Para los peregrinos que iban a Santiago y se fatigaban en la ruta, después de muchos años de darle a las sandalias, el mundo finalizaba, a veces en Logroño, otras en Santurce, y las más, en un mesón del camino, donde les daban empleo fijo como camareros con derecho a repartirse la propina. Tan solo los despistados y los analfabetos, que no entendían los letreros en las encrucijadas –a Santiago, 40 leguas; a León, 200; a Finisterre, 1.300- llegaban a este último espolón de Galicia, y comentaban: «Caramba, el fin del mundo». Y, muy enfadados por haberse perdido el jubileo o las indulgencias, maldecían el folleto de Ptolomeo, se ponían ciegos de nécoras, y quemaban sus vestimentas para ver si con el humo paraba alguna embarcación que los acercase hasta Cornualles. Ya que no era cosa de regresar a Innsbruck o a Pomerania haciendo el ridículo, con todos los pecados puestos, la lepra y el tabardillo sin curar, y una pata de conejo colgando, en lugar de la típica vieira que acreditaba la aventura. «¿Con que regresáis de Santiago, con esa pata de conejo, no?» les decían con risas y cuchufletas sus paisanos.
Yo no pensaba contar mi viaje a Finisterre, pero la proximidad del otoño, comentada por todos los columnistas de España, con sus tristes connotaciones semánticas –El Ocaso, La Tardor, La Siempreviva- me han llevado a recordar el laberíntico trayecto que me condujo, desde el Pazo de Adrán, hasta ese último rincón del orbe, que lo es, también, casi de la vida, si tenemos en cuenta que allí, en el promontorio del cabo, remata la llamada Costa de La Muerte.
El Pazo de Adrán, a diez km. de Santiago, es un hotel encantador sobre casa del siglo XVIII, con su hórreo, su palomar, y una barra americana donde un barman, que en sus buenos tiempos sirvió Dry Martinis a Churchill en el Parador Nacional de la ciudad del Apóstol, te alegra el día con una de sus combinaciones. Solo que dicho Pazo, en un país donde las comarcas se dividen en municipios, estos en parroquias, y las últimas en aldeas o lugares, no se sabe, a ciencia cierta, donde para; si en San Xoan, en Calo, o en Teo, haciendo muy comprensible que uno de los platos típicos de la cocina gallega sea la empanada, y que cada vez que uno intenta regresar al Pazo, sin tomar un maldito cóctel, dé con su neumáticos en Padrón.
Con este aviso para caminantes, y la añadidura de la enorme dispersión del poblamiento gallego, la existencia de un millón topónimos, más una pareja de adolescentes en el asiento trasero del vehículo, el lector puede imaginarse un viaje de Adrán a Finisterre, después de recalar treinta veces en Padrón. Lo mejor es encomendarse al santo matamoros y girar hacia el oeste, camino de la ría de Noia; pasar por Muros, rumbo al norte, y comenzar a leerle al conductor las obras completas de Cunqueiro. Engañar a los chavales contándoles que pronto llegaremos a las colinas rosáceas del monte Pindo –el Olimpo de los celtas- donde han puesto un parque temático que, vaya por Dios, todavía no se ha inaugurado. Como Terra Mítica. Hacer escala en Corcubión para afeitarse y, tras cuatro rosarios con sus letanías, llegar a Finisterre, para cumplir con el ritual del peregrino. O sea, comerse una mariscada en el paseo marítimo del pueblo, para compensar el esfuerzo jacobeo, y subir hasta el faro para purificar, mediante el fuego, las prendas del pecador que se llegó hasta Santiago. Un servidor cumplió con ambos preceptos. El primero, en comandita con los niños y el matrimonio Mora, muy a gusto. El segundo con algún inconveniente, debido a que cuando les dije a nuestras criaturas que arrojasen a las llamas sus gorras de béisbol me respondieron, insolentemente, que por qué no echaba yo mi sombrero «panamá». No les dije la verdad: porque me había costado sesenta euros. Les conté, en cambio, que el Apóstol solo aceptaba el homenaje de los seres puros e inocentes y que si no ardían, de inmediato, sus repugnantes gorras, iban a quedar más limpios que el día de su primera comunión. Aceptaron de muy mal grado. Pero aprendieron algo: todo peregrinaje, aunque sea al fin del mundo, implica un sacrificio y una noble enseñanza. En este caso muy simple: cuando sean padres, comerán huevos.