Reportaje. LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS EN LA PROVINCIA DE ALICANTE (IX)

Conspiraciones frustradas

Moriscos fugitivos formaron peligrosas bandas que asaltaban a los residentes en las aldeas y a quienes circulaban por los caminos más recónditos

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Conspiraciones frustradas
Conspiraciones frustradas 

POR GERARDO MUÑOZ LORENTE Más inadvertidos que los moriscos dedicados al bandolerismo eran algunos de aquellos cristianos nuevos granadinos que llegaron a tierras alicantinas tras la liberación en las Alpujarras y se dedicaban efectivamente a la conspiración. Se conoce el nombre de uno de estos encargados de reavivar la resistencia morisca en el valle del Vinalopó, presunto enlace con sus aliados del norte de África: Martín Chiquillo.

Esta agitación de ánimos entre los moriscos tenía su reflejo en sus vecinos cristianos viejos, que los miraban con recelo. Un recelo que se convirtió en miedo en ciertos lugares y momentos, y después incluso en odio. Así, en 1606, el miedo a una revuelta morisca provocó que el Consell de la villa de Elche decidiese tapiar las puertas que comunicaban con la aljama "porque es cosa muy peligrosa que los moriscos puedan entrar en el arrabal de los christianos", ya que "los muchos lugares de moriscos que hay sircunvesinos, que sin ser sentidos pueden juntar quatro mil hombres dentro de dicha villa".

La milagrosa paliza

La intolerancia y el odio llevaban muchas veces a los cristianos viejos a escarmentar a los moriscos que vivían entre ellos y que se mostraban irrespetuosos, o simplemente indiferentes, ante los ritos católicos. Un ejemplo de esto lo hallamos en Castell de Guadalest donde, según la tradición, un morisco fue apaleado milagrosamente por burlarse, al parecer, de una imagen de san José en 1599.

En aquella época los escasos cristianos de Castell de Guadalest vivían dentro de la fortaleza, mientras que el arrabal o aljama y las alquerías de los alrededores eran mayoritariamente moriscos.

La ermita del castillo y su retablo (donde estaba el lienzo de san José) desaparecieron en 1708 al explotar una mina. Treinta y seis años más tarde, para que no se olvidara el testimonio del milagro realizado por aquella figura del santo, se efectuó una Sumaria información de testigos. Gracias a este documento se sabe que "por los años de 1599 por el mes de noviembre, teniendo un moro en casa, D. Pedro de Orduña (É) lo embiava (É) todos los días a componer la lámpara del Santo (É) y como el mencionado moro, iva violentado, no pudiendo vengarse en otro, hacía al Santo diferentes burlas y mofas, y la santa Imagen no pudiendo tolerar semejantes desvergüenzas, le dio de palos con el báculo que desde entonces se mantuvo levantado, dexandolo bastante molido y enfermo". Y es que la figura del santo, que hasta entonces aparecía en el lienzo sosteniendo un cirio, a partir del hecho milagroso mostraba un bastón levantado en ademán amenazante.

Al margen de quién dio realmente la paliza al morisco (mano de santo, según la tradición), llama la atención que en el documento en cuestión se utilice siempre el sustantivo moro para referirse a aquel desdichado criado de Pedro de Orduña. El hecho de que se emplee esta palabra, moro, en vez de cristiano nuevo, o siquiera morisco, evidencia el grado de animadversión que sentían los cristianos viejos por sus vecinos conversos.

Entre 1602 y 1604 se urdieron dos conspiraciones contra la Corona española en las que supuestamente estaban interesados los reyes de Francia e Inglaterra, además del pachá de Argel y los moriscos de Aragón y Valencia.

Las tramas de ambas conspiraciones se conocen gracias a las Memorias del duque de la Force, gobernador de Bearne, y han sido muy bien resumidas por Antonio Domínguez y Bernard Vincent en su libro titulado Historia de los moriscos. Vida y tragedia de una minoría.

