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HEMEROTECA » |
Es difícil concebir hoy un modelo de universidad que no tenga un fuerte compromiso con la sociedad, con sus necesidades, problemas y retos de su tiempo.
Una gran parte de la legitimación de la universidad proviene de su labor a la hora de construir la arquitectura cultural y científica de cada tiempo y ser motor de progreso. Como la definió Ortega: «un principio promotor de nuestra propia historia...»
Hay tres vertientes de nuestro tiempo a las que las universidades no pueden volver la espalda: una cultura digital que inunda a nuestra sociedad, la globalización y la conformación de una sociedad del conocimiento. Son además fuerzas que empujan al progreso, aunque en un camino en el que aparecen lógicamente contradicciones, desventajas y riesgos. No se trata de un camino fácil, sino más bien complejo. De ahí, precisamente que el papel de las universidades en la consolidación de esta nueva arquitectura social deba ser muy relevante, maximizando ventajas y minimizando riesgos.
Si por un momento, por ejemplo, pensamos en la globalización a todos se nos vienen a la mente problemas de enorme entidad: expolio medioambiental y de la biodiversidad, cambio climático, pobreza, problemas de cohesión social, hegemonías militares en precarios escenarios geopolíticos, conflictos culturales, incluso pérdida de la diversidad cultural.
La sociedad, las sociedades, esperan respuestas de la ciencia y de nuestras universidades. En este sentido los ejercicios de prospectiva son prometedores y con fundadas expectativas sobre la capacidad efectiva de respuesta de futuros desarrollos de la ciencia.
La biotecnología, la nanotecnología, la genética o el apoyo en todos estos casos de la infotecnología, generan unas formidables esperanzas para resolver grandes problemas y nos adentran propiamente en la sociedad del conocimiento. La cultura digital de nuestra sociedad lo está revolucionado todo. Y qué decir de una economía del conocimiento imprescindible para avanzar en un modelo económico español absolutamente obsoleto y anclado en gran medida en sectores de la «vieja economía». Nuestra tasa de paro o el contenido tecnológico de nuestras exportaciones evidencian una pasmosa debilidad estructural.
Las universidades pues, tienen delante retos apasionantes y de una entidad extraordinaria. Tales retos nos introducen en la necesidad de que las universidades sean instituciones: a) diligentes con los cambios, su asimilación, defensa y enseñanza; b) extraordinariamente innovadoras y competitivas dentro del nuevo entorno global; y c) entusiastas, protagonistas y líderes en el progreso y la configuración de esta nueva cultura. Este sería un discurso impecable puertas a fuera de la Universidad. Pero puertas adentro debemos ser más realistas y autocríticos. La universidad española necesita cambios importantes y si estos no se hacen desde dentro, deberemos asumir transformaciones impuestas desde fuera, quizás en direcciones no correctas, como las sufridas en nuestro entorno en los últimos años. Me intranquilizan sobremanera párrafos como el que ha escrito estos días Rafael Argullo en el diario El País (Disparad contra la Ilustración), aludía a:
«…las viejas castas universitarias, rancios restos feudales del pasado, han sido sustituidos por nuevas castas burocráticas, que predican una hipotética eficacia que muchas veces roza peligrosamente el desprecio por la vertiente científica y cultural de la Universidad. En los mejores casos, por consiguiente, los centros universitarios se aproximan al funcionamiento empresarial eficaz, y en los peores, a una suerte de academia de tramposos».
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