TONI CABOT
H
ace poco más de once años, el Celta se valió del brasileño Mazinho para bailar en el Rico Pérez mostrando los colores a un Hércules que comenzó a palpar las notables diferencias de la Primera División. Ayer, once años después, el club vigués, sin ningún Mazinho pero con orden, apuntes de calidad y unas gotas de ambición, volvió a meter el dedo en la llaga para despejar dudas y enseñar al público alicantino que lo que tiene entre manos, al igual que por aquel entonces, tampoco apunta a grandes gestas.
Goikoetxea varió de forma puntual el disfraz con respecto al partido de Copa, pero lo suficiente para que el bloque acabara convertido en un muñeco horrendo, parcheado en la banda izquierda con Montenegro
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cero al cuadrado
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e ineficaz por la derecha con la entrada del recién recuperado Farinós. Subrayemos lo subrayado: regresó la cruz de las bandas a ejercer como siempre, es decir, a no ejercer, al tiempo que el Hércules se atascaba con la peor versión de De los Santos, que no conectó con Cámara de la misma forma que lo hizo Rodri días atrás. Consecuencia: Rubén Navarro sintió ayer el «hierro» que padece Blas Pérez desde que llegó a este equipo. El balón no llega arriba, por lo tanto, que nadie pida gol como nadie puede pedir peras al olmo.
Este Hércules acabó ayer mostrando sus vergüenzas como nunca. El Celta se bastó para mostrar las carencias de un equipo alicantino sin ritmo ni profundidad, triste y apagado. Y, sobre todas las cosas, sin recursos. Poco a poco, semana tras semana, el conjunto que dirige Goikoetxea ofrece menos y sonroja más. Si de algo hay que estar contentos, visto lo visto, es de que el marcador final reflejara un 0-1, engañoso a todas luces puesto que el resultado debió ser mucho más abultado a favor de los gallegos.
Nada más saltar al campo, en el minuto 1, Núñez falló a puerta vacía lo que no puede fallar ni un infantil.
Era la clara advertencia de lo que iba a suceder a lo largo de un partido que, no obstante, todavía sorprendió más negativamente. El Hércules no fue capaz de disparar a puerta ni una sola vez. Un centro de Cámara al área, rematado a las nubes por Juanma, y un disparo a bocajarro de Llera desde cerca, fueron los únicos apuntes ofensivos.
Y en esas fueron pasando los minutos, con la única alteración táctica de si Montenegro pasa al centro y Mariño a la izquierda y viceversa
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tanto plantilla, tanto fichaje, tanta historia y al final Montenegro de extremo zurdo
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. El Celta se dedicó a mostrar seriedad, a apuntalar su centro del campo y, a las primeras de cambio, a darle balones a Quincy, un futbolista rápido que acabó haciendo un «traje» a Farinós en los minutos finales. Un mano a mano de este holandés cedido por el Spartak de Moscú también pudo adelantar a los vigueses en el minuto 42, pero no sería hasta la segunda parte, con un centro medido de Lago a la cabeza de Perera cuando se estrenaría el marcador.
Goiko movió el banquillo a falta de media hora, con la entrada de Tote por Montenegro, pero el guión no se alteró. Y si alguien pudo hacerlo fue el Celta, que dispuso de dos ocasiones más a cargo de Diego Costa: la primera con un disparo al palo y la segunda en otro uno contra uno ante Unai en el que salió vencedor del portero.
Llegaron los pitos, la gente comienza a decir «basta». Así no hay nada que hacer.