Frases como «Donde las dan, las toman», «De aquellos polvos, vinieron estos lodos», «Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón» o «A quien enajena un voto, la gloria; a quien hurta un burro, la horca», han precedido a la llegada de los berberechos y los calamares a la plancha, mientras en la calle aparecían las primeras lluvias de septiembre y alguien preguntaba qué partido se televisaba por la tarde.
En mi mesa el asunto se ha enquistado un poco más y ha cobrado matices de acaloramiento, debido, sin duda, a que el segundo vermú continuaba a palo seco. El moralista, aludió a los castigos que merece quien traicionó al pueblo soberano. El estratega, propuso un arreglo simple al problema: nada de pactos antitransfuguistas, y sí una ley draconiana que permita que los votos otorgados al edil que, legítimamente, desea cambiar de chaqueta, pasen al siguiente de la lista para que el alcalde continúe en la poltrona y porte la vara en las procesiones, que es cosa muy seria. El psicólogo, recordó que no se vota, tan solo, a las siglas, sino al voluble y débil ser humano que las representa. El tragaldabas, propuso pedir, como en la barra, una ración de calamares. Y el militante, se enrolló hablando de la jeta de la oposición, que, llevando diez alcaldías por el método de «fúgate, Maruja, que te pongo un piso», sufre un ataque de amnesia y llora, como Boabdil, por la pérdida de Granada, parodiando a Shakespeare con aquello de «algo huele a podrido en Benidorm». Tan solo el camarero ha dado en el clavo, mientras pasaba la bayeta: «Es que los políticos –ha dicho– se creen que los ciudadanos somos gilipollas y que la revolución se acabó con los bolcheviques».
Yo no he querido intervenir en la conversación, pensando en otras consecuencias de esa moción de censura en Benidorm, que tiene paralizada la cosa pública. Y me ha venido a la mollera la postura del empresariado de la ciudad que, ni quita ni pone rey, pero sirve a señor; o sea: al orden que permite legislar en paz, para la marcha feliz de los negocios. Un servidor, que ama los lúdicos atractivos de Benidorm, y que ha pasado cinco días de este verano en un lujoso hotel de cuatro estrellas, que le costó un pastón, ha vivido en sus carnes los efectos de la ingobernabilidad y el desafuero que reina en algunos sectores de su hostelería. Que en la barra de un hotel, de una cadena prestigiosa, se pida un Dry Martini, y el barman le saque, en lugar de una copa de cóctel, una de postre, y le pregunte sí desea el vermú rojo, o «bianco» con mucho hielo, mientras unos desalmados le sustraen la toalla y la hamaca, en la elegante piscina tropical del establecimiento, es un síntoma evidente de que, en efecto, las cosas no andan muy bien en Benidorm, huela a sardina en el casco antiguo, o a sandalia de romano en Terra Mítica. Que esto ocurra en Lourdes, ciudad espiritual y de recogimiento, no sé si tiene un pase, pero en Benidorm, donde uno piensa que puede realizar sus sueños veraniegos, el asunto no tiene perdón.
Estaba a punto de narrar este ejemplo de «desgobierno» a mis alterados contertulios, cuando han entrado en el bar don Venancio y Joaquinito ; es decir los dos tránsfugas oficiales que, desde hace un par de legislaturas, tenemos en el pueblo.«Buenos días, don Venancio; buenos días, Joaquinito», se ha escuchado desde la barra. «Qué se ofrece a los señores?», ha preguntado el camarero. Y fuera, en la calle, ha continuado lloviendo. Por lo menos, este otoño, tendremos robellones. o