Mario Martínez Gomis
Abrí, cariacontecido, dispuesto a soltar mis caudales y apareció mi ex cuñado francés, Louis F., vestido de explorador. Sin mediar preámbulo, me dijo: «Tengo el equivalente a un millón de pesetas, en «dinares», en un banco de Argelia. No puedo sacar ese dinero del país y dispongo de tres semanas para fundirlo ¿Me echa-rías una mano?»
Fue así como comenzó uno de los viajes más disparatados y espeluznantes de mi vida. Aquella misma noche, en el barco, con «mar de fondo», ya me arrepentí de tratar de ver cumplidos mis sueños en el Sáhara, entre bereberes y huries, cabalgando hacia el macizo del Hoggart, siguiendo los pasos de Kart May. Con decir que los oficiales de la nave ganaron el concurso de «vómitos a estribor», creo que, el agudo lector, puede hacerse una idea del estado de ánimo y de salud con que pisé el continente africano. Pero no supe interpretar esta señal agorera del destino.
Días después, rumbo a Tlemecen, el espejismo de la vida y la promesa misteriosa del desierto me sonreían. Ahí estaba servida la aventura: los primeros nómadas con sus rebaños de cabras y camellos, las jaimas difuminadas en el ocre de la llanura, el tierno lamento de los chacales al atardecer. En Tlemecen, en un hotel de cinco estrellas, bajo las colinas arboladas del Atlas de Tellin, frente a la vieja fortaleza de Mansourah, me puse ciego a Dry Martinis en el «bar americano». Pagaba «mon beau frère». Piscina. Cous-cous. Burak hojaldrado, y algún té con menta que otro, para cumplir con el color local. Peter O´Toole, en «Lawrence de Arabía», era un pobre «parvenue» comparado con la prestancia con la que un servidor se movía por aquel ambiente de las mil y una noches. Especialmente por el recinto del «bar americano».
El único problema, en aquellos días de esplendor, era que, cegado por el lujo y la vida muelle, no había leído el libro de instrucciones; o sea, el manual que el presidente Boumedienne había escrito para el visitante a su Argelia socialista. Al menos ignoraba tres de sus más serias advertencias. La primera: en mi pasaporte había declarado por escrito que entraba en el país con siete mil «pelas». Cada vez que pagaba una cuenta estratosférica con los «dinares» de «mon beau frère», me apuntaban escrupulosamente el importe de la factura. Al abandonar Argelia, un celoso funcionario cotejaría el capítulo de entradas con el de salidas. En segundo lugar, ignoraba la prohibición de fotografiar, ni por asomo, algo que aludiese a un tema o asunto militar. Por último, nadie me había advertido que me abstuviese de hacer instantáneas a los susceptibles lugareños ¿Adivinan quien llevaba una cámara de «super 8»? En efecto: Peter O´Toole.
De Tlemecen bajamos a El-Bayadh, la población donde Louis F. había trabajado para la Cooperación franco-argelina. Allí establecimos el campamento base. Visitamos un par de oasis, desfiladeros con pinturas rupestres y, como los «dinares» no se terminaban porque no había casi nada que comprar, llenamos el automóvil de objetos de artesanía, frascos de pachuli y lagartos disecados. Una mañana, en El-Bayadh, cámara en ristre, salí a dar una vuelta turística por la localidad. Estaba a punto de ser linchado por una multitud, cuando, al detenerme para observar con el «zoom» un minarete, el fotofóbico personal se disolvió. Entre el minarete y un servidor se levantaba un cuartel que me había pasado totalmente inadvertido. Los militares que me trincaron no lo entendieron así. Los reclutas que hacían la instrucción y me abucheaban, tampoco. En el calabozo solo me limité a repetir una cantinela que no ha pasado a la historia musical del Magreb: «que llamen a mon beau frère», «que llamen a mon beau frére».
Ahorraré al lector los pormenores diplomáticos de mi pariente para sacarme de la trena. Salí. Pero ya no deseaba continuar un viaje que se prolongó hacia el sur, camino de Bechar. Un burro salvaje, en medio de una pista del desierto, se encargó de ponerle fin al partir, en dos, el vehículo de mi anfitrión. Al cabo de unas horas nos recogió un camión que se brindó a llevarnos, de nuevo, hasta Tlemecen. Allí, con la mochila y mis seis lagartos me despedí de Luis F. y su carga de cojines y salamandras. Él partiría hacia Argel, rumbo a Francia y yo en dirección a Orán para regresar a España. Nos abrazamos con lágrimas en los ojos.
En Orán lloré, si cabe, mil veces más. Especialmente cuando el funcionario que debía concederme el billete de regreso, me exigió que le explicase cómo era posible que, habiendo entrado con siete mil «pelas», me hubiese gastado unas doscientas cincuenta mil. Le conté la historia que acaban de leer. El tipo dijo que se presentase, de inmediato, «mon beau frère» ante la ventanilla. Le contesté que ignoraba su paradero. El tipo añadió que sin «beau frère» no había billete y que me instalase en la sala de los traficantes de divisas. Perdí varios días, otros tantos barcos y me comí el lagarto menos disecado.
El final de este viaje es muy extraño: en el ferri de regreso Peter O´Toole se convirtió en Juanito Valderrama, porque a lo largo de la travesía, con el rosario de su madre en el pensamiento, solo podía cantar aquello de «España de mis amores/ Como una rosa ensendía, te llevo en mi corasón». El patriotismo, como el nacimiento del Niño Jesús en un pesebre, es un misterio: donde menos se espera, salta la liebre.