CORRESPONSALES ALICANTINOS EN ZONAS EN CONFLICTO

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Guardar la calma, dominar el arte de negociar, ganarse al que manda... Pautas con las que, como el fotoperiodista asesinado Christian Poveda, tratan de ganarse la vida varios reporteros alicantinos. O al menos, no perderla.

 22:07  
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SERGIO ILLESCAS «Sabíamos que el trabajo de mi hermano entrañaba mucho riesgo», señalaba el pasado miércoles María José Poveda durante el funeral de su hermano Christian, el periodista de origen alicantino que fue asesinado el pasado 2 de septiembre y que rodó un documental sobre el mundo de las maras salvadoreñas. El caso es si él, que había cubierto durante décadas conflictos bélicos en Centroamérica y Suramérica, que había aprendido a caminar seguro por la delgada línea que separa la vida de la muerte, era consciente de ese riesgo, o al menos, le había perdido el respeto.

Un respeto con el que aprenden a convivir otros reporteros, nacidos en esta provincia, que actualmente trabajan o han trabajado en zonas calientes del planeta. Por ejemplo, al cámara ilicitano Alejandro Coves, a pesar de los 10 años que lleva cubriendo zonas conflictivas en el mundo para Televisión Española, se le puso la piel de gallina cuando se vio en 2003 en mitad de un bombardeo en Irak y notó sobre su cuerpo la onda expansiva de una de las bombas. «La verdad es que, en un principio, era como ver "la Nit de l'Albà" de Elche, con la diferencia de que allí estaban matando a gente», señala con un débil tono de tristeza.

Débil porque para él es muy importante separar, incluso desterrar, los sentimientos a la hora de presionar el botón «rec» de su cámara. «Tu objetivo es contar lo que está pasando. Es tu responsabilidad. Tienes que tener claro que lo que ocurre no lo has generado tú. El único momento en el que me cuesta no implicarme es cuando hay niños de por medio», comenta este reportero que comenzó en el estudio ilicitano Diego Fotógrafos y que ya ha recorrido países tan dispares como Níger, Jordania, Palestina o el Congo.

Reconoce que su profesión es de las más peligrosas que hay, entre otras cosas porque «se ha puesto de moda cazar operadores de cámara». «No sólo en las guerras sino en cualquier manifestación que ocurra en Madrid. La gente va a por ti. Recuerdo en la zona verde donde acreditaban a la prensa en Bagdad que había un cartel lleno de compañeros iraquíes que habían caído. También recuerdo como, al año siguiente, ya con las elecciones que promovieron los EE UU en Irak, sólo podíamos salir con cámaras pequeñas, para que no te localizaran los francotiradores».

Este enamorado reconocido del periodismo forma parte de la bolsa de reporteros gráficos que utiliza TVE para realizar sus reportajes en el extranjero, y dentro de esa bolsa del pequeño grupo que tiene las suficientes agallas para afrontar estas misiones en países con conflictos.

«Algunos nos llaman los locos de la guerra», resalta su paisano Diego Miralles, especialista en instalar con la mayor inmediatez los equipos de antenas de Mediapro/Overon en las zonas donde más bulle la actualidad mundial, con el fin de que se conecten y retransmitan en directo televisiones nacionales e internacionales. Entre las hazañas que avalan a su equipo destaca haber sido los únicos que dieron señal en la caída de la estatua de Sadam Hussein, conectar en mitad de Banda Ache (Indonesia, la zona más afectada del Tsunami) 50 horas después del desastre o ser capaces de ofrecer, en directo, la llegada de los helicópteros con la tumba de Yasser Arafat a Palestina. «Esa vez, la verdad es que estuvimos a punto de llamar a España y decir que no emitíamos, porque teníamos a un montón de brigadistas de los Mártires de de Al-Aqsa apuntándonos con sus kalasnikovs. Entonces les dije una de las pocas frases que sé en árabe: "Querido amigo, yo estoy aquí como tú, no estoy luchando y mi única arma es ésta (señalando a una de las videocámaras)», rememora este técnico, que con todas estas batallas a la espalda ya lleva un Premio Doce Meses, Doce Causas y un Ortega y Gasset.

Pero Miralles no cree en los héroes periodísticos. Para él, la mejor imagen es «la que puedes hacer mañana, porque sigues vivo». Este ilicitano de 40 años, que ha trabajado junto a grandes periodistas como Jon Sistiaga o Juan Pedro Valentín, resalta que «tener mayor o menor éxito en este mundo, muchas veces es cuestión de suerte, de estar en el lugar y en el momento adecuado».

Tras cada misión deja claro que hay largos meses de producción o simplemente experiencia en el terreno. «Hay lugares donde ya tenemos contactos afianzados, que pueden ir desde un conductor que se portó bien en el primer viaje a Kabul a embajadores, o a veces ONG's, con las que colaboramos muchísimo en países desfavorecidos, incluso a la hora de dar información. Casi siempre nos vamos una avanzadilla, nos pateamos aquello, nos tomamos unos tés con los más abuelos del lugar para que nos pongan al día y tratamos de dejar el camino hecho de salida más que de entrada».

