La luna en el martini

PUTICLUB (Y II)

Mario Martínez Gomis

 02:02  

Defensores y detractores del único comercio carnal que no admite la técnica del congelado, provocan un engorroso debate que saca lo peor que cada moralista lleva dentro, y lo más obvio que cada libertino intenta exhibir fuera. Señoras que quieren hacer de sus encantos un negocio propio de la economía liberal, y señoras y caballeros que quieren ordenar el uso de los encantos de esas señoras, según su estricto sentido de la moral, forman una parte mínima del dilema vital que, el pobre de Shakespeare, redujo a un mero asunto de ontología existencial: ser o no ser.
¿Se puede o no se puede ser prostituta? ¿Se debe o no se debe ejercer la prostitución? ¿Era don Marcelino Menéndez Pelayo, un sabio de la más rancia derechona, adicto al puterío? ¿Murió o no murió el general Primo de Rivera con las botas puestas? ¿O se trata del general Custer? Éstas y otras dudas de mayor calado, continúan alimentando la polémica en torno a la licitud, prohibición o indiferencia que suscita la prostitución, a la que no suele aplicarse la lógica elemental de Perogrullo, que hoy deseo ensayar, con la intención de arrojar un modesto rayo de luz sobre el dilema.
Imagine, por lo tanto, el lector, que ya es imaginar, que soy una apetecible y necesitada señora, sumida en la más negra miseria, y decido poner precio, con IVA, a mis encantos. No lo publicito, pero lo sugiero, y, con absoluta discreción, consigo hacerme con una clientela que requiere mis servicios con la fidelidad del individuo que no puede renunciar a un plato de gambas a la plancha, o a una ración de almejas de Carril. Me cuido -por supuesto-, paso las oportunas revisiones sanitarias, hago algún curso de reciclaje, y cotizo, como autónoma, a la Seguridad Social, consciente de que, llegadas a una edad, en esta profesión, hay que retirarse a tiempo para poner una mercería o ingresar en una buena residencia, donde pueda alegrar la vida a los ancianos. Soy consciente de que tendré que renunciar, como en otros trabajos, a formar una familia y a tener hijos. Al igual que otras señoras que venden sus habilidades contables o financieras a un "jefe" muy celoso de cualquier tipo de infidelidad a su empresa.
Sigamos suponiendo -aunque ya me estoy cansando de este travestismo- que, como empleada pública del placer, exijo, a cambio de mis labores y el pago puntual de mis impuestos, la correspondiente protección estatal y la tajante persecución de macarras y proxenetas, que, para la buena marcha del oficio, son tan detestables como las mafias que cobran porcentaje o "protección" a los currantes sin papeles o a los dueños de las pescaderías. Derechos que hago extensivos, por supuesto, a los talleres donde mis colegas quieran colectivizar sus faenas, en torno a una "barra americana", una "mesa de camilla", presidida por la fotografía del Dr. Fleming y su penicilina, o en una sala de masajes orientales. Todo esto escrupulosamente regulado por el Ministerio de Trabajo, el Derecho Laboral y el amparo de la Ley. O sea, con luz y taquígrafos, y no bajo el amparo, débil, de una farola, y la sonrisa irónica de un "poli" corrupto.
Me quedaría, tan solo, el estigma impuesto por la rigidez moral de esas personas bienpensantes que no dan la más mínima importancia a prostituir sus ideas, a vender su dignidad por un "rolex", o a mentir como un bellaco desde la impunidad que otorga un puñado de votos. Y tendría que escuchar cosas parecidas a "vaya tía furcia", "menuda pelandusca" o "niño, no mires a esa degenerada que, de eso, ya se encarga tu padre". Pero, a falta del desempeño de una cátedra en la universidad "Pompeu Fabra", que sería el empleo de mi vida, tendría el estómago lleno, no escandalizaría al personal exhibiéndome en paños menores en espacios públicos -con el consiguiente riesgo a las pulmonías- y soñaría, al igual que cualquier honesta señorita de la burguesía, con la llegada de un príncipe azul, aunque, en mi caso, tendría que limitarse al salido -con perdón- del cuento de "Pretty woman".
Yo no sé si, con estas lucubraciones, he contribuido a solucionar el debate de la prostitución. Ahora bien, el esfuerzo de ponerme en el lugar de una chica de la vida, me ha dejado tan fatigado, y con tantas ganas de mandar a freír espárragos a tanto filósofo hipócrita, que voy a prepararme, ya lo saben, un Dry Martini doble.

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