Ayuda de alto voltaje

Alma de cooperante

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Alma de cooperante
Alma de cooperante 

La vida en países conflictivos narrada por alicantinos en misión solidaria. Congo, Ruanda, Mauritania, Etiopía, Sudán, Somalia, Yemen...Son países en los que realizan tareas humanitarias cooperantes y misioneros alicantinos en un trabajo de alto riesgo. Algunos nos han contado sus vivencias.

por JUANI HERNÁNDEZ La ilicitana Carmen de Nova lleva casi seis meses en Deghabur, en la región somalí de Etiopía, trabajando como matrona con Médicos sin Fronteras. Diplomada en Enfermería Tropical, inició su carrera como cooperante en Ghana, donde estuvo seis meses como enfermera voluntaria, y después vivió seis años en tierras inglesas como enfermera de Urgencias y se especializó en matrona. "Me levanto con el primer rayo de sol -cuenta de su día a día en África-. Cuando salgo con las clínicas móviles llegamos a los poblados después de dos horas de coche a través del desierto, donde la gente no tiene acceso a atención sanitaria. Allí las sonrisas son agradecidas y no puedo explicar con palabras lo que estoy sintiendo al ver a esta gente. Cuando no salimos con la clínica móvil, trabajo en el hospital, que está a 200 metros de nuestro campamento base. Si no hay ningún parto o emergencia me quedo en la clínica prenatal. Vemos unas 20 mujeres embarazadas al día, algunas viven en la ciudad pero otras llegan andando por el desierto". Por la tarde vuelve a la maternidad si hay algún parto difícil. "Me quedo allí hasta las seis de la tarde (ocho hora española), en que tengo que volver al campamento según las normas de seguridad del proyecto".
Para Carmen lo mejor de su misión es "muchísimo. Poder conocer a fondo una cultura y una realidad tan distinta, poder ser partícipe de las vidas de estas mujeres, comprender su mundo, problemas y retos". Lo peor, que el proyecto en el que participa da asistencia sanitaria a una comunidad sumida en un conflicto interno desde hace años. "Las armas, el miedo, el sufrimiento y las consecuencias en sus gentes es lo más difícil. Llevamos un proyecto de desnutrición y salud reproductiva, vemos hambre, miseria, necesidad y convivimos con unas tasas de mortalidad maternoinfantil que distan mucho de lo aceptable. Cuesta aceptar que los cambios son lentos y las necesidades urgentes".
La misión de esta cooperante está próxima a terminar en Etiopía y después se irá al país que le asigne Médicos Sin Fronteras. De Deghabur no olvidará los paseos por el mercado los domingos y caminar hasta el wadi, el cauce seco de un río que dejó aguas subterráneas, de donde los locales recogen agua para sus casas. "Está al lado de un matadero donde a diario se matan camellos y cabras para conseguir la carne que comemos. Es un espectáculo, cientos de camellos y de pájaros tan grandes como hombres, mezclados entre ganaderos, rebaños....El día a día de esta gente me fascina y me asombra".
Alfonso Verdú, natural de Ibi y de 34 años, coordina desde Barcelona los programas de Médicos sin Fronteras para Somalia, Kenia, Uganda, Palestina y Marruecos. Atesora una gran experiencia sobre el terreno en países con un contexto de seguridad complicado como Palestina, Sudán, República Centroafricana, Somalia y Yemen, que fue, el año pasado, su último destino. "Para nosotros la gestión de la seguridad es una prioridad. Intentamos estar donde otras ONG o agentes de Naciones Unidas no llegan, sobre todo medios rurales donde las necesidades no están cubiertas gracias también a que el 90% de nuestros fondos no dependen de los gobiernos", explica. Así, se encargan de distribuir comida o cobijo a la población y atender a los que no tienen acceso a la salud. Aunque cada país tiene sus especificidades, Verdú explica que "nunca utilizamos protección armada para llegar a las poblaciones porque podría poner en riesgo nuestra neutralidad". Y en este contexto, la ONG extiende una amplia red de contactos, desde el director de Naciones Unidas en la zona al jefe de la tribu local. "Nos interesan los pacientes, los civiles, y en ocasiones damos testimonio de situaciones que vemos de enormes violaciones de los derechos humanos o ante la falta de responsabilidades de los diferentes actores, sobre todo los estados". Verdú volvió hace poco de Birmania, donde Médicos Sin Fronteras desarrolla un proyecto contra el sida.
Según su experiencia, Somalia es el país más complicado por el nivel de violencia que sufre, y el único, de un total de 90 países con los que trabajan, del que la ONG sacó a sus cooperantes internacionales tras el asesinato de tres compañeros en 2008. "Ahora trabajamos con personal nacional, 1.500 somalíes apoyándolos desde Kénia. En 40 años de existencia de Médicos Sin Fronteras sólo hemos sufrido dos incidentes críticos, uno el de Somalia y otro el asesinato de cinco cooperantes en Afganistán en 2004". En 2006 Verdú puso en marcha en Killin (Sudán) una clínica para 150.000 personas desasistidas por el conflicto bélico en la región de Darfur. También ha participado en la apertura de un hospital en Mogadiscio, en programas nutricionales o quirúrgicos en República Centroafricana y en un sistema de asistencia médica para refugiados en Yemen.
