Reportaje. LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS EN LA PROVINCIA DE ALICANTE (VIII)

Bandolerismo morisco

Moriscos fugitivos formaron peligrosas bandas que asaltaban en las aldeas y los caminos más recónditos al huir armados hacia el reino de Valencia tras la rebelión en las Alpujarras

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Bandolerismo morisco
Bandolerismo morisco 

POR GERARDO MUÑOZ LORENTE Los ataques berberiscos a la costa española (con mayor intensidad a las alicantinas) ponían de manifiesto la estrecha relación existente entre los moriscos y sus correligionarios norteafricanos. Y esto preocupaba, y mucho, a la Corona, pues durante un tiempo coincidieron con la revitalización de la guerra contra los turcos. Una gran ofensiva otomana se inició en 1551, cinco años antes de que Felipe II sucediera a su padre en el trono español, decidido a poner freno tanto al avance turco como a los ataques berberiscos.
Para Felipe II era evidente que los moriscos mantenían correspondencia con el enemigo turco, a través de Argelia y desde el litoral alicantino. Un ejemplo de ello se le presentó al rey prudente en el ya mencionado memorial de 1560 que le entregó la Inquisición, y en el que se lee: "Se sabe por una ynformacion de muchos testigos hecha en Alcoy que havia concierto del turco con los moriscos deste Reyno para venir a Hespaña a concertar [enfrentar] el Alcoran con el Evangelio y para que en dando aviso los moriscos se alçazen".

Desarme
Preocupadas ante la posibilidad de una rebelión armada de los moriscos valencianos, varias veces decidieron las autoridades desarmar a esta población sospechosa de deslealtad. En 1525, 1541, 1545 y 1561 no llegó a verificarse este desarme debido sobre todo a la oposición de los señores; hasta que en 1563 por fin se realizó con la mediación de éstos.
La real pragmática firmada por Felipe II el 19 de enero de 1563 prohibió a todos los cristianos nuevos del reino de Valencia poseer o portar armas bajo pena de requisa de las mismas, galeras a perpetuidad, confiscación de las viviendas y hasta la pena capital. Como en ocasiones anteriores, los señores valencianos se opusieron a esta medida, pero ante la firmeza real no tuvieron más remedio que aceptarla, instando a sus vasallos moriscos a que entregaran todo tipo de armas y utensilios considerados como tales.
La requisa se llevó a efecto el lunes 8 de febrero y al mismo tiempo en los 415 lugares donde vivían los moriscos, registrándose un total de 16.377 casas. No hubo incidentes, pero los moriscos valencianos quedaron muy indignados. Aquella nueva humillación agravaba el sentimiento de agravio que sentían por las campañas evangelizadoras y los altos tributos.
Más tarde fueron desarmados los cristianos nuevos de Aragón.

Rebelión en Las Alpujarras
El malestar de los moriscos se manifestó de manera violenta en las Alpujarras, donde a finales de 1568 comenzó una sublevación que no sería sofocada hasta 1570.
Esta rebelión fue seguida con mucho interés por los cristianos nuevos de toda España, que vivieron con esperanza, decepción y angustia el devenir de sus hermanos granadinos.
Para evitar que la sublevación alpujarreña se extendiera a otros territorios, la Corona ordenó que se tomaran medidas disuasorias, movilizando las tropas guarnecidas en los reinos de Murcia, Valencia, Castilla y Aragón. Pero no se tomaron idénticas medidas con los cristianos viejos de estos mismos territorios, pues no fueron pocos los que marcharon hasta el lugar del conflicto con el objetivo de aprovechar la revuelta, saqueando y capturando esclavos.

