Yo de mayor quiero ser modelo de revista. ¿Que no me ven?... ¡Ja! Eso es porque no me han dejado cambiar la foto de arriba por una nueva que me he hecho con unos cuantos retoques del fotosop. Dice el director que se me confunde con Angelina Jolie y ustedes se pueden despistar, pero ha quedado que no vean. Ni una arruga, los ojos igualitos a los de Elizabeht Taylor en Cleopatra y un pelazo al viento que ni lady Godiva. Y el cuerpo, ¿qué les voy a contar? un estiramiento para no ser un tapón de balsa, unos cuantos recortes (bastantes, pero no se chiven) por los lados, una elevación del trasero, y nada que envidiar a Megan Fox. Así que, ¿por qué no me van a pagar a mí por salir sonriente en una portada presumiendo de edad y anunciando cremas y serums variados después, eso sí, de haber pasado varias horas borrando, difuminando, poniendo, quitando, agrandando, reduciendo e iluminando mi foto? Pero hay que hacerlo bien. Nada que ver con el caso de Filippa Hamilton, esa modelo que ha salido estos días en todos los lados después de que la hayan transformado en una oliva clavada a un palillo en una campaña de Ralph Lauren, que más que por el ordenador parece que la hayan pasado por una apisonadora. Yo, algo discreto, que parezca de verdad y la gente se gaste luego un pastón en cosméticos para tener también un cutis de porcelana y una cintura de avispa pese a sobrepasar de largo los cuarenta y haber parido un par de veces. En fin. Yo quería haber empezado mi carrera de estrella con la foto de arriba, pero no ha colado. Fíjense, que mis jefes creen que es una frivolidad, con lo serio que me parece a mí convertirme en una imagen de cara y cuerpo ideales para que adolescentes y mujeres de todas las edades se dediquen luego a no comer, a gastarse medio sueldo en botox y a sufrir lo indecible por llegar a parecerse a mi fotografía.