La alicantina Nuria Gutiérrez ha recorrido dos veces con la ONG En ruta solidaria, de San Javier (Murcia), la carretera en la que fueron secuestrados hace una semana tres cooperantes catalanes en una acción atribuida a la organización Al Qaeda. La última vez que viajó con esta organización que tiene entre sus patrocinadores al Ejército del Aire, y por ello a numerosos militares en el convoy, fue hace dos meses. "Esa carretera es la principal que recorre el país de norte a sur. Cualquier convoy que entre por el paso fronterizo con Marruecos y vaya a la capital, Nouakchott, tiene que pasar por ella, porque es el único camino asfaltado", relata la cooperante, que estuvo 15 días en la zona, cinco de bajada, cinco de subida y cinco de estancia para descargar el material en la capital, en el barrio de Bouhdida, uno de los más deprimidos, donde llevaron cajas con material sanitario reciclado, sillas de ruedas, material escolar, comida, alimentos infantiles...En total unas treinta toneladas.
Tras su segundo desplazamiento a la zona, Nuria Gutiérrez relata que "todo el mundo que baja a Mauritania tiene claro desde el primer viaje que el riesgo de secuestro existe. El rally Dakar se lo llevaron a Argentina y Chile por ese motivo. Aunque lo sepas, piensas que no te va a tocar a ti, que cómo van a hacerle eso a una ONG que les lleva ayuda y que no somos objetivo. Esa carretera -añade- es larguísima y aunque sea la más transitada el tráfico es escaso y todo el mundo que conoce la zona sabe que hay campos de entrenamiento de Al Qaeda en el desierto. El riesgo de secuestro existe. Es fácil, ponen un coche delante del convoy, otro detrás y estás perdido porque a derecha e izquierda sólo hay arena". Pese a saber que puede pasar, la cooperante asegura que no van con miedo. "Mauritania es una zona no recomendada, y la gente que va lo asume".
Maite Martín-Aragón, profesora de Psicología en la Universidad Miguel Hernández de Elche, ha viajado cuatro veces en los tres últimos tres años a Ruanda (la última en septiembre) para participar en proyectos del Centro de Cooperación y Voluntariado de la universidad apoyados por la Generalitat. Los dos primeros viajes fueron para desarrollar programas de formación de médicos y enfermeras ruandesas en salud mental, y los dos últimos para trabajar con mujeres víctimas de las violaciones que tuvieron lugar hace 15 años durante el genocidio y los enfrentamientos entre hutus y tutsis.
Esta profesora suele ir con el director del Centro de Cooperación, Mariano Pérez Arroyo, quien ha volado esta semana de nuevo a Ruanda. "La primera vez fue impactante, todo era nuevo y muy interesante. Ahora cuando vuelvo es como si fuera mi otra casa, allí me siento muy cómoda. Te enriquece, se aprende a relativizar las cosas, a no creerte más que nadie, sólo un igual", relata tras recordar que en Ruanda los desplazamientos de los pacientes a los hospitales se hacen en "Inwobis" o camillas de paja, y son los vecinos los que se organizan para hacer los traslados.
En el país africano trabaja con una organización ruandesa de la que forman parte médicos y psicólogos que hacen terapia con las mujeres desde un nivel básico y están ayudando a reelaborar los materiales que utilizan para mejorarlos. "El drama que vivió Ruanda fue de gran alcance, hubo millones de afectados y no hay una sola persona con la que hables que no conozca o haya vivido en sus propias carnes esa barbaridad. Nadie quiere repetirlo".
Como psicóloga, en Ruanda ha descubierto un ámbito diferente al docente. "Tenía interés en trabajar con las mujeres y en el tema del duelo y el estrés postraumático, cómo se vive en otra cultura y otro continente, y las similitudes que hay". Porque, afirma, no existen grandes diferencias en los sentimientos básicos: "el amor y la preocupación de los padres hacia los hijos es el mismo". De África destaca que el estrés no existe, ni la prisa y la urgencia, porque el concepto del tiempo es distinto. Y hay una gran creatividad. "Con nada inventan un juguete o una herramienta. El reciclaje está más desarrollado y también la capacidad de resolver problemas cotidianos, por pura necesidad. Inventan para sobrevivir. En los mercadillos ves que hasta los barreños de plástico los cosen". A sus hijos, de 10 y 14 años, les trae juguetes hechos por los niños de allí, que les sorprenden. "Me dicen que quieren venirse conmigo".
En marzo tiene previsto volver a Ruanda. "Me da mucha confianza ir con Mariano Pérez Arroyo, que lleva 15 años viajando. Nunca he sentido miedo ni preocupación".
