Y si excluimos los chistes, la imaginación que desplegaba el NoDo, o el "parte" radiofónico de las 14,30 horas, más aburrida que una ostra en la barra de un bar, durante esta cuesta de enero. Los ochenta, en cambio, fueron un desmadre. Extinguido el Movimiento, bastaron cuatro años de Movida, para que las ansias de libertad, pareciesen alcanzar esa temible barrera del libertinaje, que nunca llega y que solo parece habitar en la cabeza de los pusilánimes. Cayeron muchas máscaras, los instintos volvieron a su sitio natural y, en ese "totum revolutum", muchos pecadores cayeron, por fin, en el infierno, al haber consumado una falta y no a causa de transgredir la rígida moral con el solo auxilio del pensamiento.
Tiempos laxos aquellos de los ochenta. Recuerdo que si uno se tomaba una lata de cerveza, apoyado en el quicio de la puerta de un "pub", daba lo mismo que si lo hiciese en la terraza de una lujosa cafetería, sin ser un mal ejemplo para la infancia. Si se fumaba un puro en una boda, el monaguillo no le exorcizaba a golpe de hisopo. Y si en el claustro de profesores, alguien leía el semanario "El jueves", lo hacía con la misma dignidad que si tuviese entre sus manos el "Anti-during". Incluso, decirle a una colega de latín que se la admiraba más por su recio perfil de cuarentona, que por sus conocimientos de Catulo y Horacio, estaba lejos de propiciar un expediente por "acoso" que nos convirtiese, para siempre, en el mudo de los hermanos Marx "per in secula", de cataratas.
Nada que ver con la década que ha inaugurado esta centuria. La tolerancia de los ochenta, nos parece ahora el sueño de Epicuro, durante una noche de verano, debajo de una higuera, junto a su amigo Dionisos. Una resaca. Una leyenda. Y la tesis de "El Gatopardo", aquello de "moveros, moveros, que ahora vendrán las rebajas", parece haberse cumplido, como una ley inexorable. A la tutela del Estado y de la Iglesia por convertirnos en ciudadanos saludables, correctos e impecables, con sutiles consejos y amenazas de no curarnos la cirrosis, o el cáncer de pulmón, si le damos en exceso al Dry Martini o al fumeque; o con mandarnos al hostal de don Pedro Botero, si estamos suscritos al "Playboy", se ha unido parte considerable del pueblo soberano que cuela su voto en las urnas. Y eso sí que comienza ya a dar miedo a los débiles de carácter, que no pueden sacudirse el yugo de los vicios corporales. Si Mario Muchnik, en un artículo reciente, nos recordaba la negativa gubernamental, en Estados Unidos, de ofrecer a un condenado a muerte, la gracia del último cigarrillo, antes de sentarse en la silla eléctrica, por ser malo para la salud; una encuesta de la semana pasada, aseguraba, que más del cincuenta por ciento de nuestra población, está a favor que se prohíba el uso del tabaco en todo tipo de locales públicos. Y lo peor de todo esto, es que hay individuos que comienzan a mirar a los fumadores con los mismos ojos que la ministra González Sinde, debe observar a quien se baje de la red "El Quijote", sin pasar por caja, o se alegre la pupila con la web "rubias macizas".
Malos tiempos para la lírica. Ya lo decía "Makinavaja, el último chorizo" en una historieta de 1986, cuando sus colegas del bar "El pirata", le recriminaban por echar un trago y fumarse un pitillo. "¿Sabei? -sermoneaba el Maki- Sempiesa dejando de fumá pol miedo al canser y sacaba dejando de follá pol miedo al sida. ¿No veí co sestán alienando y traumatisando; os están convirtiendo en peleles, victimas de una presión sosiá planificada para convertiro en burgueses sumisos y amedrentaos? La vida e puto riesgo, cojone. Y desde que se nase, sempiesa a morí ¿Acaso os han ofresio la inmortalidad? ¿Querei renuncia a la última libertá del individuo que e el derecho a escojé su autodestrusión?".
Había que mirar la cara que ponían en aquellas viñetas, el Popeye, el Moro y el Pirata, ante el discurso del Maki. La misma que debe poner mi tía Eduvigis ante este artículo. Y eso que ella vivió muy directamente la década loca de los ochenta. Incluso la de 1880, que también fue de órdago.