Cada vez que oigo lo de "vamos a hacer algo el fin de semana para no perder el tiempo tumbados en el sofá" me entran sarpullidos. ¿Por qué hay tanta gente convencida de que para aprovechar los días de fiesta hay que subir montes, corretear por la playa, comer fuera de casa o acabar perjudicado después de una noche de marcha? ¿Qué hay de malo en no hacer nada? ¿Por qué está tan mal visto pasar el domingo del sofá a la cama y de la cama al sofá? Algunos de mis amigos llevan una eternidad intentando convencerme de las bondades del senderismo. Los oyes hablar del gusto que da levantarse a las siete de la mañana, triscar entre piedras y ortigas y acabar con una comida cuya sobremesa se prolonga hasta las seis de la tarde, y tú ya te imaginas pegándote el madrugón, echando la hiel subiendo montes con un frío que pela y sufriendo una tarde interminable intentando no dormirte encima del cuarto café. Y al día siguiente a trabajar. En el otro lado de la balanza está desayunar chocolate con churros en la cama, levantarte a las doce, leer los periódicos, ir a la pollería, dormir la siesta y ver una peli o leer un rato en horizontal. No hay color. Entonces, ¿por qué tanto desprecio a los que defendemos los beneficios del descanso mientras que los hiperactivos tienen tan buena prensa? ¿cómo convenzo a los míos de que adoro perder el fin de semana entre libros y series de la Fox? Menos mal que vagos, somos muchos. Me decía el otro día uno de ellos, harto de trabajar durante toda la semana, que en la cárcel no se debe estar tan mal, y lo peor es que yo lo entendía. Te ponen y te quitan la comida, no haces nada si no quieres, tienes horas y horas para leer y nadie te obliga a pasar el día en un parque temático. Sueños aparte, ya es hora de que los que somos de natural un poco perro recibamos algo de reconocimiento y respeto, que nosotros no obligamos a los demás a tumbarse y sin embargo, ellos no paran de amenazar con la necesidad de "hacer algo" cada vez que se juntan dos días de fiesta seguidos.