GINÉS MUÑOZ. BARCELONA
Hace 20 años un tipo desaliñado con pantalón de chándal y pinta de portero de balonmano debutaba en el Barcelona de Johan Cruyff. Un guardameta capaz de vacilar con el balón en lo pies a toda la delantera contraria y que formó parte de aquel histórico "Dream Team" como suplente habitual de Zubizarreta.
Dos décadas después, su hijo Sergio, aquel a quien supuestamente salvó de sufrir un accidente doméstico al evitar que una plancha caliente le cayera encima cuando apenas era un niño, triunfa en el Barça de Josep Guardiola, ex compañero de Busquets padre en el equipo de Johan Cruyff.
Sergio Busquets (Sabadell, 16/7/1988) ha heredado de su progenitor, además del sobrenombre de "Busi", la habilidad con el balón en los pies y su sangre fría para jugarlo, pero no su aspecto desaliñado ni su obsesión por mantener ocultas las piernas más abajo de las rodillas.
Sergio -y no Sergi, igual que su padre era Carlos y no Carles- es un tipo de aspecto pulcro, aseado, y con un fútbol exquisito y elegante, aunque cuando hable catalán conserve el mismo acento de extrarradio que el otro Busi.
Tampoco ha heredado de Carlos la posición en el campo -porque Busquets hijo juega de mediocentro o pivote defensivo- ni su gusto por tomar riesgos innecesarios. Sergio, aunque tiene calidad para recrearse en la jugada, prefiere fabricarla siempre uno o dos toques. Bajo esa premisa de no complicarse la vida y gracias a ese instinto para estar siempre en el sitio correcto en el momento oportuno, Sergio Busquets arroja al final de cada partido un balance definitorio de su eficiencia: casi un 90 por ciento de aciertos en el pase y una decena de balones recuperados por encuentro.