A fin de cuentas siempre vamos a lo mismo, a gastar. Llega cualquier tipo de fiesta y no queda más que abrir la cartera. Eso, quienes aún tengan algo que sacar de ella. Y vamos a ver ¿desde cuándo tengo yo que guardar algo de presupuesto extra para Halloween? El disfraz de uno, la cena en el restaurante temático para otro, la calabaza a pilas y los caramelos para los niños de la urbanización. Y eso que a nosotros esto ni fu ni fa, pero cuéntales eso a los peques. Dicen que les gusta pasar miedo, con lo que lo suyo este fin de semana es ver pelis macabras y hablar de muertos vivientes. Y ahí te ves tú, como el abuelo cebolleta, evocando ante tus hijos los tiempos en los que eras una cría y a nadie se le pasaba por la cabeza reírse de estas cosas vestida de calavera. Mi abuela, que vivía con nosotros, cada 31 de octubre repartía por toda la casa unas velitas rojas que tenían que permanecer encendidas hasta después de Todos los Santos y que, nos contaba, servían para que los espíritus de nuestros fallecidos se orientaran porque esa noche venían a visitarnos. Ante ese panorama, ¿quién necesitaba un disfraz para asustarse? Podías morir de sed antes que levantarte por agua esa noche y enfrentarte con la luz rojiza de las velas rodeadas de ánimas dando vueltas por la casa. Que si lo que quieren es pasar miedo, lo de las velitas sale barato. ¿Y las flores?, dirán ustedes. Antes la gente también se gastaba un pastón en flores para el cementerio. Ja, ja. Y ahora. En nuestra generación le damos a todo. Celebramos lo de Halloween por los pequeños y lo de Todos los Santos por los mayores, con lo que de las flores tampoco nos libramos. Cualquiera le discute a mi madre que hay que arreglar las lápidas de la familia... En total, entre disfraces, adornos, castañas, caramelos, crisantemos, buñuelos, huesos de santo y gasolina para ir al cementerio del pueblo, echamos el fin de semana. Menos mal que pasamos de las velas. No aguantaríamos más sustos.