La luna en el martini

EL ENVASE TAMBIÉN CUENTA

Mario Martínez Gomis

28-01-2010  
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La opulenta sociedad de consumo, en forma de hamburgueserías, centros comerciales, y contenedores de yogures caducados que hoy conocemos, se reducía a la precoz invención del reciclaje, convirtiendo, con talento, las lentejas con patatas, en patatas con lentejas, antes de transformarlas, milagrosamente, en croquetas de lentejas. Por otro lado, el ajuar de la vida doméstica, vajillas, sartenes y objetos de loza y porcelana, a pesar de los líos conyugales, pasaba casi intacta de padres a hijos, y había hogares en cuyos espejos, a veces, al peinarse uno con brillantina, veía reflejarse, tranquilamente, las sombras de Viriato, o de san Isidoro de Sevilla.
En materia de vasos y cristalería -un asunto que deseo conducir al territorio húmedo que ustedes se imaginan- si excluimos el botijo, hasta que se inventó el envase de leche condensada que podía utilizarse para escanciar el vino, o guardar el cepillo de los dientes con el "perborato", la escasez de utensilios era tan notoria, que solo los voraces lectores de periódicos, podían hacerse con un discreto servicio de copas de vidrio, cambiándolas, por el papel impreso y las gafas del abuelo, en la casa de un trapero, que era como una sucursal cochambrosa de Murano.
Si el vaso de la lechera -o el de los pepinillos en vinagre, que llegó después- servía en los hogares para disolver el "colacao" de los niños que deseaban imitar al negrito del Africa tropical, ablandar los polvorones de las ancianas en el "calisay" o quemar los gaznates de los tipos duros que se empujaban un lingotazo de "soberano", en muchos bares y tabernas, el tema de la vajilla no difería en exceso. Artilugios gregarios, como el "porrón" o la "catalana", ahorró mucha cristalería y mano de obra en los fregaderos de estos establecimientos. Con decir que en Galicia, donde se servía el ribeiro en tazas de loza, éstas se encontraban numeradas para que cada cliente fuese consciente del material que desgastaba cada noche, el lector podrá hacerse una idea de la tosca manera de beber de nuestros antepasados y de lo mucho que se aplaudían en el cine las escenas de bebedores rusos que, tras un trago de vodka, bien tiraban la copa contra el suelo demostrando la buena salud del rublo, bien se la comían, como Yul Brynner, poniendo de relieve la eficacia de la seguridad social soviética en el campo de la medicina interna y la psiquiatría.
El contenido, o sea, el vino con sabor a leche condensada, o el "calisay" con aroma de "profidén" y pepinillo, importó más en aquel país nuestro de cachalotes en vías de extinción, que el fino continente que debía realzar la exquisita pureza de la bebida. Y así nos fue durante muchos años: ignorando la idoneidad de la copa aflautada para conservar las burbujas en el cava o el champagne; la justeza de la copa redonda de cognac para poderla templar con la palma de la mano, o la sofisticada elegancia de la copa cónica de cóctel, con su pie largo para mantener fresca la combinación sin que floreciese la aceituna.
Hoy en día estos detalles, muy relacionados con la elegante etiqueta de la mesa y de la barra, se cuidan lo suyo, y se ha llegado a un punto de extrema gilipollez, con mucho vidrio tallado, diseños de formas imposibles y material luminiscente que consigue que el bebedor se "coloque" antes de echar el primer trago. Se ha pasado de un extremo a otro. Y que yo sepa el asunto principal del continente, en lo que atañe al Dry Martini, continúa sin resolverse. Me refiero a su capacidad. En tiempos de crisis, hemos de volver a la copa de 7,5 cL que usaban los americanos hacia 1930 y que alargaba lo suyo la botella de ginebra. Con los actuales envases de 15 o 20 cL, solo podemos conseguir una cosa: que los intelectuales de PP sigan demoninzando a los "progres", cada vez que van al bar, o que estos últimos se cabreen y aireen, también, las listas de cachalotes que se cargó el Caudillo en su afán depredador. Mal negocio para los conservadores.

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