipo de vías de comunicación sin peaje. Nuestra ventaja inicial ha quedado difuminada en los últimos 20 años. Hemos quedado en la cola de la red que hoy define el Tren de Alta Velocidad en España, y lo mismo podría decirse de los campus de excelencia o la resolución de temas como los del agua, los parques científicos y tecnológicos, etc.
Para el gobierno central el AME no deja de ser una entelequia a la que referirse si no se desea concretar en uno de sus espacios geográficos. Era muy difícil maximizar las ventajas del AME sin una colaboración y coordinación más activa de las comunidades que lo conforman. Y era absolutamente imprescindible que el Estado español tomara al eje mediterráneo como una columna vertebral vital de la economía española en términos de capacidad exportadora, atracción de empresas de la nueva economía, crecimiento y generación de empleo. Pocos espacios están en condiciones de liderar un importante cambio que la economía española necesitaba y necesita. En nuestro país dominan más las políticas geográficamente redistributivas que políticas estratégicas. Y quizás esto no es del todo inteligente a la hora de hacer valer nuestros espacios de mayor referencia internacional en un marco tan exigente como el de la globalización. Este tipo de políticas ha sido la constante en los últimos 20 años con gobiernos de uno y otro signo.
Otro punto importante en el que frecuentemente se falla es en la necesidad de diferenciar los términos de centralidad política y centralidad económica. Los espacios más competitivos del mundo han tendido a una diferenciación clara, algo que constituye todavía una asignatura pendiente en España que tendemos todavía a primar la superposición de ambas. Consecuencia de lo anterior es el hecho de que, hoy, el espacio español se vuelve a parecer más a la estructura radiocéntrica de comunicaciones que describía Perpiñá Grau hace más de medio siglo, que a una oferta de espacios competitivos, unos ecosistemas de innovación que intentan abrirse paso para ser referencia europea y mundial.
Sin duda es importante un planteamiento reivindicativo para equiparar inversiones en infraestructuras y facilidades de comunicación del AME con otros espacios con los que hemos perdido posiciones relativas. Pero, sobre todo, urge su puesta en valor como ecosistema de innovación. La situación actual invitaría a no tirar por la borda otros veinte años...