La luna en el martini

VIGILIA DE DIFUNTOS

 01:47  

Mario Martínez Gomis

Llegado el uno de noviembre, las ideas sobre la Muerte -esa terrible asesina en serie que siempre queda impune- me asaltan y sobrecogen, hasta el punto de hacerme saltar de la cama, en plena madrugada, y conducirme hasta la coctelera, un trayecto que, en realidad, es una forma sutil de acercarme a los brazos de esa miserable comadre. Y, desvelado, con la copa en la mano, observo, a través de la ventana, una noche implacable que, afortunadamente, pronto será vencida por la luz. "¿Morir? -me digo, como hizo lord Palmerston- ¡Será lo último que haga!".
Huelga decir que yo soy uno de esos tipos que está harto de la Parca, de su falta de humanidad, de su omnímodo poder: la única fuerza capaz, sí se lo propone, de hacerme dejar a medias una docena de ostras y una botella de Albariño, y conseguir que me largue del restaurante sin pagar al camarero. La Muerte real, sin la retórica literaria de su presencia, ofreciéndonos la oportunidad de jugar una partida de ajedrez, o de parchís, para burlarla, es tan irremediable como el recibo de la hipoteca a final de mes. No hay nada que hacer. ¿Acaso conoce alguien a un banquero que se juegue el dichoso recibo a los dados, a las tres en raya, o a los chinos?
Por esta serie de razones, y otras que expondré, la vigilia de Todos los Santos, para evitar pensar que va a resultar muy duro perderse la "champions league" y el arroz con bogavante, me pongo a cavilar sobre el lado prosaico del asunto, y su vertiente más chusca y cotidiana. Y me viene a la cabeza aquel velatorio en el pueblo, cuando un señor, al despedirse de la viuda del finado, muy circunspecto, se despidió con un "Bueno, Matilde, me alegro mucho". O del momento, en el entierro de mi padre, de colocar el féretro en el nicho. Mi madre, transida de dolor, se apartó unos metros, llorando, para evitar aquel triste espectáculo. Al regresar, lo hizo presa de una risa nerviosa, me abrazó y me dijo: "Por lo menos, a papá no le faltará alegría". Y me señaló una de las sepulturas contiguas, donde yacía Caruso, un personaje alicantino que se ganaba la vida cantando, bastante mal, por cierto, arias operísticas por las calles de la ciudad. Algo parecido ocurrió a la hora de mitigar, por unos instantes, el dolor causado tras la muerte del abuelo. Al regresar del entierro entramos todos en el bar de siempre, para brindar por aquel cascarrabias. Mi tío se dispuso a pagar la cuenta y el camarero, con mucha corrección, sugirió: "¿Me cobro también lo del abuelo?". Nos miramos, perplejos, hasta comprender que el anciano, antes de marcharse, había dejado un pequeño "pufo" pendiente en el establecimiento. "¡Caramba, ni muerto pagaba una ronda!", exclamó mi primo.
En efecto, amable lector, como está usted pensando, lo más brutal de la muerte es que tenemos la certeza meridiana de que la vida continuará. Y que lo hará sin nosotros. Esto es lo que me mantiene en vela la víspera mentada. Y perderme mi propio entierro. Y no saber si, en el otro mundo, habrá Dry Martini, o sólo sirven calimocho.
Cuando, por fin, amanece, y, a medio día, hago la visita tradicional al camposanto, entre los panteones y crisantemos, todavía continuó sumido en tenebrosas lucubraciones relativas, por lo general, al tema sobre el que versará mi responso. Y para fastidiar a mi suegra, imagino un sepelio, con uno de esos extravagantes predicadores de las películas del Oeste, que lee unos versículos incomprensibles de la Biblia. Aunque, bien pensado, no estaría mal, que pronunciase algo más directo y familiar, inspirado, por ejemplo, en un pasaje de las Bodas de Canaan. Una cosa parecida a: "Y dijo el Señor: sacar esos cántaros de agua, que vais a ver lo que es bueno, y no esa podrida cosecha de garrafón de Galilea que nos han servido. Y, dicho esto, el Maestro le dio a probar a nuestro hermano Martínez". Seguro que, a más de un amigo, se le pone un nudo en la garganta.

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