Tras meses resistiéndome, el otro día llevé el coche a la ITV. Huelga decir que era la primera vez que me encontraba en un trance similar. Hasta ahora, y pese a que tengo coche desde la intemerata, había logrado escaquearme, pero mi pareja se ha rebelado argumentando que, ya que él hace la paella los domingos, bien puedo yo encargarme de mi coche, lo que incluye marrones de tal calibre como lavarlo, recargar de líquido el limpiaparabrisas y llevarlo al taller. Nada, sin embargo, comparable con lo de la ITV. A riesgo de que las feministas se me echen encima, creo que debe haber algo genético en muchas mujeres que nos impide pasar por ese trago con dignidad, cuestión que la mayoría de mis compañeras de sexo deben tener claro porque, casualidad o no, el día que fui todo lo que había allí eran hombres. Ni una sola pringada más que yo en la cola. En esas circunstancias, una, para empezar, se siente medio tonta... ¿Soy la única incapaz de convencer a su marido de que se enrolle con lo del coche? ¿Esto es la igualdad? ¿Realmente la paella lo compensa? Empiezo por decir que la cosa terminó bien, pero antes tuve que soportar la condescendencia del técnico que me tocó en suerte; una condescendencia merecida, he de reconocer, porque fui incapaz de encontrar la palanca que abre el capó; confesé que no tenía ni idea de cómo encender las luces de niebla intentando hacérmelo perdonar con la excusa de que en Alicante no hay niebla casi nunca; tuvo que aclararme que para encender los cuatro intermitentes al mismo tiempo tenía que pulsar el botón de avería y buscó él mismo el gato porque yo no tengo ni idea de en qué vericueto del portaequipajes se esconde. Vale. Soy un desastre con el coche, pero ¿es porque soy una mujer? ¿a todas nos importa un pito el deflector? y además, ¿a que no todos los hombres saben cambiar una rueda? De todas formas, aseguro a mis congéneres que, para no contribuir al sambenito del "mujer tenía que ser", me prepararé para no volver a hacer el ridículo dentro de dos años... Eso, si de aquí a entonces no logro convencer a mi mozo de que vaya él, claro.