Tenía diez años, pesaba ochenta kilos y se encontraba en la calle, jugando a carniceros y vendedores de perritos calientes, cuando Bonnie y Clyde salían de asaltar un banco. Atraparon a Gordon e intentaron llevarle como rehén introduciéndole en su Ford T. Pero no hubo manera. Gordon quedó atascado en la portezuela y al arrancar el vehículo de los bandidos, a toda velocidad, salió despedido contra el asfalto. Fue un golpe durísimo para su autoestima. Y para su cabeza, ya que hubieron de coserle veinte puntos.
A partir de ese momento Gordon decidió vengarse de una sociedad que, en lugar de empujarle dentro del Ford T, camino de la fama, se partió las mandíbulas de risa al verle rodar como una pelota, por Central Street, hasta dar en la puerta del señor Grass que tenía una tienda de alimentos para vegetarianos. Optó por inclinarse hacia la senda del mal. Traficó con hamburguesas y cuartos traseros de pollo, y, durante la Ley Seca, se dedicó a pasar de contrabando cientos y cientos de litros de ginebra camuflados en latas de albóndigas, sin vaciarlas previamente. Fue un auténtico malvado, que se bebía de un trago los Dry Martinis de sus amigos, cuando estos se despistaban mirando las piernas a las camareras. Y murió, como cabía esperar, a causa de un atracón. Se había comido varias docenas de bollos rellenos de moras con sirope de arce, cuando entró, pistola en mano, en una farmacia para hacerse con un alijo de bicarbonato, y fue abatido, a tiros, por la policía de Pasthel Rock, que calificó el suceso como el atraco "más gordo" perpetrado, jamás, en la localidad.
Yo siempre he pensado que, afortunadamente, estas cosas ya no pueden repetirse en la actualidad y que la desgracia que se cernió sobre mi familia americana, por culpa de la obesidad, es asunto del pasado. La moda de criar niños orondos, como señal de buena salud y distinción social, ha sido rebatida por la Ciencia y por la desaparición de los padres estraperlistas, hace muchos años. Es más, se ha comenzado a penalizar a los responsables de cebar a sus criaturas, bien por exceso de ingesta, bien por "desamparo", lo cual me parece una técnica más complicada, pero no imposible, a juzgar por lo que leo en los periódicos en torno a un niño gallego. Por otra parte, ya no se celebran en nuestro país aquellas "Ferias del Campo" que, durante el franquismo, premiaban al repollo más gordo, al tractor más amarillo, a la gallina más ponedora. Ya no hay razón, ni estímulo, para atiborrar a nadie. Sobretodo si tenemos en cuenta que se ha demostrado que la excesiva proporción de la barriga -o sea, del perímetro central- aparece como un terrible factor de riesgo cardiovascular que puede conducirnos al infarto, el ictus, o a convertirnos en una bomba cargada de azúcar, triglicéridos y colesterol. Eso, sin contar con el cachondeo que, dicho perímetro central, causa en las playas y piscinas a los presumidos ingenuos que piensan que siempre tendrán la misma cinturita.
Debido a estas razones, estoy completamente de acuerdo con la política sanitaria de control contra la obesidad, y han dejado de preocuparme las criaturas flacas y desnutridas que andan por ahí sacando malas notas en los institutos y colegios. Están más "amparadas" de lo que pensamos. Por el ángel de la guarda, claro. En fin, que o ponemos orden en esta vida de tragaldabas, y vigilamos el peso a todos, y cada uno de los miembros de las familias españolas, poniendo castigos ejemplares, con un carné con puntos y visitas reguladas por parte de la guardia civil a los hogares, o acabamos como mi desgraciado tío Gordon Glober, y su no menos desventurado hijo, Vernon Fatty. Aunque en este país de extremos nunca se sabe. Siempre nos pasamos varios pueblos Y, a lo mejor, se pone de moda la línea del niño con el pijama a rayas.