SANTIAGO APARICIO
Rafael Nadal culminó ayer con la consecución del Premio Príncipe de Asturias de los Deportes su año más mágico, en el que ha ganado por cuarta vez el torneo de Roland Garros, el primero en Wimbledon, la medalla de oro olímpica y se ha situado como número uno del mundo.
Nadal, que sucede al piloto alemán de Fórmula Uno Michael Schumacher, ganador de la pasada edición, fue galardonado después de que el jurado descartara sucesivamente a los otros finalistas, la selección española de fútbol, la pertiguista rusa Yelena Isinbayeva y el atleta jamaicano Usain Bolt.
Nuevos vientos han soplado para el tenis mundial. El español ha sido el único capaz de alterar el orden en el circuito. De terminar con la dictadura instaurada hace más de cuatro años atrás por un talento acordado entre el puñado más excelso de la historia. Nadal tiene mucho que ver en la abdicación de Roger Federer, imposibilitado a prolongar su magia permanente entre las alturas de la clasificación. Y enquistado en el ímpetu de frenar el advertido crecimiento del balear. Tanta presión terminó con el mito. Al menos de momento.
Un lunes 18 de agosto de 2008 permanecerá registrado como la coronación del mejor deportista español. Un tipo plagado de ambición, de superación, que valida y representa como nadie los valores anhelados por la condición humana. Aquellos que propician el éxito.
Nadie como él. Capaz de romper los registros, batir récords y tumbar barreras. Intratable en su hábitat pero posibilitado también para invadir territorio ajeno.
El primer tenista español en conseguir el oro olímpico fue el mismo que terminó con la larga travesía del desierto en Wimbledon. De unir los tiempos de Manolo Santana con los suyos. De alcanzar la cima. Y de intentar prolongar su estancia más allá del obtenido por Juan Carlos Ferrero y Carlos Moyá, los referentes hispanos más recientes.
Después de hacer de Roland Garros un feudo intratable, con 28 victorias seguidas y cuatro copas de los Mosqueteros, el tenista de Manacor tiene ante sí el mejor panorama. Un alentador futuro.
Toni, hermano del que fuera futbolista internacional del Barcelona Miguel Ángel Nadal, ha conseguido que Rafa mantenga los pies en el suelo. Desde el primer momento. Desde que, siendo un chaval, estaba exultante tras conquistar el campeonato de España. Entonces, Toni Nadal le mostró ante sus ojos la relación de vencedores a lo largo de la historia en el torneo. Y le preguntó cuáles de esos nombres recordaba. Pocos, muy pocos, habían progresado después.
El primer jugador después de Wilander en ganar el título en París en el año de su debut, el que ha sido capaz de truncar la leyenda en hierba de Federer, asimiló bien los consejos de su tutor y ahora acaba de proporcionar un oro histórico a España. Un logro que alimenta un curso explosivo, con ocho títulos a sus espaldas.
Ilusionado
Nadal comentó ayer desde Nueva York, donde disputa el Abierto de Estados Unidos, que recibir este premio es "una de las cosas más grandes que me podía pasar fuera de las pistas". "Hoy (por ayer) he tenido un levantar mucho más agradable que otros días cuando me han dicho que había ganado. Este premio me hace más ilusión de lo habitual, porque no sólo representa los valores deportivos sino también los humanos", aseguró.