Pascual de Santisteban

La figura central de la primera conspiración era Pascual de Santisteban, natural de San Juan de Pie de Puerto, en la frontera francoespañola, servidor a la sazón del gobernador La Force. Mandó éste a Santisteban a Valencia para que (por mediación de un vasco francés residente en Alacuás, Martín de Iriondo) se reuniese con cinco cabecillas moriscos que planeaban una sublevación. Uno de ellos era Miguel de Alamín, que fue enviado a París con un memorial para Enrique IV en el que, además de quejarse de la Inquisición, aseguraba que el reino de Valencia se hallaba indefenso, por contar con una única fortaleza con guarnición: el castillo de Bernia, en la actual provincia alicantina. "El levantamiento podría prepararse con todo secreto porque en los pueblos de moriscos solo había dos o tres cristianos, que ejercían los cargos de autoridad. Si se presentaba una flota francesa en Denia y se le suministraba armamento, ellos podrían aportar sesenta mil hombres y la caída de Valencia sería segura. Los moriscos de Aragón podrían proporcionar 40.000 hombres; en los demás reinos la intervención francesa encontraría también el apoyo de protestantes, judíos y aun el de muchos cristianos descontentos".

Por otra parte, La Force sugería un ataque simultáneo de la Armada inglesa contra La Coruña.

Antiguo pretendiente del trono español, Enrique IV de Francia sentía un profundo odio hacia Felipe III. De ahí que la idea de utilizar a los moriscos para derrotar al monarca español debió de parecerle interesante. Aunque no tan tentadora como para precipitarse. Seguramente su natural desconfianza ante un plan tan audaz y sencillo le hizo esperar hasta ver si la reina de Inglaterra aceptaba participar en el mismo.

Precisamente con esta misión llegó Santisteban a Londres: la de presentar el plan a la reina Isabel y convencerla para que participara con su Armada. Pero la reina murió poco después, en marzo de 1603, y su sucesor, Jacobo I, firmó la paz con España, acabando así con la esperanza de una cooperación inglesa en el plan de La Force. A mayor abundamiento, como prenda de amistad el rey inglés envió a Madrid la documentación presentada por Santisteban, en la que aparecían todos los detalles del plan, desde los tratos con los moriscos valencianos hasta la intención de buscar el apoyo de los protestantes suizos.

Como consecuencia de ello, todos los moriscos valencianos involucrados en aquella intentona fueron detenidos y encarcelados.

El morisco Miguel de Alamín no fue detenido en aquella ocasión. Se libró porque se encontraba todavía en Francia. En diciembre de 1604 regresó por fin a España acompañado por un enviado de La Force, Mr. de Panissault, que se dirigió a Valencia disfrazado de comerciante. En la aldea de Toga asistieron a una reunión en la que participaron 66 representantes de los moriscos y diez argelinos, enviados por Ramadán, pachá de Argel.

Según escriben Domínguez y Vincent, "allí fue elegido caudillo Luis Asquer, morisco de Alacuás, ´muy valido del duque del Infantado´ (É). El plan consistía en efectuar un levantamiento el día del Jueves Santo de 1605; diez mil moriscos, ayudados por los franceses residentes en Valencia, incendiarían los monumentos de las iglesias y a favor de la confusión se apoderarían de la capital. Premisa indispensable era la llegada al Grao de cuatro navíos franceses portando trigo, pero cuya verdadera misión sería suministrar armas a los conjurados. La ciudad sería saqueada, y el botín sería tan copioso que La Force podría recibir una espléndida comisión de 120.000 ducados. A la caída de la capital seguiría la de todo el reino valenciano, y después la de toda España. Panissault regresó muy contento con estas noticias, pero, por delación de uno de los comprometidos, fueron presos varios de los conjurados; sometidos a tormento lo confesaron todo y fueron ejecutados". Uno de ellos fue Luis Asquer; otro debió de ser Miguel de Alamín.

Pero, ¿era real el peligro que entrañaban estas conspiraciones? Desde luego entre los moriscos abundaban los exaltados, los que estaban dispuestos a rebelarse si llegaba a contarse con el apoyo necesario del exterior. Pero no es probable que fueran tantos como esperaban los conspiradores. Ciertamente eran celebradas las derrotas militares españolas por muchos moriscos, especialmente si se debían a la acción de sus correligionarios; también los desembarcos berberiscos en la costa levantina representaban un hálito de esperanza para los moriscos más desesperados. Pero eso no quiere decir que estuvieran decididos a coger las pocas armas de que disponían y enfrentarse a un ejército muy superior en número y preparación. Ni siquiera lo hicieron en apoyo de sus hermanos granadinos, cuando éstos sostenían una lucha encarnizada.

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