Pepe Moya, de Médicos sin Fronteras y economista, ha hecho de la cooperación su medio de vida. En 2007 decidió dejar su trabajo en Elda y formarse en lo que le apasionaba. Estuvo un año como coordinador financiero y administrativo de su ONG en República Centroafricana, regresó y hace un año le enviaron al Congo como coordinador de Recursos Humanos. Su labor, seguir sobre el terreno al personal, desde el jefe de misión hasta el celador de hospital o el guardia de farmacia, para comprobar que el perfil de cada trabajador se corresponde a su puesto. También se encargaba de garantizar que la ONG cumplía la legislación en cuanto a contratos de trabajo o de alquileres. "Congo tiene una legislación caótica con múltiples textos legales en vigor. La base de ley es la belga de los años 60 a la que han ido añadiendo parches, y las ONG estamos obligados a cumplirla porque las autoridades nos siguen la pista para multarnos".
Moya, que acaba de terminar su misión, estaba en Bukavu, capital de provincia del Sur Kivu, en la frontera con Ruanda. "La situación en los Kivus es bastante inestable y caótica desde hace 15 años, cuando tuvo lugar el genocidio ruandés. Cuando éste acabo, la mayoría de los hutus perseguidos huyeron a Congo, a los Kivus, y desde entonces los conflictos armados se repiten sin cesar en diferentes partes. Miles de rebeldes hutus y congoleses viven escondidos en la jungla. La población es la que paga las consecuencias de los enfrentamientos y la presencia de ayuda internacional es básica para mitigar en parte el sufrimiento que conlleva el desplazamiento de la población, la falta de accesos a puestos de salud, las epidemias, la violencia sexual, los pillajes o el hambre". De su estancia, lo peor fue "verme amenazado de muerte por ser la cabeza visible de los procesos de selección de personal o el encargado de comunicar las no renovaciones de contratos. En un contexto como Congo el tener o no trabajo con una ONG puede significar el poder alimentar o no a la familia". Sin embargo, se considera un "privilegiado" de poder participar en proyectos de ayuda a la población sobre el terreno. Así, recuerda el caso de una joven herida de bala y sentenciada por los médicos con la que viajaron nueve horas en coche hasta el hospital de Bukavu, y se pudo salvar. Este cooperante está ahora en Dublín aprendiendo inglés para poder viajar a misiones en contextos diferentes de los francófonos, y "en un futuro estudiar swahili o árabe. Pasaré la Navidad en Elda pero tengo muchas ganas de volver al terreno".
Dos parejas de Elche, Josefa Lledó y Paco Martínez, y David Villalobos y Susi Segarra, han estado dos años y medio en la República del Congo como laicos misioneros de la congregación religiosa de la Consolata. Los cuatro tomaron una excedencia en sus trabajos y se marcharon. "Es una inquietud que uno lleva dentro y va madurando. Nuestros tiempos coincidieron, dejamos los trabajos y salimos a una realidad que no sabíamos muy bien cual podía ser, quizá la explicación está desde la fe". Tras un camino formativo de tres años, pasaron a vivir en África como misioneros, sin salario pero con los gastos mínimos cubiertos. "Para los cuatro (que empezaron su experiencia en Kinsasa aprendiendo francés con un profesor local) ha sido muy positivo, aunque fue difícil adaptarse a una realidad nueva y tan diferente, con mucho que aprender, ideas preconcebidas y prejuicios que desmontar. A nivel personal lo más enriquecedor fue el contacto con la gente", explica Josefa Lledó, de 38 años. Ella y su marido Paco, de 40, pasaron su primer año en Congo viajando de una misión a otra en la zona norte. "Él es informático y tiene conocimientos de electricidad. Íbamos por las misiones para hacer de todo, desde arreglar la antena de la radio comunitaria a revisar aparatos de electricidad, ecógrafos, aparatos de análisis del hematocrito en los hospitales, motores, conexiones a internet...Yo apoyaba con temas administrativos y de contabilidad".
El segundo año esta pareja se fue a Neisu, un poblado en la zona oriental, al Hospital de Notre Dame de la Consolata a colaborar en un proyecto de sensibilización y mejora de la atención sanitaria a enfermos de sida, precisa Josefa.
Susi y David se marcharon a Isiro, al noreste de Congo. Ella para trabajar en el centro nutricional de la misión y en el jardín de infancia, donde había 250 niños, y él como responsable de la casa de estudios universitarios, con 20 estudiantes internos y 75 externos preparándose para luego seguir enseñando. Esa casa, relata Josefa, "es la única con servicio de electricidad por las tardes en la zona, con biblioteca para ir a estudiar, con libros, vídeos y ordenadores a disposición de los alumnos".
Durante su labor en Congo el país se sumió en problemas políticos entre el presidente y un vicepresidente. "Hace dos años hubo bombardeos en Kinsasa, y un obús se empotró contra la embajada española. Susi y David estaban allí en ese momento. Y a 200 kilómetros de donde vivíamos nosotros, en la zona norte, la milicia ugandesa atacó a los pobladores congoleses, con el consiguiente peligro para la población local y los numerosos desplazados". Opina que siempre existe riesgo en una zona de conflicto pero para un extranjero, menos. "La embajada española en Congo nos cuida mucho. Nos da mensajes, nos llaman por teléfono y sabes que dentro del riesgo, si ocurre algo, te sacarán de allí. Esto no lo vive igual la población local, para ellos dejar la casa o el campo es quedarse sin recursos. El coste no es el mismo".

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