"¡Caramba -nos decimos con cierta melancolía- sí parece que fue ayer cuando pasamos las paperas, cuando aprendimos la tabla del seis a golpe de reglazos, cuando la tía Eduvigis se carteaba con Cánovas del Castillo!" Y lo bueno, o lo malo, de estos pensamientos es que, a pesar de la pila de años que arrastramos, nos encontramos la mar de bien. Que podríamos abordar a esa rubia despampanante, si el maldito marcapasos no se pusiese a pitar. Que incluso podríamos asistir a la maratón de Nueva York, si ésta se celebrase en el bar del Hotel Astoria. Porque en vísperas de cumplir los 65 años, evidentemente, algo comienza a fallar. Aunque en mi caso, y en el de algunos colegas, la cabeza sea un prodigio de ideas, un torrente inagotable de proyectos, una manera de razonar que ya quisiera para sí un criatura de ocho meses.
Es tanto el entusiasmo que nos invade a las puertas de la jubilación que, para celebrar ese inmediato acontecimiento -y les hablo completamente en serio- hemos acordado pasar las fiestas de San Patricio, el próximo mes de marzo, en Dublín. Y atando los cabos del viaje, entre martini y martini, nos pasamos las tardes de los jueves, estudiando la variedad de cervezas del país, los tipos de pelirroja que albergan los pubs, el día glorioso que nos espera, si podemos viajar hasta la taberna de Cohann, en Innisfree, donde se filmó "El hombre tranquilo" y es probable que, todavía, quede algo del espíritu de Barry Fitzgerald, de Victor McLagen y John Wayne, cantando viejas baladas irlandesas.
Estábamos, precisamente, repasando la geografía del Temple Bar y sus locales, cuando dimos con unas declaraciones de la alcaldesa de Alicante, doña Sonia Castedo, sobre el porvenir político de don Antonio Fernández Valenzuela, que casi nos amarga el día. Y no por afinidades ideológicas. Nuestra primera dama, en este mismo diario, aseguraba que, a partir de cierta edad, para ostentar la vara de la alcaldía ciudadana, no se podía aportar "la fuerza, las ganas y la vitalidad" que requería el cargo. Además matizaba, "una ciudad no se gobierna desde un despacho, hay que patearse las calles y estar en contacto directo con la gente".
Nos quedamos, como vulgarmente se dice, a cuadros. "¿Cuántos años podía tener el señor Moscú?", preguntó uno. "¿Mayor que Fraga?", señaló otro. "¿De la quinta de Alberto Oliart?", manifestó el de más allá. "¿Se habrá quedado sin neuronas?" "¿No puede un alcalde madurito recorrer la ciudad en "papa-móvil" y discutir de impuestos y socavones, con el personal, en una horchateria?" "¿Y Menganito que pasa de los 60, lleva más mili en la política de Madrid que Santiago Carrillo, y aspira, también, a presidir en el Salón Azul?" "¿Todos descartados?" "¿Y nosotros, que demonios será de nosotros? ¿Renunciamos a Dublín y nos vamos a tomar las aguas a Panticosa o, lo que es peor, a Lourdes?"
Lo cierto es que, en un país como el nuestro, donde los mayores de 65 años suman 8,5 millones de habitantes -de electores, quiero añadir- restregarle por los morros a uno del gremio, las indudables virtudes de la juventud, aunque se tenga más razón que una santa, me parece un poco fuerte. Máxime, cuando la vida se pasa como un Marlboro y al darte cuenta te estás fumando la boquilla. No lo sé, pero intuyo que esa moda de la clase política femenina -incluida la señora Castedo- del traje-pantalón con chaquetilla breve, no tiene nada que ver con las esencias hispánicas del "toreo" o la "montería", sino más bien con el síndrome de Peter Pan. Y yo, por el momento, no sé lo que pensará el señor Valenzuela, me apunto al síndrome más guerrero del Carpe Diem.