De Granada a Valencia
Algunos cristianos viejos del reino de Valencia se dedicaron a hacer razias durante la rebelión en Granada, saqueando aljamas y capturando moriscos, que luego vendían aquí como esclavos. Consciente de ello, el virrey valenciano, Juan Alfonso Pimentel, conde de Benavente, ordenó a sus comisarios el 14 de abril de 1569 que hicieran un inventario de todos los moriscos procedentes de Granada que habían sido traídos, pero permitiendo que quedaran en poder de los amos que los habían comprado. Y es que en el ánimo del conde de Benavente no estaba el conocer y controlar la situación de estos desafortunados moriscos de Granada para oponerse a su comercio, al tráfico esclavista, sino más bien para todo lo contrario: sacar provecho del mismo y proteger los derechos de quienes se dedicaban al mismo, muchos de ellos oficiales suyos, como cuando ordenó que se le pagaran 554 libras a Guillem Ramón de Blanes, el 21 de mayo de 1569.
Pero esta tolerancia desapareció cuando la abundancia de esclavos granadinos se convirtió en un peligro. Así, el 17 de agosto de 1569 el virrey ordenó que no fuera traído al reino de Valencia ningún esclavo morisco más procedente de Granada.

Bandolerismo morisco
Y es que muchos de estos esclavos se fugaban para unirse a otros muchos paisanos que venían huyendo y armados, formando peligrosas bandas que asaltaban en las aldeas y los caminos más recónditos. En mayo de aquel año de 1569 fueron detenidos en el valle de Ayora algunos de estos bandoleros moriscos, trasladados luego a las cárceles de Valencia. Y lo mismo ocurrió con otro morisco granadino, que se había refugiado en Guadalest con armas y una buena colección de joyas.
El virrey Pimentel mandó comisarios por todo el reino con la orden de capturar estos moriscos armados "los quals fan molt gran mal en lo regne"; pero, naturalmente, éstos se resistían a ser capturados, participando en cuantas revueltas y conspiraciones podían: "Van movent revolucions y fraudes per lo present regne", según se lee en uno de los documentos de la cancillería del virrey.
Gracias precisamente a estos documentos sabemos que durante los primeros meses de 1570 aumentó la emigración de los moriscos granadinos hacia Valencia, muchos de los cuales fueron cautivados y vendidos como esclavos, siendo también moriscos algunos de sus compradores: "A pesar de la prohibició, molts moriscos y algunes universitats de lochs y poblacions de moriscos, haurien comprat e en altre manera per vies illicites y no permeses, hagut catius del moriscos del regne de Granada", sin duda con la idea de liberarles de la esclavitud.
Once años después de que finalizara la rebelión alpujarreña, el virrey Francisco de Moncada, conde de Aytona, impulsó una decidida y efectiva campaña de represión contra el bandolerismo morisco en el reino de Valencia.

Nuevos desarmes
Este mismo virrey, conde de Aytona, promulgó en 1588 una orden para desarmar nuevamente a los cristianos nuevos del reino de Valencia.
La entrega de armas que habían hecho los moriscos valencianos en 1563 quedaba ya lejos y, desde entonces, se habían producido hechos tan graves como la rebelión de las Alpujarras y la llegada masiva de esclavos y emigrantes granadinos. Hechos que habían provocado el descontento y la inquietud de los moriscos valencianos, muchos de los cuales se habían rearmado ante el temor a ser atacados por los cristianos viejos más recelosos.
Para evitar el enfrentamiento violento entre ambas comunidades, los antecesores del conde de Aytona ya habían hecho varias cridas para limitar el armamento de los civiles, en teoría de todos (tanto cristianos nuevos como viejos), pero que en realidad iban dirigidos hacia los moriscos. El primero de estos pregones lo hizo el conde de Benavente año y medio antes de la rebelión de Granada, reiterado posteriormente en 1573, 1575, 1578 y 1581.

Procesos inquisitoriales
Como es de suponer, la Inquisición también jugó un papel importante en la persecución de los moriscos rebeldes o más proclives a la insumisión.
Cuando el malestar morisco estaba a punto de llegar a su cenit con la rebelión granadina, el Santo Oficio recrudeció su represión contra los más exaltados. Treinta y siete moriscos del Medio y Bajo Vinalopó fueron encausados en un auto de fe celebrado en 1567, siendo nueve de ellos de Elche, Aspe y Novelda. Un año después fueron 56 los procesados, tres de lo cuales, naturales de Aspe, murieron en la hoguera. Y en 1570, año en que finalizó la rebelión granadina, otros 17 moriscos fueron procesados por la Inquisición, uno de ellos de Redován.

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