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La luna en el martini

PUTICLUB

Mario Martínez Gomis

 02:33  

Establecimientos propios de las grandes urbes, o de los parajes rurales próximos a las carreteras, los puticlubs modernos y con neones, son herederos de una rancia tradición del comercio carnal que tiene sus orígenes en multitud de babilonias bíblicas e historias del Egipto o la Roma antigua. Putas, ibas, rabizas y colipoterras, han existido desde que el mundo es mundo, y desde que las hijas de Eva comprendieron que era mucho más codiciada una manzana, en el ámbito venal del intercambio, que -permítasenos la vulgaridad- un boniato, como especie vegetal, también surgida en el Paraíso.
En mi pueblo del secano, por ejemplo, no tenemos, que yo sepa, puticlub alguno. Existen, eso sí, vestigios arqueológicos, extramuros del villorrio, que debieron cumplir tal función, en años de mayor bonanza y relajación moral. Nada que ver con la tradición, ininterrumpida, de otras poblaciones y aledaños cuyas mancebías, burdeles, o casas de lenocinio, sirvieron para estimular la economía, aliviar los ímpetus sexuales del mocerío e inspirar los sermones de los curas trabucaires. Locales que servían también, como es lógico, para dar de comer, de cuando en cuando, a unas pobres mujeres que, de no ser por estos negocios, además de oficiar de putas gratis para sus legítimos, hubieran tenido que acarrear leña como un burro, criar a una prole de descarriados, y hacer la colada en los fríos lavaderos del lugar.
Como historiador, yo sé muchas cosas de mancebías y casas similares, un poco por la vida, y las más leídas en libros como el de don Carlo María Cipolla en su obra titulada "Historia económica de la Europa preindustrial". En ella, el ilustre profesor y maestro, trazó un cuadro vivísimo del puticlub antiguo, entre los siglos XVI y XVII. Desde siempre, la puta fue piedra angular de una empresa, en ocasiones, muy rentable. Alimentó una próspera economía que, en manos de la "madame", produjo beneficios para el macarra o rufián y para toda una compleja jerarquía de alcahuetas, correveidiles, mozos de zafa y taberneros que vivían de su esfuerzo. Bajo la tutela de los municipios, muchas veces, estos establecimientos, propiciaron buenas rentas para sus arcas, y no fue raro que, parte de los beneficios de la "puta rica y arrepentida", fuesen a parar a la iglesia en forma subvenciones para capellanías, medias raciones, obras pías o la generosa restauración de algún retablo.
Hoy día, en Bellvei (Tarragona), localidad de 2.000 habitantes, el prostíbulo Club Estel, sito, con gran acierto de la administración local, en su polígono industrial, ha recuperado la antigua costumbre de la beneficencia. Según leo, en las páginas de "Público", colabora con el Ayuntamiento en la subvención de las fiestas del pueblo y surte, gratuitamente, de material deportivo, al equipo de fútbol base -integrado por niños de 3 a 5 años- de la localidad, que luce, en el chándal, el nombre del negocio, sin especificar su cometido. A eso se le llama, discreción. El alcalde considera al Club Estel como "una empresa ejemplar". Un ciudadano ha llegado a comentar a ese diario que "todo el país debería tener locales como éste; las chicas se evitarían la calle y dispondrían de asistencia médica. Y el sexo es necesario tanto para los solteros y los viudos, que caray".
Pero nunca llueve a gusto de todos y, otros políticos del pueblo, solo ven el problema "moral" del asunto, ya que nada se dice sobre el lado perverso de la prostitución, explotando brutalmente a las mujeres por parte de las mafias, y su estado rayano en la esclavitud. A determinados políticos -pienso yo- no les gusta, pura y simplemente, que las putas se metan a financiar eventos culturales y deportivos, porque lo mismo acaban presidiendo la procesión, haciendo el "saque de honor" en la final de fútbol sala de Bellvei, o, quien sabe, presentando un libro en su Casa de Cultura, y dejando sin trabajo al concejal del ramo.
Yo no sé si detrás de todo esto hay gato encerrado. La idea de un puticlub ejemplar y solidario no me desagrada, si anda ausente la violencia de la coacción y reina el libre albedrío en las señoras ¿Y si resulta que, además, se sirven en su barra, correctamente, los Dry Martinis? Por el momento, tal y como está el patio del rigorismo moral en el país, el prestigio que gozan los "sepulcros blanqueados" y la absoluta falta de ganas de los gobernantes para arreglar el viejo problema, no me pronuncio sobre la cuestión. Entre otras cosas porque nunca he creído que, a pesar del caso de Bellvei, en los infiernos que jalean los justos, haya un rayo de luz que proceda del purgatorio.

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