Juanjo Payá
A un lado, nos explica, el coche que Mussolini regaló al dictador Franco, junto a otro vehículo de 1898 con un sofisticado cambio de marchas así como un precioso modelo americano que nos traslada a los tiempos de Al Capone por Estados Unidos. Ferrando lleva muchos años dedicado a una pasión que inició con los carteles de carreras de coches y que, al final, ha deparado un universo repleto y cargado de historias que de momento no encuentra límites. De ahí que hasta la única atracción de feria alicantina de 1920, con títeres y pequeñas escenas humorísticas de la época que aún funcionan mediante un sistema de cuerdas, haya sido recuperado por Ferrando en un intento de «no dejar escapar nuestro patrimonio de ningún modo». De momento, mientras guarda la esperanza de poder abrir algún día su colección a todo el público interesado, Ferrando se dedica a restaurar, mimar y cuidar hasta el último detalle todos los elementos de su colección que también incluye un importante repertorio de juguetes de Ibi y Dénia principalmente. Sin embargo, la especialidad de Ferrando son los carteles y, sobre todo, los enmarcados dentro de la Guerra Civil Española. De hecho, miles de ellos se acumulan en una sala que mantiene a raya las humedades, y donde maravillas ilustrativas de gran y pequeño tamaño abordan un arte que, en muchos casos, ni se les puede fijar un precio, porque ya no están ni a la vista en los mercadillos o anticuarios.
«En la guerra, la gente no sabía leer, por eso estos carteles son tan buenos y tienen una calidad tan excepcional. Por ellos, sabían que tenían que matar o simplemente sobrevivir y resistir», agrega Manuel Ferrando, al mismo tiempo que despliega uno de Renau de 1936 y otro de Mongrell. «Esto tiene ahora un gran valor, pero antes ni se tenía en cuenta. Lo que hoy llega a los museos como esto, antes no era nada». El proceso de restauración de los carteles consiste en entelarlos para proteger el papel y así, a su vez, sea más fácil manejarlos. «Estos carteles de la guerra podían costarte la vida en la dictadura. Por eso desaparecieron la mayoría», asegura. Carteles de las Fallas de Valencia en la era republicana o incluso en el estallido de la Guerra Civil, junto a prácticamente toda la composición de carteles del Patronato de Turismo en 1928, donde se difunde y proyecta la imagen de las playas de Alicante por primera vez muestran, en muy resumidas cuentas, los tesoros reunidos por Manuel Ferrando durante los últimos 30 años de su vida. «Para mí, el hombre que empezó a apostar por Alicante y la provincia en aquel tiempo es un visionario. Habría que hacerle un homenaje», añade. A estas alturas, y con todo lo anotado, sorprendería señalar que las colecciones de Manuel Ferrando se extienden a otras del ilustrador alicantino Ruano Llopis (con numerosos carteles taurinos) o a otra muy interesante de carteles de cine (que Ferrando ha expuesto para festivales como el de Elche). Pero es que hay mucho más. Por eso, aunque Manuel Ferrando huya de méritos, posiblemente sea el mejor coleccionista de España.
Paco Zamora, un joven empresario alicantino, tiene una importante colección de coches antiguos. Algunos de ellos son auténticas piezas de lujo, como el Mercedes 600 de 1964 que todavía hoy es el coche oficial del Gobierno alemán de Ángela Merkel y que, por entonces, empleaban hasta más de 8 meses para fabricar solamente uno de estos modelos. «Tengo algunas deudas con estos coches pero intento mantenerme en orden y con la cabeza despejada. Hay algunos coches que desearía tenerlos, que me los han ofrecido pero hay que ser algo frío para no tener la tentación de ir más allá», agrega. Pero hay más: Zamora también es propietario de un Horsch 930V, coche que Hitler encargó construir 15 días antes de la invasión de Polonia, en aquella fatídica fecha del 15 de septiembre de 1940 en la que estalló la II Guerra Mundial. «Este fue un coche confiscado por los comunistas como botín de guerra. Allí estuvo en manos de algún propietario ruso y a partir de la caída del Muro de Berlín fue posible adquirirlo. Eran los años 90 cuando un ingeniero americano trabajó en una planta eléctrica de Rusia. Y, como no tenían dinero para pagarle, le regalaron el coche. El caso es que se lo llevó a Estados Unidos y no pudo ponerlo a punto. Entonces conseguí localizarle y me lo traje. Y ahora funciona genial. Fue diseñado para altos mandos militares y para circular por las nuevas autopistas de la Alemania nazi», explica Paco Zamora. Un Imperial (1962 y 1967), un Cadillac (1959), un Chrysler (1961), un Lamborghini Espada (1974) y el Lincoln Continental (1961) son algunas de las joyas que atesora Paco Zamora, que es presidente del «American Car Club del Mediterráneo» y miembro de la «Asociación Clásicos de Alicante». «Los coches no solemos sacarlos mucho, porque nuestra afición es sobre todo repararlos y restaurarlos, porque la mayoría son coches maltratados que poco a poco hemos ido reconstruyéndolos. Estás devolviéndoles la vida, y eso es algo que nos llena mucho», agrega.
