En mi casa siempre hemos sido culés. Hablo de la casa de mis padres, donde los domingos, si daban al Barça por la tele, no había quien se perdiera el partido, con lo que yo crecí, como es normal, odiando a los merengues y convirtiendo cada derbi en una cuestión de honor. ¿Por qué nos cuenta ésta su vida ahora? se preguntarán ustedes. Es que desde hace unos años tengo un problema: mi crío es del Real Madrid. Será por los amigos del cole o por algún gen distraído, lo que con cinco años pareció una excentricidad, se ha ido convirtiendo en parte de la personalidad del chaval, y ahora, con once años, ya no hay quien lo arregle, ¿qué puedo hacer? Dado que su padre bastante desgracia tiene con ser del Betis, la única que puede imponer un poco de cordura en mi casa soy yo, con el inestimable apoyo de mi madre a la que sus ochenta años no le impiden ejercer de hooligan desde el sofá cuando juegan los de Guardiola. El caso es que, conforme el niño crece, se toma peor lo de su equipo, y me preocupa que cosas como lo del Alcorcón le minen la moral y la autoestima. Además, cada vez que gana el Barça, (vamos, casi siempre), se rebota contra mí como si fuera yo quien contrató a Messi o quien hubiera lesionado a Cristiano, de forma que poco a poco me he notado algo que es para hacérselo ver. Sigo queriendo que gane el Barcelona, pero también quiero que gane el Madrid. El otro día, por ejemplo, me descubrí alegrándome con los goles de los blancos ante el Atlético. Y no lo hice por hacer; es que me salió. Y el martes, pese a la natural simpatía ante el débil y a la natural antipatía hacia el Madrid, me dolió el alcorconazo como si les hubiera pasado a los míos. Y es que el amor de madre puede con todo y no hay quien resista impasible el sufrimiento de un hijo. Así que aquí estoy, incapaz, como dice mi madre, de disfrutar ya con el fútbol, temiendo el partido del día 29 porque, gane quien gane, yo pierdo, y medio esquizoide porque, como todo el mundo sabe, es imposible ser del Barça y del Madrid a la vez y no estar loco.