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Reportaje. LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS EN LA PROVINCIA DE ALICANTE (II)

Tolerancia interesada

Los señores permitían una cierta libertad religiosa a los moriscos para preservar la calma en sus territorios, pero también por motivos económicos: eran mano de obra

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Moriscos granadinos. Joris Hoefnagel, 1564. Historia de la provincia de Alicante
Moriscos granadinos. Joris Hoefnagel, 1564. Historia de la provincia de Alicante  

por Gerardo Muñoz Lorente Los moriscos estaban sometidos de por vida a los señores de los lugares donde habitaban, puesto que tenían prohibido, bajo pena de muerte y confiscación, cambiar de domicilio ni de señor. Esta prohibición fue ratificada en 1541, 1559 y 1586, como consecuencia de las frecuentes huidas de moriscos al norte de África.
En general, los señores trataban a los moriscos de manera paternalista, protegiéndoles ante las insistentes presiones que sufrieron por parte de la Corona y de la Iglesia para que se convirtieran al cristianismo. Frente a estos intentos de asimilación religiosa, los señores respetaban las creencias y costumbres islámicas de sus vasallos moriscos (oficialmente cristianos nuevos pero musulmanes en la práctica diaria) permitiendo que, a semejanza de sus antepasados mudéjares, se gobernasen autónomamente a través de sus representantes, elegidos por los propios señores de entre las familias moriscas más destacadas.
Durante el conflicto de las Germanías (1519-1521), los moriscos apoyaron a sus señores contra los rebeldes, sobre todo porque éstos les obligaban a bautizarse.

TRIBUTAR como moros
Los señores actuaban con esta permisividad religiosa para preservar la tranquilidad de sus territorios, pero también por razones meramente económicas: estos vasallos, cristianos nuevos, eran mano de obra barata y además pagaban más impuestos que los cristianos viejos.
Al igual que los mudéjares, los cristianos nuevos o moriscos tributaban a sus señores más que los cristianos viejos. En 1526, las aljamas pidieron a Carlos I que subsanase este agravio comparativo, a lo cual accedió éste, acordando que se equipararan los tributos entre moriscos y cristianos viejos. La publicación de este acuerdo real se retrasó dos años debido a las presiones de los señores; y, aun después de publicado, la promesa imperial quedó en la práctica anulada, al seguir manteniendo los señores los gravámenes que pesaban sobre sus vasallos moriscos, superiores a los de los cristiano viejos.
En 1531, un breve del Papa requirió al Inquisidor General que mandase a los señores valencianos «que no cobrasen ni llevasen más derechos a los dichos convertidos de lo que se acostumbrava llevar a los Christianos viejos», pero tampoco este breve pontificio consiguió cambiar la decisión de la nobleza valenciana. Como tampoco lo lograron la Junta de Valladolid ni las Cortes Valencianas ni la Junta de Prelados en años sucesivos, que insistieron en la urgente necesidad de homologar los tributos entre cristianos viejos y nuevos. Los señores nunca cedieron, manteniendo así un agravio contra los moriscos que obstaculizaba la conversión real de los mismos a la fe cristiana, tal como reconoció el propio inquisidor Gregorio de Miranda en 1564: «se les haze vivir como christianos y pagar como moros».
De modo que la actitud de los señores al entorpecer la asimilación religiosa de los moriscos, permitiendo sus rituales coránicos, se debía más a su propio interés que al deseo de protegerles benévolamente. Un interés económico, por supuesto. Mientras durase el conflicto entre la Iglesia y los moriscos, éstos precisarían de la protección señorial y seguirían pagando más impuestos. Además, a cambio de preservar su fe islámica, pagaban puntualmente la protección de sus señores. Así lo hicieron, por ejemplo, los vasallos moriscos del señor de Guadalest, quien les exigió, tras una infructuosa campaña de evangelización, el pago de 1.800 ducados.

En contra de la expulsión
No es de extrañar, pues, que los dueños de los señoríos valencianos se opusieran firmemente a la expulsión de sus vasallos moriscos. Pero, una vez convertida la amenaza de expulsión en un hecho real e inevitable, los señores procuraron sacar el mayor provecho posible.
A pesar de ello, no todos los señores actuaron de igual manera, contrastándose entonces el calado moral y humano de cada uno de ellos. Pues, como veremos más adelante con más detalle, hubo quienes acompañaron a los expulsos hasta los puertos de embarque, para evitar que fueran asaltados y robados por el camino; y hubo quienes retuvieron a los moriscos por la fuerza, robándoles cuanto tenían de valor u obligándolos a regresar pese a estar ya embarcados. Hasta hubo un señor (marqués de Elche) que, a pesar de retener forzosamente a varios moriscos en Aspe, pasó a los anales como ejemplo de buen señor por guiar a sus vasallos expulsos al lugar de embarque, hasta que recientemente se ha sabido que los expolió durante el camino.

el almirante de Aragón
Algunos de los señores que poseían tierras en el antiguo reino de Valencia ponían más orgullo que cálculo en su actitud protectora hacia sus vasallos moriscos. El ejemplo más notable es el del almirante de Aragón, Sancho de Cardona, quien fue juzgado por la Inquisición en 1570 ante su manifiesta actividad a favor de los moriscos.
En la extensa acta inquisitorial se leen las acusaciones que se hicieron contra Sancho de Cardona, todas ellas corroboradas por varios testigos: en Bechí (lugar castellonense de su propiedad) violó los preceptos cristianos durante la cuaresma, acompañado de sus vasallos moriscos, a los que autorizó además a hacer el ritual de la zalá; y en Adzaneta (en el Valle de Guadalest), lugar del que era señor, permitió la reconstrucción de una mezquita en ruinas, donde los moriscos se reunían para orar antes y que luego se convirtió en sitio de peregrinación, según el acta: «Ytem que hecho el dicho edificio de mezquita en ciertos tiempos del año muy publica y scandalosamente y como si fuera en Fez acudian alli muchos moriscos de dicho lugar y de la Vall de Guadalest, Granada, aragon, y cataluña y de otras partes a este reyno hombres y mugeres a hacer sus ceremonias de moros y muchas vezes se juntaban a ello mas de seiscientas personas muchas de las cuales iban alli descalzas como si fuesen en romeria»; proporcionó salvoconductos a los moriscos que deseaban emigrar al norte de África, para que pudieran cruzar sus tierras libremente; y en 1542 se opuso a la asistencia obligada a misa y el bautizo forzoso de los moriscos de dos de sus alquerías en el Valle de Alcalá, enfrentándose a Miguel Zaragoza, párroco de dicho lugar, aconsejando además a sus vasallos «que en lo exterior fingiesen cristiandad, y en lo interior fuesen moros».

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