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HEMEROTECA » |
POR MARIO MARTÍNEZ GOMIS Medio centenar de personas, entre amigos y conocidos, podrían testificar esta proeza y confirmar que no hay truco en tal hazaña, ya que no soy funámbulo y no pasé aquellas tres semanas caminando por un cable sobre los bulevares, odio viajar en metro y trasladarme por el subsuelo y, por supuesto, jamás he sido capaz de pasar más de veinticuatro horas seguidas encerrado con tres bailarinas en un reservado del Moulin Rouge, sin sentir la urgente necesidad de salir a la calle para tomar un chocolate con churros, y contar el suceso a los paseantes.
Nada de trampas, por lo tanto. Pasé los veintidós días, sin hollar un solo pavés de París, en compañía de un rabino, Monsieur Wanoneau, en la habitación de un hospital, con vistas a un cementerio gótico. Allí, entre la vida y la muerte, mientras la Ciudad de la Luz disfrutaba los fastos de II Centenario de la Revolución Francesa, me dejó una ambulancia, a causa de una peritonitis aguda, y me sacó un taxi para regresar hasta Alicante, con más puntos en el abdomen que los que obtuvo el Barcelona C. de F. la pasada temporada.
Guardo, por lo tanto, un recuerdo imborrable de los encantos de París en julio, de sus enfermeras, los sueros, las sondas, las bacinillas, y el equipo médico que, a juzgar por su aspecto, debió formarse en la Escuela de Viena, bajo el magisterio del doctor Victor Frankenstein.
París, en verano, mientras te toman la temperatura, te auscultan, te toman el pulso, te suben a rayos, te bajan a rehabilitación y te meten una papilla en un embudo por la «bouche», es una experiencia inolvidable. No sé si parecida a «París en abril». No tuve ocasión de comprobarlo. Tras leer la factura de mi intervención quirúrgica, y salir pitando del hospital, estuve quince años sin volver a la ciudad. Y durante ese tiempo, muchas noches, soñé con mi compañero de habitación, el rabino Monsieur Wanoneau, un octogenario que, para levantar mi ánimo, me contaba las tres veces que se había salvado de la cámara de gas en el campo de concentración de Dachau. Los fieles de su sinagoga, que todas las tardes venían a preocuparse por su salud, confirmaban la suerte de Monsieur Wanoneau, mientras, con una cierta melancolía, miraban las sepulturas góticas al otro lado de la ventana, y parecían calibrar las dimensiones de mi maltrecho cuerpo. Quienes no puedan, por motivo de la crisis, salir de vacaciones este año, piensen lo bien que se está en casa con todas las vísceras en su sitio.
Pero no todo han sido viajes desgraciados en mi vida. Quince años después de esta historia, casi como los Mosqueteros de Dumas, regresé a París para asistir a un congreso universitario. Me acompañaron Mari Ángeles Casado y Emilio La Parra, testigos, casualmente, de mi anterior visita a la ciudad, ¿creerán que me trataron como a un auténtico hijo? ¿Qué batieron, ellos sí, un record de amabilidad para que tomase un Dry Martini en la «Coupole», un «pernod» en el «Flora» un «plateau» de marisco en el «Procope», donde hacía lo propio Monsieur Voltaire? ¿Que viajé en «bateau mouche», visité Notre Dame, la Sainte Chapelle, el Sacre Coeur y que, por supuesto, no fui ni un solo día al dichoso congreso? ¿Creerán que tanto Mari Ángeles como Emilio me tapaban los ojos cuando pasaba ante una farmacia y elevaban la voz para que no escuchase el ulular de las ambulancias, que no cometieron la indiscreción de llevarme al cementerio de Père Lachaise?
Yo he vuelto a París, en una tercera y gloriosa ocasión, con Mari Cruz. Pero esa es otra historia, un relato para turistas. Fue en otoño y la ciudad no me daba ningún miedo. Tampoco le guardaba, ya, el más mínimo rencor. Una tarde, en la rue Mouffetard –mi calle para siempre en París- Mari Cruz se preguntó, en voz alta, qué habría sido de Monsieur Wanoneau, y yo, vayan ustedes a saber por qué, me pregunté dónde demonios estaría mi apéndice perforado. Dos enigmas más para los célebres misterios que envuelven a París. Junto a un tercero ¿A qué aguarda la Casa Guinnes para incluirme en su libro, en el apartado «viajes fascinantes»? o
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