Antonio Parreño deja claro que esos enlaces de los que habla Miralles, sobre todo los guías autóctonos del país, se denominan «fixer», «y son capaces de enseñarte los lugares donde los extranjeros no suelen tener acceso y, cómo no, la mejor manera de escapar si hay problemas». De momento, en los años que lleva de profesión en la sección de Internacional de RTVE, este periodista ilicitano asegura que no ha pasado por demasiadas situaciones de peligro, a pesar de haber cubierto la retirada de las tropas de EE UU de las ciudades de Irak, el conflicto de Gaza desde Jerusalén y Cisjordania en su vertiente diplomática o de vivir de cerca el estado de violencia en Pakistán tras el atentado deBenazir Bhutto. Quizá porque más que con la sensación de peligro, que «nunca sabes dónde va a aparecer», su mente se queda con otros estímulos; tan importantes como el subidón de hacer un directo y «tener la sensación de que la historia se está escribiendo tras de ti, de que estás dónde tiene que estar un periodista en ese momento», señala Parreño. «La labor del corresponsal es importante, no sólo por retratar el conflicto, sino porque le das ojos a la gente que puede tener una idea estereotipada de un determinado país. Recuerdo un reportaje en el que mostrábamos la cara del pueblo iraquí, un pueblo culto y que ama la paz».

Los grandes «freelance»

El alicantino Álvaro Toepke considera que uno de los gremios que más se tendrían que valorar en esta profesión es el de los freelance, el de todos esos periodistas que viajan por el mundo, por libre, en busca de historias en las que nadie mete la nariz, sin estar sujetos a intereses de medios de comunicación. Él y unos cuantos compañeros, entre los que se encontraban los también alicantinos Juan Luis Guillén y Ángel Serrano, se fueron a Guatemala con sus cámaras, donde montaron una agencia de prensa. Una buena base de operaciones para moverse por diferentes puntos calientes de Centroamérica y Suramérica, e ir ganando algo de dinero para sufragar documentales.

«Fue en los años noventa. Éramos jóvenes y teníamos ganas de marcha. Decidimos cubrir el conflicto de Guatemala desde el punto de vista de la guerrilla. Fue una negociación dura, de más de ocho meses». Toepke y sus compañeros convivieron con los guerrilleros durante semanas. «Nuestros movimientos, a la hora de grabar los operaciones militares, estaban totalmente coreografiados. Ellos sabían los lugares, a medida que avanzaba la misión, en los que teníamos que estar colocados para que no nos dieran los tiros, para una posible retirada o para que alguien nos guiara por un camino seguro en mitad de un campo de minas». No hará un año desde que estrenaran el documental «Guerrilleros», en el que buscaron a esos mismos revolucionarios diez años después y compararon las impresiones que recogieron durante el conflicto.

Aparte de la odisea guatemalteca, Toepke y su grupo de aventureros han recorrido más de cuarenta países, entre los que destacan varias visitas a Sierra Leona o a Bolivia, donde rodaron dentro de una cárcel autogestionada por los propios presos. En todos estos viajes, este alicantino señala que ha aprendido varias cosas, como a no perder nunca la calma en una situación límite o a que siempre uno tiene la vía del diálogo para salir de un momento complicado. En esa cárcel boliviana de la que habla, «una especie de mini poblado surrealista, dividido por barrios», decidió meterse, desde el principio, en la zona más peligrosa, en la que le prohibieron entrar. «Si te niegan el paso es que ahí está la esencia de la historia. Y así fue. Descubrí que era el punto donde traficaban con droga. Una droga muy barata. ¿Por qué? Porque era la propia policía la que la traía. Por eso, en el caso de Christian Poveda, no me extraña que haya un policía acusado. Nunca gustan los testigos incómodos», asegura.

Continuando con su historia, relata que el problema fue que el que le introdujo en esa zona no era el jefe. «Me había engañado para que le diera dinero. Cuando llegó el verdadero tuvieron que encerrarme en una celda para que no me matara. Me aseguraron que no era recomendable, pero preferí hablar con él. No era bueno tener enemigos allí. Al final, con suerte y mano izquierda, me hice con su confianza».

A pesar de estas situaciones, Toepke nunca ha dejado que el miedo acabe con ninguno de sus sueños. «De hecho, el momento más peligroso de mi vida lo he vivido en las rocas del Postiguet de Alicante, con unos ladrones que me pusieron una recortada en el cuello para quitarme el dinero», subraya. Por eso, tanto él como su compañero de viaje, Ángel Serrano, coinciden en que no hay que hundirse por la muerte de Christian Poveda. «Hay que pensar que ha muerto haciendo lo que realmente amaba». Serrano asegura que también estuvieron en contacto «con lo que podría denominarse como el germen de las Maras en el Salvador: los niños de la calle. Huérfanos, agrupados en bandas, que se dedican a robar y a drogarse a base de pegamento para combatir el hambre. Son perfectos para ser reclutados», afirma.

los tiros cansan

El reportero gráfico Antonio Aragón todos los años se desplaza a África para retratar la labor de una serie de proyectos médicos en Togo de una asociación alicantina. Ha estado con su cámara de fotos en Tailandia, Turquía, Kurdistán y Centroamérica... trabajando para diferentes agencias internacionales. Sin embargo, ha abandonado ese mundo para hacer sus propios proyectos. «Acabé aburrido de la prensa internacional y las agencias. Es como un trabajo de oficinista, pero en vez de cuadrar números estás en la calle buscando tiros. Una vez me dieron en la mano, algo común en Centroamérica», dice. Ahora sólo trabaja como fotorreportero cuando ocurre algo grande, como el Huracán Félix en el Caribe. Llegó a Nicaragua hace 11 años, donde ahora reside. «Venía para 15 días. Un amigo mío me dijo que había una historia interesante que contar en un pequeño orfanato. El problema es que empaticé tanto con los niños que me pasé seis años con ellos. Dormía con ellos y les ayudaba con los deberes. Pasé de ser un espectador a un actor de mis historias».

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