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REPORTAJE

EL ORIENTE MÁS CERCANO

La comunidad china, introvertida y desconocida, muestra su día a día en la provincia

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EL ORIENTE MÁS CERCANO
EL ORIENTE MÁS CERCANO Antonio Amorós

Su entrega casi total al negocio y la dificultad del idiomahan convertido al pueblo chino en carne de leyenda urbana. Entre 5.000 y 7.000 ciudadanos chinos conforman en la provincia esta comunidad, una de las más impenetrables.

por Andrés Valdés Liu, ex presidente y miembro de la Asociación del calzado chino en España, se levanta para saludar en el reservado del restaurante Casa de China, en el polígono ilicitano de El Carrús. «Hola, soy Paco», dice con amabilidad. Sonríe, rasgando aún más sus ojos orientales. «La primera vez que fui a Madrid, una señora me dijo ´¿Jiazhen?, ¿Ése qué nombre es? Te pega mucho más Paco´. Y me quedé como Paco Liu». La carcajada es general y da pie a este afable empresario para seguir contando anécdotas de sus más de veinte años en España, de los que ha pasado la mayoría trabajando en el sector del calzado.
Jiazhen Liu es un buen ejemplo del pragmatismo con el que los ciudadanos del gigante asiático afrontan la vida y el trabajo en nuestra provincia. Cuando llegó a España en los años 80, en pleno boom de la inmigración china a nuestro país, consideró que renunciar a su nombre en mandarín era un precio asequible por poder hacer negocio con los españoles y formar parte de su sociedad.
Millones de chinos como él forman la comunidad emigrante más extendida y numerosa del planeta fundando allá donde van pequeños «chinatowns». Aún hoy son objeto de prejuicios y leyendas urbanas, alimentados en gran parte por su carácter espartano e introvertido. Sin embargo, son muchos los chinos que, como Paco, creen que tienen más cosas en común con los españoles que diferencias.
Los censos oficiales dicen que en la provincia de Alicante viven 5.000 ciudadanos chinos. Sin embargo, otras fuentes apuntan que la comunidad, sumando a los que viven y trabajan en situación irregular, supera de largo los 7.000. «Los que no tienen papeles son completamente inaccesibles. Sin documentación no sólo no se pueden integrar, sino que además corren el riesgo de ser deportados si se dejan ver mucho», explica Ana Martínez, directora del Centro de Estudios Orientales de la Universidad de Alicante. «No obstante, cuando alcanzan cierta estabilidad se abren a la sociedad de acogida». Es ésa parte de la comunidad la que está cambiando la cara del chino amarillo que dibuja el prejuicio.
«Siempre que viene la prensa es para sacar sólo lo malo... ¿o es que nunca se ha visto una cucaracha en un bar español?», plantea Paco, en un gesto que pide sentido común. Javier se ríe y asiente, dando la razón a su socio y amigo. Javier es el sobrenombre con el que funciona Guang Zhong Liu en España. Es propietario de varias tiendas de calzado en Madrid y en Elche. Tras muchos años dedicados exclusivamente al negocio, admiten que la manera que tenían de entender la vida, marcada por la obsesión por ahorrar, abrir más negocios y seguir haciendo dinero, les ha cambiado mucho desde que se instalaron en Alicante. Los estereotipos que definen a los mediterráneos como hedonistas y despreocupados y a los chinos como adictos al trabajo y al dinero, hacen pensar en la fábula de la cigarra y la hormiga. Y es justo en su término medio donde florece la nueva personalidad de los chinos: la lejanía de su patria y sus costumbres –aunque se conservan bien calientes entre las familias–, y el influjo de Occidente ha conducido a muchos chinos a plantearse si, como afirma la dueña de un restaurante que prefiere no revelar su nombre, «sólo quieren utilizar el ímpetu de la juventud para trabajar y poder jubilarse ricos en China».
«Hace un tiempo, la gente me preguntaba ´¿para qué quieres tanto dinero?´ y yo les contestaba que no lo sabía», ríe Javier, de 36 años, casado y con hijos. Tras muchos años dedicados al negocio, ha decidido no hipotecar su presente por disfrutar en el futuro. Conduce un todoterreno de alta gama, disfruta de una buena sobremesa tras una mejor comida –«mejor si es marisco»– y viaja con su familia siempre que puede. El trabajo le obligó a defenderse con un idioma que ya ha perfeccionado con sus amigos españoles. Su hijo Alejandro, el mayor, tiene 16, y aunque nació en China, vive desde muy pequeño en Elche. No le interesa el calzado, prefiere los coches y la mecánica. La lista de canciones de su móvil es la consecuencia natural de haberse criado con el chino como lengua materna y de su educación en un instituto de Monforte del Cid. Su tono de voz, intermitentemente apático y eufórico como el de cualquier adolescente, transporta un perfecto castellano con acento del Vinalopó. «Me gusta el hip hop. Nach, y eso... Aunque también escucho a Jay Zhou. Ahora mismo, es el más popular de China».
