Área de descanso. La luna en el martini
Mario Martínez Gomis
La adicción me cuesta, como es de suponer, una pasta. Y, a cambio de la copiosa información que atesoro, antes y después de comerme el cocido, acumulo bienes indeseables, objetos estrafalarios, que potencian las ramas más variadas de la industria y el comercio. Los encartes anunciando lavadoras, por ejemplo, las páginas de economía y trabajo, los cuentos infantiles para los nietos que no tengo el gusto de malcriar, las colecciones de libros cuya letra no puedo vislumbrar, los recetarios de cocina para los doctores en física y química, pasan, directamente, a la bolsa de reciclaje. O sea, a la puta basura. Las cadenas de transformación de la industria papelera, no saben cuanto me deben. Después están las tazas de desayuno con el Pato Donald o rememorando el Desembarco de Normandía; las vajillas y cristalerías; los juegos de cuchillos; la carabina de Ambrosio. Un rastrillo dominical, en medio del secano, recibe todas estas piezas que no logro coleccionar, y que desatan la pasión de los «guiris» que sólo compran «The Sun». Como proveedor de este tipo de mercadillos soy una pieza insustituible en el ramo de los intercambios. No hablo de los DVD. De «Cinema Paradiso», o de «Juan Nadie», tengo más ejemplares que de «El valle de la venganza», que ya es decir. Durante un tiempo las fabricas de muebles y diseño que venden columnas de todo tipo para guardar estos objetos, hicieron su agosto, gracias a mi afán coleccionista. Ahora los DVD, junto a los CD, con toda la música imaginable, pasan a la máquina de «tiro al plato» de mi cuñado, que se ha convertido en un auténtico Bufalo Bill. Sólo falla el disparo cuando se trata de alguna pieza de Chopin.
¿Por qué no sacio mi curiosidad informativa recurriendo a Internet, se preguntará el agudo lector? Porque no me gusta manchar el teclado del ordenador con mantequilla. Porque temo que, si derramó el café sobre el aparato, me puedo electrocutar. Porque no puedo estrujar la hoja de un diario, con un artículo facha y retrógrado, y lanzarla sobre la cabeza de un gato sarnoso que la familia se empeña en considerar de pura raza siamesa. Porque, en fin, cuando llueve y se cuela el agua por la chimenea, no voy a poner debajo mi Macpro portátil, última generación.
Además, las noticias en papel, no sólo se leen; se huelen; se palpan; dejan restos de tinta en las manos y contribuyen al desarrollo de la industria jabonera; se pueden colgar en la puerta de la nevera para mantener fresca la memoria histórica: «El Real Madrid, gana la novena copa de Europa», «Aznar asegura en la Azores que Sadám tiene escondido en su despensa, un arsenal atómico».
¿Soy adicto a los periódicos por puro vicio? ¿Cómo lo soy de ese cóctel de vermú y ginebra que estoy a punto de prepararme? No señor. Soy un tipo al que le gusta estar correctamente informado sobre cuanto ocurre de interés en el mundo. Un lector crítico que sabe separar el grano de la paja. Ahora mismo, mientras me dirijo al frigorífico con aviesas intenciones, llevo dos noticias interesantísimas: una aparecida en el diario «Marca» (23-9-09) que reza así: «Los hinchas de los equipos más modestos, son los más fogosos sexualmente»; la otra corresponde a las páginas de actualidad científica de «Público» (22-9-09) y divulga un experimento que demuestra que "Las ratas que consumen alcohol en su juventud, son más arriesgadas de adultas». ¿Pura frivolidad? Y un cuerno. Material imprescindible para lograr una mayor calidad de vida. Un servidor, mañana, sin falta, se va a renovar su abono al Hércules C.F. Y, ahora mismo, les prepara una copa a sus roedores; a ver si se cargan, de una vez, al maldito gato siamés que tanto aman mi señora suegra y mi cuñada.