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HEMEROTECA » |
POR GERARDO MUÑOZ LORENTE El destierro masivo de los moriscos valencianos en 1609 no fue como consecuencia de una decisión repentina, precipitada o irreflexiva. Muy al contrario, la idea de la expulsión estuvo en mente de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas españolas desde mucho antes.
Una cuestión controvertida
Aunque en la Corte hubo deliberaciones anteriores, la primera propuesta seria de expulsión de los moriscos que se debatió en el seno del Gobierno español fue en 1582. Se le planteó la idea a Felipe II, pero los inconvenientes argüidos por la nobleza valenciana y los prelados convencieron al monarca de que lo prudente era descartarla por el momento. Los inconvenientes aducidos por la nobleza valenciana eran meramente económicos: la expulsión de los cristianos nuevos supondría un grave perjuicio para los señoríos al dejar de percibirse los tributos que pagaban; mientras que los inconvenientes expuestos por los prelados eran, además de económicos (condenaría a la pobreza a las iglesias y monasterios que se hallaban en tierra morisca), teológicos: la entrega de los moriscos al Islam supondría la condenación definitiva y eterna de miles de almas. En 1595 Felipe II retomó la idea de la expulsión, impulsado por el fracaso de las campañas evangelizadoras, el frecuente hostigamiento de los piratas berberiscos y las tramas conspirativas que evidenciaban la complicidad de los moriscos más rebeldes con el enemigo exterior. Sin embargo, aunque se reunió con sus consejeros para deliberar sobre el asunto, Felipe II no llegó a tomar ninguna decisión, muriendo tres años después.
La postura de la Iglesia
Aquella primera propuesta seria de expulsión que llegó a plantearse Felipe II en 1582 contaba con el apoyo de Juan de Ribera, arzobispo de Valencia y Patriarca de Antioquia, partidario además de que fueran los moriscos valencianos los primeros en ser desterrados. A los 36 años de edad, siendo obispo de Badajoz, Juan de Ribera fue elegido por el rey arzobispo de Valencia, adonde llegó para ocupar dicho cargo el 20 de marzo de 1569. Desde el primer momento impulsó las campañas de evangelización de los cristianos nuevos, invirtiendo mucho dinero y esfuerzo; pero, en 1599, los sucesivos fracasos de aquellas campañas le convencieron de que la expulsión era la única y mejor manera de acabar con el conflicto, pese a las consecuencias religiosas y económicas negativas que tal hecho acarrearía. Y su opinión cobró aún más peso en 1603 y 1604, cuando acumuló el cargo de virrey con el de arzobispo de Valencia. Celebró la publicación del bando en el que se decretaba la expulsión de los moriscos con un tedeum en la catedral. Murió el 6 de enero de 1611 y fue beatificado en 1796. Como Ribera, hubo otros eclesiásticos a favor de la expulsión de los moriscos, pero no eran mayoría. De hecho, la opinión de Ribera no fue compartida por los obispos sufragáneos de Valencia, Orihuela y Segorbe, que preferían continuar pacientemente con las campañas evangelizadoras, mejorando las condiciones económicas y formativas de los párrocos. La idea, por tanto, de la expulsión no partió de la Iglesia, aunque contase con el decidido apoyo de eclesiásticos tan importantes como Juan de Ribera. Con aquella decisión, el clero en general tenía poco que ganar y mucho que perder. Incluso el inquisidor general, el cardenal Niño de Guevara, se manifestó en contra por las mismas razones económicas y teológicas que fueron expuestas años atrás a Felipe II: resultaba contrario a la piedad, incluso cruel, permitir que el Islam arrebatase definitivamente tantas almas de golpe a la Iglesia católica, pues aunque renuentes, eran al fin de personas cristianas, por estar bautizadas. Durante esta controversia la Santa Sede mantuvo una postura neutral: ni apoyó la expulsión, ni se opuso a ella, mostrando así la misma indiferencia con que había observado el problema morisco en España. Cuando en 1604 las Cortes debatieron el asunto y varios prelados acudieron al papa Paulo V para consultarle, éste se limitó a ordenar una reunión de los obispos que tenían moriscos en sus respectivas jurisdicciones para que acordaran lo más conveniente, al mismo tiempo que escribía sendas cartas a dichos obispos y a Felipe III exhortándoles a que empleasen los medios más suaves y adecuados para catequizar y convertir definitivamente a los moriscos.
La decisión
Desde que sucediera a su padre en el trono, en 1598, Felipe III estuvo vacilando sobre la conveniencia o no de expulsar a los moriscos. A finales de 1607 se valoraba todavía en la Corte la posibilidad de organizar nuevas campañas de evangelización; sin embargo, muy poco después, el 30 de enero de 1608, el Consejo de Estado en reunión plenaria decidió el extrañamiento de los moriscos. Francisco Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma y valido de Felipe III, presidió esta reunión. Hasta entonces se había mostrado en contra de la expulsión, pero precisamente su cambio de opinión propició que esta vez se aprobara por unanimidad, pues los que apenas dos meses antes habían votado en contra, ahora se plegaban a la nueva voluntad del todopoderoso valido. Una de las razones que con seguridad explicaba este cambio de parecer en el marqués de Denia fue la aprobación por el Consejo de un resarcimiento a los señores valencianos por las pérdidas económicas que iban a padecer debido a la expulsión de sus vasallos. La solución consistía en devolver a los señores íntegramente sus derechos sobre sus haciendas: "a los dueños de vasallos se les debe consolar mucho y hacerles merced de los bienes muebles y raíces de los mismos vasallos en recompensa de la pérdida que tendrán", con la posibilidad además de aumentar su rentabilidad tras entregárselas a los nuevos pobladores. No obstante, esta decisión del Consejo de Estado quedó en suspenso durante más de un año; pues no fue hasta el 4 de abril de 1609 que volvió a reunirse este órgano político para ratificar tal decisión y decidir algunos detalles, como que fueran los moriscos valencianos los primeros en ser expulsados. Cinco días después, la decisión fue confirmada por el rey. Pero, ¿a qué fue debida aquella demora de más de catorce meses? Muy probablemente, a las dudas que aún debía de tener Felipe III.
Íntimos coloquios
La decisión final y definitiva de expulsar a los moriscos fue tomada por Felipe III luego de sopesar y valorar largamente las ventajas e inconvenientes que le expusieron sus consejeros más cercanos, casi siempre en coloquios íntimos que no han dejado huella en las crónicas ni en los archivos. Por consiguiente, no se conocen con seguridad las razones que decidieron finalmente al monarca a inclinarse por tan drástica solución. Dos eran las personas que más influencia tenían a la sazón en el ánimo de Felipe III: la reina Margarita, su esposa, y el duque de Lerma, su valido; y dos fueron las razones principales que determinaron la decisión real: las religiosas y las políticas.
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