Llego al coche tras una comida de esas que te reconcilian con la vida y lo primero que veo es uno de los retrovisores roto. Después de acordarme de los muertos del capullo que se lo ha cargado y no ha dejado una mísera nota, intento recolocarlo y sólo consigo rematarlo, de forma que me encuentro con el bloque de plástico colgando de un cable y el espejo medio suelto bamboleando. Dado que la sobremesa se ha alargado más de la cuenta y llego tarde al trabajo, no queda más remedio que lanzarme con semejante colgajo a la carretera encomendándome a todos los santos para que aquello no acabe soltándose y dándole al de atrás. Nada más arrancar, un listo me hace señas despectivas señalando al puñetero espejo. Gracias, hombre, no me había dado cuenta. Pero no es el único. Hasta llegar a la autovía, un par más me increpan como si a esas alturas hubiera alguna forma de que yo ignorara el traqueteo del espejo golpeando la puerta delantera. Ya en la carretera, el cacharro parece que vaya a echar a volar dando golpetazos cada vez más fuertes y caigo en la cuenta de que debería haberlo fijado con esparadrapo, más que nada para no tener que soportar a uno que llevo atrás dándole al juego de luces de Novelda al Portichol. Que ya lo sé, que el cable no se suelta, y además, qué puñetas, no es culpa mía. Por fin llego a Alicante con el espejo todavía sujeto y delante de un semáforo un policía me pide la documentación y me amenaza con una multa. -¿Se ha dando cuenta usted de que lleva el retrovisor roto?- Anda, ¿no me diga? Lloro, ruego, le cuento mi vida, pero acabo con el papel de la multa en la mano. Mientras escribo esto, tras dejar el coche en la puerta, un compañero me viene con que llevo el retrovisor colgando. ¿Se extrañan de que le haya mentado a la madre? El volante nos hace malos bichos, pero, a falta de poder colgarlo de los meñiques, espero que el que ha roto el espejo se haya hecho una raya de narices en su coche. Sólo me consolaría la venganza.