El alicantino Heliodoro Madrona es un apasionado, a partes iguales, del coleccionismo de los juguetes y las postales sobre la ciudad de Alicante. Respecto a las estampas, Madrona tiene unas 10.000, que ha adquirido en todo el mundo, aunque destaca muy especialmente los mercadillos de Madrid, Barcelona, Portobello (Londres) y París. «La postal no las colecciono por términos económicos porque no las vendo. Y su valor no es muy alto, ya que en raras ocasiones supera los 200 euros», afirma. «Para mí, el objetivo de las postales no es otro que conocer mi cudad. Por eso tengo algunas curiosidades como las primeras Fallas que se hicieron en Alicante en 1928. Y digo Fallas porque Hogueras solo empezó a llamarse en los años 70, a raíz de la rivalidad con Valencia. Los balnearios y otras del Club de Regatas son también algunas de mis favoritas», aclara. Heliodoro Madrona, prejubilado y apasionado por el coleccionismo (de hecho, en el transcurso de la entrevista, nos pide algo de prisa porque quiere llegar a tiempo para el mercadillo de Torre Pacheco en Murcia), comenzó su carrera hace más de 40 años, por su inquietud con los sellos y las monedas «y desde ahí, ya has visto dónde hemos ido a parar», señala. «Una vez tenía unos buenos sellos en una caja fuerte de un banco y, por una inundación, me quedé sin ellos. Desde entonces, me propuse tener cosas de no mucho valor que las pudiera tener en mi casa para disfrutarlas». ¿Y es el coleccionista celoso de sus objetos? «Mira, siempre que he dejado algo me lo han estropeado. Porque no lo cuidan, lo arrugan... y no me han devuelto cosas o he estado muchos meses detrás de las personas para que me las devuelvan. Pero siempre he tenido problemas, y eso te hace un poco receloso. Ahora me han pedido unas cosas para una exposición, pero me temo que no cederé nada si antes no hay un seguro de por medio», apunta.
La colección de juguetes de Heliodoro Madrona abarca todo tipo de géneros: deportes, guerras, medios de transporte, coches... Y pertenecen principalmente a las fábricas de Payá y Rico de Ibi, aunque también posee alguna otras de la marca alicantina Jyesa.
«El tema del juguete siempre lo tuve en la cabeza. Un día, cenando con mi mujer en El Cisne de Benidorm, se subastaban cinco piezas de Payá que valían 12.500 pesetas. Y ahí empezó». Todas las habitaciones de su casa-museo están repletos de juguetes, desde los más sofisticados hasta los más sencillos, que Madrona ha conseguido rescatar en sus viajes por toda España. «En algunos de ellos verás la caja del juguete, que es incluso lo más importante. Y es que debes tener en cuenta que la cajita es lo más efímero, porque el niño lo abría, lo tiraba a la basura y se quedaba con el juguete. Por eso conseguir un juguete de Dénia o Ibi de los años 50 con su propia caja es cada vez más complicado», apunta.
¿Y cómo distinguen si un juguete se realizó en Dénia, Alicante o Ibi? «Si tú has leído todos los libros de tu escritor favorito y un día te dan un relato sin aclarar quién es... ¿podrías detectar por el estilo que es tu autor favorito? Seguro, y aquí ocurre lo mismo. Se huele de dónde es ese juguete al primer golpe de vista, además de por su estilo y serigrafía», aclara Heliodoro Madrona.
En ocasiones, el coleccionismo hace amigos, muy buenos amigos. Los noveldenses Enrique Sala y David Beltrá comenzaron siendo apenas unos adolescentes en este universo que, aún hoy, pese a la familia, el trabajo y otros muchos pormenores, continúan y viven con idéntica pasión a tiempo atrás. «Cuando uno salía del Cine Barceló para llevarse cosas tras su cierre, entraba el otro», recuerda David Beltrá esbozando una sonrisa. «Con seis o siete años ya iba por todas partes a ver qué conseguía. Me ha gustado siempre recoger cosas que pudieran tener valor», apunta Enrique Sala. Aunque ambas colecciones tienen algunos puntos en común (cajitas de azafrán, carteles publicitarios y etiquetas de empresas) Sala es propietario de hasta 14 máquinas de cine Pathé que aparecieron por primera vez a la venta en las Navidades de 1921.
«Empecé a ir detrás de ellas porque tenía unos reportajes de la Guerra de África que solamente se podían visualizar con las Pathé. Así adquirí una primera que fui perfeccionando con otros accesorios. Y también tengo prácticamente todas las primeras películas que salieron, hasta llegar a un centenar de ellas», matiza. Además, Sala posee una interesante colección de sellos desde Isabel II hasta la actualidad, en una colección que incluye las franquicias postales y los carteros honorarios de España.
La historiadora Inmaculada Manfredi, residente en San Juan pero nacida en Muchamiel, cuenta con una de las colecciones más importantes de objetos relacionados con los abanicos. «Empecé hace 19 años por un par que tenía de mi madre porque me llamaba la atención el sonido que hacía, no solamente por la iconografía». Desde entonces, Manfredi acumula cientos de piezas relacionadas con el abanico en todas sus variantes: desde un cuadro hasta una preciosa pieza de marfil. «El coleccionismo es como un veneno delicioso, en el que uno a veces deja de coleccionar para limpiar y simplemente cuidar y catalogar», señala.
Otros, por el contrario, como el empresario monovero Rafael Poveda rescata todo tipo de cámaras antiguas y negativos que, con algo de paciencia y una serie de máquinas especializadas, consigue revelar. Los resultados, en ocasiones, son mágicos e impresionantes: fotografías de paisajes alicantinos que hoy han desaparecido. Y eso, en parte, es lo que buscan los coleccionistas alicantinos: recuperar el patrimonio perdido teniendo la oportunidad de, algún día, poder mostrarlo y difundirlo en unas instalaciones dignas con las que, a ser posible, se impliquen las instituciones públicas.