Jay Zhou es a la música lo que es el QQ (Kiu Kiu) a los programas de chat para la juventud del gigante asiático. La hija de Feng Yao Jun tiene 18 años y habla bien castellano, pero no conoce a otras chicas de su edad de Elche, donde vive de alquiler con su familia en un bonito piso. «No soy muy sociable», afirma sin más, mientras teclea rápidamente en la ventana del QQ. Al otro lado de la pantalla, sus amigas de Wen Zhou, en la provincia de Zhe Jiang, de donde procede su familia, se preparan para cenar. Aquí es mediodía. Aún queda tiempo para que lleguen los primeros clientes al restaurante. Su «mei mei», hermana menor en chino, salta encima del sofá, donde su padre estaba viendo un canal de finanzas. La ceniza del cigarrillo se le cae en la camiseta y la pequeña se ríe. Ha conseguido hacerse con el mando y cambiar las aburridas noticias por un canal de dibujos animados. Feng mira el reloj y se enciende otro Marlboro Light. Un personaje de pelo rosa les hace reír, mientras la mayor sigue más interesada en los cotilleos que le llegan a 5.000 kilómetros por segundo gracias a internet.
«La soledad se lleva muy mal. Los primeros años los pasé en el restaurante de un amigo en Sevilla. Trabajaba para ahorrar durante el día y me conectaba a internet por la noche para hablar con mi gente», asegura Feng, que apenas habla tres palabras tímidas de cortesía. En apenas seis años, Feng ha construido el negocio de toda una vida. Dirige una tienda de venta de calzado al por mayor y regenta la Casa de China, un buen restaurante en el polígono de El Carrús. Tao Bai, un estudiante del máster oficial en Márketing e investigación de la Universidad de Alicante que procedente de la antiquismos ciudad de Xian, deja claro que el establecimiento de Feng «no es uno de esos restaurantes chinos para españoles donde te ponen un plato de arroz con tortilla que se llama Familia Feliz...». La clientela, veinteañeros empleados y empresarios de naves de calzado, acuden casi a diario para llevarse los únicos tupperwares con sabor a casa que pueden encontrar en la zona.
«És es el ejemplo perfecto de emigrante chino: llegan con una mano delante y otra detrás, de zonas deprimidas, normalmente del sur de China. El viaje y los primeros meses se lo pagan con una parte del préstamo que les concede un familiar o un paisano rico de confianza. No hablan una palabra de español y ni siquiera tienen tiempo para aprenderlo, porque asumen ese crédito informal como una especie de deuda de honor que deben saldar lo antes posible. Y te aseguro que en China se enteran si uno de los suyos falta a su palabra. Sería una deshonra para él y toda su familia», apunta la directora del Centro de Estudios Orientales. Ana Martínez conoce bien a la comunidad china de Alicante. «Es verdad, no hay chinos enterrados en los cementerios españoles: se gastan auténticas fortunas en repatriar a los ancianos que mueren aquí. Ansían volver a su país y quieren pasar allí sus últimos años».
Los inmigrantes más jóvenes viven en pisos compartidos con gente de su edad. Es el caso de Xiao, una risueña dependienta de 22 años que vivía en Mallorca con su madre antes de emanciparse. «Quería vivir sola, sin tener que depender de mi familia», apunta la joven. Como la mayoría de los chinos, no entiende «salir de fiesta» como los jóvenes españoles. «No sé, quedo con mis amigas por la tarde, para ir a cenar... Algunas son de mi país y también voy conociendo a gente de Elche. Pero de discotecas nada ¡Mucho ruido!», afirma Xiao en un gesto muy oriental y muy coqueto a la vez.
Las analistas del Centro de Estudios Orientales llaman la atención sobre un fenómeno que se extiende entre la inmigración china que se instala en países occidentales. Pese a los tabús que rodean la vida sexual en la sociedad china –sólo se habla de sexo entre iguales y en la intimidad–, la soledad del emigrante ha generado los «compañeros de cama» para sobrellevar la morriña y las fatigas del trabajo. «Duermen o viven juntos sin que lo sepan sus respectivas parejas en China. Está mal visto, claro, pero saben que es temporal, y que, en cuanto puedan traerse a sus mujeres o maridos, se habrá acabado», asegura Chen Yu, colaboradora del centro universitario.
«Una vez, viendo la cremà de una hoguera, Tao se me giró y me dijo: ´tío, yo soy alicanchino´», recuerda divertido David, un estudiante de mandarín que ha hecho muy buenas migas con Tao y su amiga Fang Ju. Tao sabe tanto de la cultura española que uno de sus pasatiempos preferidos es meterse con los topicazos que hay sobre su tierra y su gente. «Voy a pedir ´aló´; el arroz no me gusta». No cree que haya tantas diferencias entre chinos y españoles. «Mira, como dice Feng, lo que más nos une es que los dos países nos juntamos los fines de semana para comer con la familia y los amigos y hablar alto.».
Feng conduce un Opel familiar. Lleva un disco de Alejandro de Sanz en la guantera, sobre la que se balancea un colgante de retrovisor con flecos y «hanzis», caracteres chinos. Pone ´Entrar, salir y paz´. «Algo así como ´Precaución amigo conductor´», traduce Tao.

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