Fui no hace mucho al Marq a ver la exposición sobre la belleza del cuerpo -por cierto, aprovechen que se acaba ya-, y entre esculturas y cerámicas, de pronto oímos un: "Mamá, ¿qué le pasa en la colita a este hombre?" procedente de un niño de unos tres o cuatro años que, alarmado, señalaba una de las imágenes sexuales pintadas de forma bien explícita en una crátera griega con lo que se supone que era un fauno refocilándose con varias ninfas con el pene, más largo que su brazo, mirando al cielo. Desde luego, el contenido de muchas de las obras de arte jamás sería apto para menores si no fuera por eso, porque es arte, así que los padres vamos tan felices a los museos con nuestros retoños que, a partir de cierta edad, aprovechan para documentarse con cara de angelitos y para cuchichear entre ellos sobre las mujeres desnudas y las escenas de sexo de espaldas a sus padres y a los guías. Aún me acuerdo, cuando era una cría y aún vivía Franco, que lo que estaba absolutamente prohibido e impensable, como ver el cuerpo desnudo de una mujer, se convertía en algo normal y recomendable en cuanto pisabas un museo. Recuerdo la primera vez que fui al Prado con mis padres y lo que me conmocionó ver cuadros en los que se veía los pechos de las mujeres sin que nadie se escandalizara ni intentara alejarme de aquello. Ahora, obviamente, nadie se va a asustar por ver dos tetas, pero resulta divertido observar que la reacción de los niños mayorcitos ante las imágenes de contenido sexual en un museo, son las mismas que tuvimos nosotros a su edad, y tampoco deben entender muy bien por qué los mandamos a dormir cuando sale una escena de sexo en la tele y, sin embargo, les animamos a estudiar una vasija en la que claramente se muestra a un grupo de personas fornicando.