El nombre del país ya lo tengo registrado: Mariolandia. El aduanero, que haría las veces de comandante de la Guardia Civil, es cargo asignado a mi cuñado que, desde joven, luce mostachos a lo duque de Ahumada. El honorable puesto de reina o presidenta, según optemos por la monarquía o la república, es para mi señora, por mucho que mi suegra se empeñe en el tema del sufragio universal para determinar minucias constitucionales (queja que me hace dudar en torno a la implantación del régimen odioso de la esclavitud). Un servidor se quedaría con el título de ciudadano, o de burgués, ostentando, eso sí, la presidencia del Casino, y con plena libertad de movimientos. De este modo, todas las mañanas, cruzaría la barrera, saludaría a mi cuñado, y le diría: «Me voy a dar una vuelta por el extranjero». Y ya sabe el culto lector la cantidad de cosas que, desde tiempo inmemorial, se aprenden en el extranjero.
Cuento esto, porque cada vez que viajo a Barcelona me quedo con la impresión de haber tocado pelo de extranjero, pero sin llegar a sentirme inmerso en su cabellera. Muchos catalanes, ya lo sabe el personal, aspiran a ser nación y solo les permiten ser nacionalidad. Los madrileños, en cambio, no quieren ser nada, y nadie les obliga a ser otra cosa. Y a mí, este asunto, no me parece justo. Barcelona, por su historia, su lengua, por las «pullitas» del Conde Duque de Olivares, y por empeñarse en construir una cosa tan rara y con tantas corrientes de aire como la Sagrada Familia, debería ser extranjero. Además, su club de fútbol, ha ganado el «triplete». Y, se pongan como se pongan los líderes de los partidos políticos, el señor Carod Rovira, a mí, con todos los respetos, me parece que, aunque algo bajito, queda muy bien como extranjero.
Yo cuando visito Barcelona soy de tiro fijo y me gusta frecuentar los lugares que me hacen sentir en un mundo diferente. Me cuelo en establecimientos donde ofrecen cava con ostras, porque, ni uno ni otro producto, saben como en casa y poseen ese puntito de la extranjeridad que contiene lo natural y genuino. La sidra en Asturias, por ejemplo. O el plátano en Canarias. Me encanta observar la estatua de Colón señalando hacia Constantinopla, y admirar ese espíritu cosmopolita, universal, que tiene el barceloní, indicándonos la esfericidad del mundo, porque más allá de Constantinopla, está la India, y el Japón, y California, y, por fin, la isla de Guanahani, que es la América.
De Colón subo hacia las Ramblas y me dejo embriagar en el mercado de La Boquería por todo cuanto soñé siempre guardar en mi despensa. Y degusto, en «El Pinocho», una prueba culinaria de sus exquisiteces. Como no soy ajeno a los encantos de la lírica, acaricio los muros del Liceo y susurro «no te quemes que vales muchas pelas». Después entro en «Boadas» y pruebo el único Dry Martini que se elabora con dos vasos mezcladores, haciendo pasar la combinación, por el oxígeno etilizado del establecimiento, de un recipiente a otro. Un prodigio de equilibrio, en todos los sentidos, que sabe muy bien, entre recuerdos de El Perich, Vázquez Montalbán, Maruja Torres, o la presencia, siempre estimulante, de una abuelita tomándose el cóctel mientras mece el coche donde duerme el nietecillo ¿Habrá detalle más internacional?
A Canaletas no suelo llegar. Mi pasión por los ritos nativos tiene un límite. Prefiero la Plaça del Pí, el Barrio Gótico, el aire, cada vez más domesticado y menos «apache» del Raval. Y practicar un poco el valenciano del sur que, vaya usted a saber por qué, me da que algo tiene que ver con el catalán ¿No será una variante dialectal de la lenguas del Turia?
Imbuido de tan intensas experiencias regreso a casa contentísimo de haber olido el extranjero, sin necesidad de pasaporte o de atravesar barreras aduaneras. Por ahí, sí que no trago. Para garitas las de Mariolandia, que es país rural sin mossos de escuadra ni policía secreta, y algo de orden tiene que existir para que los maleantes no se lleven las patatas o hagan uso indebido de las zanahorias. o